3 de abril de 2016

De solemnidades y ridículos (I)


ROBERTO BURGOS CANTOR -.

¿Entre el auto sacramental y la comedia qué seguirá ahora?

Las lenguas atribuyen a Darío Echandía, hombre de latines, jurisprudencias, desapegos a la inutilidad del poder y orgulloso de su país natal, tierra fluvial, de tabaco y liberales, aquella frase: todo es susceptible de empeorar.

Hay que observar el primer acto.

La fotografía: 13 personas. De ellas tres mujeres. Los varones con corbata menos dos. Se ve una muleta de aluminio. Detrás, 10 astas con banderas. Dos cuadros indistinguibles. Una ventana. Encima, una lámpara de hierros y cristales apagada. Los rostros denotan sorpresa compungida y parecen mirar al horizonte incierto de ser llamados al servicio militar. Y detrás del atril que está más a un lado el señor habla. Sin mesa, parece parte de la semana santa que se conmemorará en pocos días. El señor es el Presidente de la República. Se puede escribir “un” presidente, y daría lo mismo. Todos son tan iguales. Justicia obliga: la excepción es Pepe Mujica en el Uruguay de Onetti y Marosa Di Giorgio.

Breve digresión: A lo mejor don Pepe logró seguir siendo quien era porque al saberse elegido por su pueblo, lo representó, se agarró más al alma del pueblo. Es decir no se volvió leninista, portador de una ilustración que lo hace superior a su gente y lo convierte en importador de teorías. Entendió la expresión de Alberto Lleras, el presidente es el primer empleo de una nación. Aquí, ni se sabe. Con mafias electorales nadie sabe por quien vota, ni para qué.

Cuando García Márquez se acercó a la entraña de ese mando sin reglas, el dictador, al no encontrar sombra de humanidad, recurrió a la bestia del poder, la que mastica con las vacas las cortinas y las constituciones de la guarida que tomó por asalto. El señor Presidente.

En la fotografía el Presidente habla y nadie lo mira. Cuando usan la palabra patria, cualquier cosa puede pasar. La patria no cederá ni un milímetro, lo repite, le gusta esa medida, de su territorio.

Quienes lo oyen entienden que está respondiendo a una derrota en tribunales internacionales.

Alguien, en medio de la vehemencia del señor, se pregunta algo. Una sensación conocida que conduce a establecer por qué en Colombia el pasado pesa más que la esperanza del porvenir. Desde la independencia y las guerras civiles se peleaba por el todo: un principio, una Constitución integra. Como si disputáramos artículos de fe de una religión. Un dogma intangible.

Cuando se logró parar la matazón, lo que hizo la elite inteligente fue mostrar que al aumentar la torta del todo y partirla entre dos en disputa daba lo mismo y se ahorraban los muertos, el desprecio internacional.

Aprendimos una convivencia paga y excluyente. Azules y rojos.

Seguimos así: Pido el todo solo con todo gano.

Un joven profesor de Derecho del Colegio Mayor del Rosario, al comentar la arenga del Presidente dijo algo que enaltece.

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