26 de abril de 2016

El ecologista nazi

GONZALO LEÓN -.

Ernst Haeckel
Hace veinte años escribí mi primera columna en revista Apsi; se trataba de la ecología y planteaba, con la fuerza, la inocencia y la ignorancia de la juventud, que ante el dilema de salvar una ballena o un bosque y la vida de un mendigo había gente que optaba por lo primero, más precisamente me refería a esa gente de Greenpeace y a aquellas figuras de la TV que prestaban sus rostros para campañas ecologistas. Claro, eran los 90, como dijo o escribió Marcelo Mellado, una década aún peor que la de los 80, una década donde la militancia política derivó en despolitización o en una participación política light, sin colesterol. Pero cuando escribí esa columna no supe argumentar bien, sencillamente porque no había leído lo suficiente. Pasaron los años y nunca tuve la oportunidad para enmendar ese error, porque tampoco me motivaba profundizar mis conocimientos en ecología, pero como suele suceder, algunas veces uno encuentra por casualidad. Así al menos creo que surge el conocimiento.

Sucedió más o menos así: en mi último viaje a Chile me documentaba para una novela que entregué hace poco a la editorial argentina que lo publicará este año, cuando de pronto en una estantería divisé un libraco: Diccionario crítico de los mitos y símbolos del nazismo, de Rosa Sala Rose. Hojeé el ejemplar, pregunté el precio y me lo llevé. Ya sabía que Sala Rose era la traductora de las nuevas ediciones de la biografía y de la autobiografía de Goethe: Conversaciones con Goethe y Poesía y verdad. Este libro era anterior a estas traducciones, por lo que me atrajo aún más. Además la novela que estaba terminando trataba sobre el escritor Miguel Serrano, y en el índice analítico de este diccionario aparecía mencionado dos veces, en una de ellas así: “El neonazi chileno Miguel Serrano, por su parte, sospecha que el retiro de montaña de Hitler en Berchtesgaden habría sido el punto de unión energético de la Alemania nazi con el Himalaya…”.

Llegué a la casa donde estaba hospedándome y comencé a leerlo; en la introducción que en verdad era una especie de marco donde la autora explicaba que la cosmovisión nazi no era cosa de unos cuantos locos que se despertaron un día y dijeron que había que empezar una guerra para dominar el mundo, sino que era producto de discusiones de buena parte del siglo XIX: de teorías que derivaron de los descubrimientos de Darwin y pasaron a los escritos ariosóficos y teosóficos, que alimentarían después al nazismo. Eso hizo que hacia 1860 buena parte de la clase ilustrada europea fuera racista; Baudelaire por esa fecha escribió en sus escritos íntimos que había que “organizar una hermosa conspiración para exterminar la Raza Judía”.

El punto de unión entre Darwin y los escritos ariosóficos y teosóficos fue Ernst Haeckel (1834-1919) que, como lo describe la autora del libro, fue el “acuñador del término ecología, principal divulgador del darwinismo en Alemania y, como ha demostrado convincentemente Daniel Gasman, una de las figuras clave de los orígenes científicos del nacionalsocialismo”. Haeckel y sus seguidores tomaron en cuenta las consecuencias sociales del darwinismo y establecieron jerarquías, como las razas inferiores que, en palabras de Haeckel, “están psicológicamente más cerca de los mamíferos (monos y perros) que de los europeos civilizados”. Sala Rose define al nazismo como una religión política, que “se fundaba en un dualismo inmanente entre lo ario y lo no ario”, por lo que a diferencia de otros fascismos, “es por encima de todo racista”. Hacia el final de la introducción advierte que “la Nueva Era, el ecologismo, el esoterismo, el culto al cuerpo, el imperio mediático, el turismo de masas o la publicidad deben a la cosmovisión nazi más de lo que sería de desear”.

Dos meses más tarde llegó a mis manos otro libro: De animales a dioses: breve historia de la humanidad, del israelí Yuval Harari. Este trabajo analiza en casi 500 páginas las tres revoluciones de la historia de la humanidad –cognitiva, agrícola e industrial– para explicar que el ser humano ha sido el animal más mortífero que ha pisado el planeta y que, sin alteraciones en su ADN, ha dominado y destruido distintos ecosistemas y especies de animales desde que era un recolector-cazador y vivía en tribus de no más de 150 miembros. Harari argumenta, contra “los ecologistas sentimentales que afirman que nuestros antepasados vivían en armonía con la naturaleza”, que el homo sapiens, una vez que adquirió el lenguaje, se adaptó mejor al medioambiente y tuvo el conocimiento necesario para destruir y dominar todo lo que encontraba a su paso con el objeto de sobrevivir y alimentarse.

Esto lo demuestra cada oleada de colonización que emprendió el ser humano y que implicaron grandes desastres ecológicos cada vez: desde la oleada de Australia hace 45.000 años hasta la de América hace 13.000 años: “Homo sapiens llevó a la extinción a cerca de la mitad de las grandes bestias antes de que los humanos inventaran la rueda, la escritura o las herramientas de hierro”. Harari no califica la figura del ecologista como la de un nazi, pero no deja de ser sugerente el trabajo que se toman tantos militantes de Greenpeace en difundir algo que escasamente conocen.


Publicado originalmente en revista Punto Final y en el blog del autor (21/01/2016)

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