11 de marzo de 2016

Robinsonadas en el paraíso

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MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ -.

La de huir, huir, allá lejos, es recurrente fantasía de robinsones, como la de imaginar islas desiertas donde perderse, pareja a la de empezar una nueva vida o la de reinventarse, pero siempre en otra parte, ahí donde Tabucchi decía que estaba la vida. Y la Isla de Juan Fernández ha sido uno de los escenarios favoritos de esas fugas que demuestran a la postre que no hay paraíso que valga, como no sea para vendérselo a alguien o dejárselo casi en prenda. Empezando por su colonizador de 1871, el suizo Alfred de Rodt que se arruinó en el empeño de explotar las riquezas de Juan Fernández, y siguiendo por otros más oscuros, como Henri Simon, el exlegionario en Viet-Nam y Argelia, y tal vez mercenario africano, o como esos medio místicos y medio horticultores, a los que la soledad dañó de manera irreparable, casi todos los robinsones acabaron regresando de forma atropellada a la civilización, tras asistir al naufragio de sus sueños. El aburrimiento es pardo y la mala suerte nos puede seguir allá donde vayamos, como buscapiés de feria de agosto.

La del alemán Hugo Weber Fachinger es un ejemplo de Robinson que busca su mejor vida en la lejanía y una de esas historias en las que el sueño de dicha queda sepultado bajo el peso del alma del rebaño que, sin remedio ni misericordia, se ceba en el que es distinto. Hay gente que comete el imperdonable pecado de ir a contrapelo. Hugo Weber fue, me temo, uno de ellos.

Weber recaló en la isla de Juan Fernández, por primera vez, en 1915 cuando era un joven telegrafista del crucero alemán Dresden, de la escuadra de Von Spee, que había llegado hasta allí huyendo de la batalla de las Malvinas, averiado y perseguido por los cruceros ingleses Kent, Glasgow y Orama.

El día 14 de marzo de ese año los buques ingleses dieron caza al crucero alemán junto a la bahía de Cumberland, y lo bombardearon hasta que Lüdeck, su capitán, hundió el barco en el que además de Weber, iba un teniente que más tarde anduvo por España en oficios de espionaje en compañía de un cura carlista: el almirante Canaris.

La pesquisa del pecio del Dresden es otra fuente de mitos de tesoros ocultos y de infortunio para quienes descienden a sus entrañas a rescatar sus pretendidos tesoros, trozos de trozos, instrumentos de música que el mar ha convertido en objetos surrealistas, platos, vasos, cubertería...

Weber fue evacuado con otros miembros de la tripulación a la Isla Quiriquina, hasta el fin de la guerra. Pero en 1931, Hugo Weber regresó a Juan Fernández en busca del paraíso entrevisto cuando hundieron su barco. Consiguió una concesión en la plazoleta del Yunque, a poco más de media hora a pie desde la población de San Juan Bautista. Un lugar boscoso en extremo, todo un lujo para un naturalista, de cara a la bahía y con su espalda guardada por cerros de muy difícil accesibilidad: La Damajuana, El Camote, El Yunque, Las carboneras de Torres.

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Weber tuvo tiempo para recorrer a su antojo la isla entera, cazar cabras salvajes —el fino naturalista había sido cazador de pieles en Tierra de Fuego: toda vida esconde otra vida—, estudiar los lobos de dos pelos, tomar espléndidas fotografías, cultivar un verdadero vergel, en un lugar en el que hoy a duras penas se puede controlar uno de los enemigos del paraíso: la zarzamora que propaga el zorzal y cuyo canto huidizo en la espesura espanta al silencio. Colocó hasta los pavos reales de reglamento que figuran en la pintura holandesa de estilo de Jacob Barttats (le faltó el pájaro dodo ya extinguido para entonces).

En 1943, después de que él diera publicidad de su vida paradisiaca y robinsoniana, un periodista santiaguino visitó la isla al reclamo del Robinson, cuyas fotografías servían de reclamo de la lejanía. El periodista visitó la quinta de Weber y se entrevistó con el barbudo Robinson que vivía en esa simplicidad que concita la burla de las fieras, subió al mirador de Selkirk, desde el que áquel oteaba a diario los dos horizontes que ofrece la isla a la espera del barco que le salvara (toda una mixtificación hecha tradición sagrada) y acabó escribiendo un artículo titulado: «Un espía nazi en la Isla de Juan Fernández». El solitario era sospechoso por serlo y por tener una radio. Los problemas y las pejigueras se convirtieron en la invitación formal a abandonar el paraíso. Poco importó que el Robinson se ocupara en unión de su esposa, Hanni Stade, en construir una vida dichosa, pacífica, autosuficiente, sólo importaba el notición, el cebo, el linchamiento mediático, nada la víctima, nada quién era esta. Para Hugo Weber fue enseguida la partida, la fuga, la ocultación, el abandono.

La plazoleta del Yunque es hoy un lugar melancólico, como el de todas las ruinas de los escenarios que lo fueron de vidas más o menos dichosas. Quedan los cimientos y el solado de la que fue su casa, la cerca de cipreses de las Guaytecas crecida hasta hacer de verdad sombrío el lugar y en lo que fue su huerto cerrado vuelven a crecer, tímidas, las hojas espesas del ruibarbo medicinal (el paraguas de Robinson), en pugna con las zarzas, junto a los helechos gigantes en los que anida el colibrí de plumaje rojizo.


Artículo publicado en el diario ABC, de Madrid, «Lecturas de verano», 1 de septiembre de 2003.

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