11 de abril de 2016

Memoria de un instante

GABRIEL PRACH -.

-¿Dónde están los cigarros?
- En el refrigerador, respondo. 

A quién se le ocurre guardarlos ahí rezonga arrastrando los pies con sus chalas desabrochadas, luego de cogerlos se tumba en el sofá regalo de su difunto tío y enciende uno mirando la televisión.

Que a quién se le ocurre… Ella tiene esa manía de culparme de sus ideas descabelladas. Lleva meses así, pensando en nada y exigiéndolo todo. ¿A qué se puede culpar? La dieta pienso, la menopausia, la luna llena, el tiempo infame que no quiere arreglarse y la televisión de mierda sin ningún programa interesante de ver.

Y los días transcurren largos, turbios de lluvia y de arrebatos hirientes, sádicos en su creación. Última vez que te permito esto dice retirando su mano de mi sexo flácido e inapetente. Estas cosas pasan a menudo pienso, es más común de lo que uno cree. No es un crimen no tener ganas. El crimen fue haberlas tenido con tanta pasión y locura que agotamos el amor de un viaje, como tomándonos un corto de tequila sin sal ni limón.

La lluvia persistente, las calles vacías, los vidrios empañados y el café en la mesa de la cocina.

Concuerdo contigo que ya no nos amamos, que la chispa se apagó, que no existe nada ni nadie que reviva la magia muerta de nuestras vidas.

Odio los domingos dice encendiendo otro cigarrillo y apagando el televisor. Los brazos desnudos, el pelo suelto, crespo y largo luce alborotado. Sus dedos largos de uñas sin pintar semejan mariposas anidando la braza y el humo que escapa raudo al cielo desde su boca dibuja estrellas en el techo opaco. Nunca supo cuánto la amé ni creo que lo adivine ahora.

Afuera, bajo el techo del vecino, un gato se lame protegido de la lluvia. Eso también era mi culpa me dijo una vez, si hubiéramos operado al gato este no se habría ido y no hubiera muerto bajo las ruedas de la camioneta del dueño de la farmacia, que pensándolo bien, estuvo disculpándose demasiado tiempo para mi gusto. Especialmente con ella que era la más afectada desde luego.

Decisiones, ¿quién debe tomarlas? Vamos a la deriva dando tumbos, con el corazón seco y curado de espanto, sin sorpresa que nos despierte o ilusión que nos rescate. Y la lluvia allá afuera que también no para de caer.

Imagen: Karl Schmidt-Rottluff

2 comentarios:

  1. Las decisiones importantes nunca las toman los involucrados. Sólo sucede, todo sucede y nada también. Buen relato, con ritmo de lluvia sanfabianina.

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    1. Es cierto, la vida se encarga de tomarlas por nosotros. Nos arrastra a veces contra nuestra voluntad, nos da duro por un tiempo sin inmutarse.
      Y de pronto se apiada, nos deja respirar y mirar más allá de nuestras narices, nos alegra por unos instantes por estar vivos, y todo sigue, se renueva la ilusión, se sueña hasta la próxima caída.
      Un abrazo Lorena.

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