8 de mayo de 2016

Arte nativo



CLAUDIO FERRUFINO COQUEUGNIOT -.

Más y más se da importancia a una forma de arte que, en oposición al digamos "formal", de galería, no tiene gran exposición y está infravalorado. Recibe el apelativo común de artesanía, habiendo entre éstas una inmensa gama que incluye los objetos creados para el consumo turístico y aquellos que apelan a profundas tradiciones y reflejan la riqueza histórica, el entorno natural y también lo sobrenatural-onírico de los pueblos. 

Dejando de lado los que ya se producen en serie, aunque sean hechos a mano, hay que retomar los que representan con fidelidad la cultura de la gente que los hace. No significa, sin embargo, que lo que se fabrique para un mercado, que quizá sea el único recurso económico accesible, carezca de valor. Al ser producidos en masa pierden el espíritu con el que fueron creados, pero pueden todavía reflejar características únicas de su etnia original. Estamos hablando, en ambos casos, de trabajos en barro, en madera, metal, textil, piedra, cáñamo, etc., materiales que también muestran el proceso general de desarrollo de cada pueblo: metales en la costa occidental africana, arcilla y lana en los Andes, fibras vegetales para los pueblos selváticos.

Chirac, en Francia, invierte sumas millonarias en un nuevo museo que se abrirá en París el 2006, para enojo de los clasicistas, con un cuarto de millón de objetos provenientes en su mayoría de Asia, África, Oceanía y las Américas. Los adustos especialistas parecen olvidar que buena parte del arte contemporáneo europeo se nutre, en idea y forma, del mal llamado arte primitivo. Picasso y Rouault en la escultura negra, el impresionismo en el estampado japonés... La idea de Chirac es igualar el arte "indígena" con aquel otro que pregona, quiéralo o no, que arte y cultura son patrimonio de occidente, del Mediterráneo para ser precisos. Una muestra étnica de semejante magnitud no hará más que confirmar el interés creciente sobre este tipo de expresión humana, cuya imagen ha sido desmejorada con el largo paso del colonialismo. Una suerte de arte vivo -aunque creado en inicio como manifestación religiosa- y, esta vez, una sana globalización que pondrá juntos huesos trabajados por los inuit de la noche ártica con tallados en madera de quebracho del Chaco febril.

Puede ser que pregonando esto que Francia aspira a mostrar al mundo el trabajo creativo del Tercer Mundo, el arte nativo, tan importante como cualquiera; no se diga ya, en Bolivia, como se hace, "cosas de indios" ante un hermoso tari de Charazani.

27/09/04

Publicado en Opinión (Cochabamba), 28/09/2004
Imagen: Tejedores filipinos de Luzón, c. 1934

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