25 de abril de 2016

Lejos y cerca


ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Por lo general las visiones que transmitía la literatura occidental de África hacían parte de experiencias particulares y el espacio escogido se aislaba de la historia, mantenía intocado el misterio.

A veces el conocimiento permite una participación del otro, de lo otro, y así evita saberes dominantes, miradas unilaterales. Quién sabe si el cazador Hemingway, con sus caravanas de cacería en las verdes colinas, en sus ficciones solo mostró el miedo, el valor, la resistencia, el riesgo, hubiera logrado reconocerlo. Esto, a lo mejor, le habría dejado ver que ningún rinoceronte visto de frente cual Dios de la tierra, sería suficiente para descansar el gatillo. Y el horror: comprender que la pieza a la que todavía no disparaba, era él mismo.

Cuánto nos cuenta la Baronesa Blixen con su casa incendiada, esa maravillosa novela, Fuera de África, y su trato con los Masai.

O Graham Greene, caballero si los hay, sobreviviendo a los leprocomios. O el bello esfuerzo del doctor Schweitzer buscando, en su hospital, un reencuentro en clave de música: Bach. O el horror definitivo que relata Conrad en El corazón de las tinieblas.

Pero la experiencia común fue el sufrimiento, el dolor como plaga que tocó a todos. La tragedia colectiva de espanto incalificable, de la esclavitud.

De alguna manera el dolor reclama siempre pero también une, impregna del otro, amplia el sentimiento. Es posible preguntarse por los secretos sedimentos del alma de unos pueblos que tuvieron que liberarse, por grupos, en territorios impuestos, de la infame trata; y después de las crueldades de los coloniajes que maltrataron y empobrecieron. Una de las primeras medidas del libertador de Ghana, Nkrumah, fue disponer la elaboración de la enciclopedia africana.

Así quien va de Cartagena de Indias a los parajes de Ghana no lleva la valija vacía. Una sustancia humana común ha hecho puentes que mezclan el aire, el embate ruidoso del océano, la complicidad en la sonrisa de las gentes, el sabor del ñame y el coco.

Bajo la luz ecuatorial que entibia los sueños, a tres horas de Accra, está Cape Coast Castle. Una de las fortificaciones donde amontonaban a los hombres capturados en sus poblaciones y llevados a látigo y grillete a esperar las embarcaciones que los arrojarían a los puertos de Cartagena de Indias, La Habana, Brasil.

Muchos van por una peregrinación humana a un espacio de dolor empozado que hoy dignifica la resistencia. Recordé a Manuel Zapata Olivella cuando escribía su epopeya, Changó. Durmió una noche en uno de estos socavones donde nada cabe. Oyó las voces de los muertos.

Sigue el océano con el oleaje incesante. Un malestar sin nombre, tal vez la nada de los lugares desequilibra el ánimo. ¿Quién llama desde aquí? Una ofrenda de compasión evoca El decamerón negro, bello libro de Leo Frobenius. Algo se queda. Un desgarro.

Imagen: Cape Coast castle, Ghana.

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