29 de febrero de 2016

Las mochileras de Montañita

PABLO CINGOLANI -.

¡Qué mala leche morir en un lugar con un nombre tan bello! Crecí con una mochila al hombro y vagabundeando por ahí: el asesinato de las dos chicas mendocinas en esa playa del Ecuador es algo que me consterna, me duele, y lo único que espero con relación a su triste suerte, es que haya justicia, justicia para ellas, y castigo para sus matadores.
Es una mierda lo que pasó: cada vez que alguien, algunos, matan a un viajero, a un itinerante, a un mochilero, lo único que logran es encerrarnos cada vez más, encuevarnos, condenarnos a la urbe hostil, encerrarnos en ellas, porque ya sabes: en el camino, te asesinan, y mejor no vayas por allí, y menos para allá, y déjate de joder y quédate en casa, que para qué tienes tele y todos esos aparatitos.
En la televisión, en canales tan alienantes como los de Discovery, alucinan a la gente con absurdos programas de sobrevivencia, conducidos por ex comandos militares, algunos –de seguro- tan asesinos como los que han arrebatado la vida a las dos chicas.
Esos programas -donde ves a estos tipos comiendo víboras crudas o encendiendo fuego con eructos-, logran el mismo objetivo: que no salgas de ese cuarto donde está encendida la madre eléctrica de todas las manipulaciones. La idea es: el mundo es tan pero tan salvaje que mejor te quedas abrigadito en tu cama, o: ¿acaso no lo estás viendo?
Hay un programa de esta calaña que lleva al paroxismo la estupidez: arrojan a una pareja desnuda, sin ropa, en el medio de la nada. Deben sobrevivir tres semanas. Ese lapso de tiempo es lo que el cuerpo puede resistir sin alimentos. Algunos lo han hecho así: no han comido 21 días. Hay un motivo poderoso: el que lo logra, recibe un cuarto de millón de dólares. Cuando vinieron a Bolivia, hicieron el programa en algún lugar del Parque Nacional Amboró, en Santa Cruz. La pareja, fracasó. No pudo resistir tanto marigüí.
Los mochileros no son expertos en sobrevivencia. Más bien, los mochileros, son hijos o mejor dicho: nietos de toda esa tradición anarca y trashumante que impulsaba a los caminos a miles y miles de hombres y mujeres y que, en Argentina, se conocieron como “crotos”, bohemios de las estaciones de ferrocarril, poetas de los bares de las estaciones de trenes, místicos proletarios del fogón y el mate: la buena gente que, itinerando, huía y se rebelaba contra ese sistema que buscaba anclarlo a un trabajo rutinario y deshumanizante.
La década del sesenta del siglo pasado también lanzó a los caminos a los jóvenes de las clases medias. Una de las más emblemáticas canciones de Almendra, el grupo-brújula de Spinetta, fue Rutas Argentinas.
“Tengo los dedos ateridos/ de tanto esperar/ a ese hombre que me lleve por las rutas argentinas/ rutas argentinas, rutas argentinas, hasta el fin”, aullaba “el flaco”, en un tema que se convirtió en una especie de himno mochilero.
“Chicas y muchachos nos esperan allá/ llevamos buenas cosas, llevamos buenas cosas/ chicas y muchachos nos esperan allá/ pero nadie nos quiere llevar…”, era puro rock y la apología rítmica al “dedo” (el auto stop) en un país donde los camioneros te dejaban subir a sus motorizados, con dos condiciones inexcusables: cebar mate y darles conversación.
Me apena lo que sucedió con Marina y con María José, las mochileras argentinas de Montañita-Ecuador. Paz en su tumba y a no rendirse. El día que olvidemos las mochilas, ese día, moriremos todos, otro poco.

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