1 de abril de 2016

Sentenciado

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -. 



Soñé que me iban a fusilar. No era la primera vez que ocurría. Varias veces he soñado que estoy en mis horas finales, sea por decisión de la justicia o por prescripción médica. Sin embargo, la espera siempre se presenta como un momento interminable dentro de la historia (a veces se vuelve la historia misma) y que sólo concluye cuando abro los ojos más espantado que laucha pillada infraganti en la despensa. En esta oportunidad, yo era una especie de cuatrero rural destinado a ubicarse delante de dos hileras de gendarmes con escopetas bien cargadas. La cárcel era vieja, de adobe y madera, pero sumamente poblada. Me acompañaba en esas horas finales mucha gente: familiares, amigos, ancianos, animales, mocosos, mujeres con críos en sus brazos y otras preñadas. Todos teníamos la libertad para salir y entrar del recinto cuando se nos antojara. Me recuerdo realizando viajes en un cómodo tren que bordeaba un río extenso, de seguro perpetrando fechorías. 

Cuando el alcaide fue a notificarme del fusilamiento a mi celda, le dije que había recibido el indulto del Presidente José Santos Salas. Él se lo creyó, me pidió disculpas y dio media vuelta rumbo a su oficina, ubicada en lo más alto del penal. Lo que me quedaba de decencia me hizo recapacitar. Corrí por la galería hasta alcanzarlo, toqué su hombro y le dije la verdad: nadie había movido un dedo para librarme de mi suerte. La pasividad de su rostro mofletudo me indicó que la confesión había sido bien recibida. 

Al acercarse la hora del ajusticiamiento, un tercero -que no recuerdo de quién se trataba, pero que aún siento cercano-, me ofreció intercambiar un objeto que bien pudo ser el alma, la identidad, la culpa, el vestuario o un amuleto -puros conceptos alejados de gañanes iletrados como nosotros, pero se trataba de un sueño, qué más quieren-, con lo que yo lograría permanecer con vida. Acepté el trato y abandoné la cárcel muy suelto de cuerpo. Cuando eran las cuatro de la tarde, caí en cuenta que el fusilamiento ya se debía haber efectuado (como siempre ocurre en Chile, estaba programado para el amanecer) y yo seguía con mi abdomen intacto, sin perforación alguna, salvo un tajo ganado en una pelea de cantina, pero en proceso de cicatrización gracias a la medicina natural. Una mujer de rostro agraciado por la preñez me encaró a viva voz: “¡Y voh vai a seguir robándole el aire a la gente decente!”. 

Ilustración: El Manque de Mario Igor

2 comentarios:

  1. Textazo. Droguett estaría orgulloso. Y Kafka. Y Rulfo.

    Saludos afectuosos, amigazo.

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  2. Oye, Claudio, este cuento es bueno. Dime si lo puedo publicar en Palabra Abierta? Un abrazo, amigo.

    Otro abrazo para nuestro común amigo, Jorge Muzam

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