4 de marzo de 2016

Paisajes de familia

ROBERTO BURGOS CANTOR -.


Ciertas reacciones, la indignación ciudadana y el morbo como paliativo al aburrimiento pasmado de días de desquicie, aplauden las revelaciones de secretos como resultado de labores periodísticas.

El acto que quiebra la ley ofende a la sociedad, cuando es consciente con la preparación para esconderlo y la razón de incurrir en conducta vedada, ya es oculto.

Poner esa injuria a la luz, dejarla a la glosa del jurado tácito, revuelto de ciudadanos, previa a la decisión del juez, es una decisión moral que sacude al fantasma de la opinión pública.

En los casos donde la pasión enajena la acción humana, el resultado es público.

Aunque unos y otros conmueven, reiteran asombros, incredulidades, rabias, es frecuente que detalles del hecho que genera estupor o doblega el ánimo quedan en la penumbra.

Puede conjeturarse que tal penumbra, aliento de dragón, bosque misterioso, se desprende de la conjunción que hace el periodista al asumir oficios complejos: el propio de insobornable notario de los hechos; el género literario que reclamaba García Márquez, y de juez que llena un vacío ante el aparato oxidado por ineptitud, intereses de alcancía plástica, y el deterioro de la mediocridad.

Así, libre de la presión insoportable que soporta un periodista, desde la amenaza vulgar contra su vida, hasta la seducción corruptora, me puse a revisar informes recientes. Muchos material de novela negra. El peluquero de salón de señoras mayores de cincuenta años, buenas mozas, que oyen la pregunta en medio de las tijeras: Su merced sabe por qué ese policía apuesto, general, se tiñe el bigote, su bigote que parece encargado de lo perfecto. Se lo prestó Groucho?

Después lo que ocurrió en la protección de un carro oficial, no era el de Dick Tracy, ni el de Bond, apenas los brillos de nuestra economía: un blindaje, chofer indiferente, dos Yamahas, una adelante, pero suficiente para crear la atmósfera de una casa de citas de precios módicos, con jabón sin usar, luz rosada, y toallas perfumadas con ambientador. Y el diablo de la líbido que no es exigente.

Examiné las crónicas y me sorprendió algo. Ese algo movió otro hecho. Parece que ahora el tiempo no depende del reloj sino del cúmulo de locuras que el ser humano es capaz de hacer en un minuto, una hora, un día. Tiempo complaciente para el mal y de mezquina lentitud con el bien.

Entonces tuve tres ejemplos. De cuadro de iglesia los tres. Materia de plegarias.

Un general del ejército, en zona de guerra, navega sin escoltas y en bermudas por un río de selva. Su acompañante es una abogada. La guerrilla, como corresponde lo captura.

Sin consejo de guerra pide su baja. Lo hace frente a los implacables televidentes, escoltado por sus hijos y su esposa.

El del bigote es escurridizo y experto en metáforas colombianas, un paso al lado, me aparto. Lo acompañan su mujer y su hijo.

El del carro cama, enfrenta la denuncia con su mujer de escudera.

Qué ocurre? La familia escudo de la vergüenza?

2 comentarios:

  1. Lo primero es la familia. Las familias presidenciales tienen un dinámica que me perturba. Buen artículo, saludos.

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