26 de mayo de 2016

Coca quemada


PABLO CINGOLANI -.

Los europeos siguen demostrando que son unos bestias incurables: el supuesto faro de la civilización, de la civilización occidental, sigue demostrando su incomprensión, su odio, su temor, su desprecio y su ira contra todo lo que no sea, para ellos, digerible, procesable, entendible y aceptable desde su cosmovisión excluyente, esa que ha llevado al planeta a dos guerras mundiales ayer, en el siglo pasado, acompañada de un genocidio de escalas desconocidas contra judíos, gitanos, eslavos y homosexuales, millones de asesinatos que se agregaron a otros millones de asesinatos impunes que ya habían cometido siglos atrás en América, en Asia y en África en aras de una supuesta superioridad cultural que siguen exhibiendo, sin pudor y sin remedio, cada vez que pueden.

Esa nueva ocasión de manifestar su racismo y su cinismo inmemoriales la tuvieron ahora contra dos obras de arte de un artista nuestro, de un artista boliviano, del artista Gastón Ugalde y dos de sus cuadros, elaborados en base al uso de hojas de coca, como soporte de su creación artística, una técnica que Ugalde viene utilizando hace décadas y que lo ha destacado en el ámbito de la cultura nacional e internacional con obras tan famosas como su retrato en coca del comandante guerrillero Ernesto Che Guevara, un icono de las luchas de liberación de todos los pueblos oprimidos del mundo, precisamente, contra ese colonialismo histórico ejercido por los europeos contra ellos.

La noticia es escalofriante porque asegura que los cuadros, dos obras de arte, fueron quemados en una dependencia oficial del estado holandés, en los tenebrosos Países Bajos, cuyas atrocidades cometidas contra los pueblos del Extremo Oriente son bien conocidas. Las masacres y torturas ejecutadas por los neerlandeses contra la población local de la actual Indonesia son de dominio público, y sólo comparables con las que los belgas, sus vecinos, ejecutaron en el África, en el Congo.

Sin embargo, el hecho de haber quemado las obras, nos retrotrae a uno de los sucesos más siniestros de la historia: cuando los nazis, especialmente los jóvenes universitarios nazis, guiados por esa declaración de insania titulada las 12 tesis contra el espíritu anti alemán, una noche de 1933, se dedicaron con despiadado esmero a quemar todos los libros que pudieron de autores que, según ellos, no representaban ese espíritu, el de ellos, el de la raza superior, la alemana, encarnada en el gobierno nazi, liderado por Hitler.

Hubo, hay, en la historia muchos más ejemplos de esta demencia que hoy es moneda corriente en el Oriente Medio y el Asia Central donde, por un lado, los yanquis y sus bombas destruyeron la biblioteca y el archivo nacional de Irak, un repositorio único que incluía testimonios de la civilización sumeria, la primera registrada en los anales humanos, y del otro, talibanes destruyendo los budas gigantes de Bamiyán y los nuevos demonios de ISIS arrasando con la histórica ciudad de Palmira, en Siria. Holanda, la tan cacareada y progresista Holanda, ahora puede ser sumada a la lista de naciones y grupos abominables destructores del alma humana y de su expresión más sensible: el arte.

Falta aludir al hecho específico de que estos bestias aduaneros (de la paradojal cuna del esencial Vermeer y del no menos trascendental Van Gogh) hayan quemado dos cuadros hechos con coca, asociando el material artístico a la droga, a la cocaína, y a toda la parafernalia hipócrita y esquizoide vinculada a ella. Creo que esto convierte el hecho de la destrucción inmoral de arte, también en una agresión a la cultura ancestral de los pueblos originarios de los Andes. La coca es una planta maestra ligada de manera indisoluble a los saberes y las tradiciones de dos países, especialmente uno, Bolivia, de donde, no casualmente, es oriundo el artista Ugalde.

Este doble atropello cultural –la quema de las obras de arte porque estaban hechas con coca que para los censores pirómanos eran droga- nos debe seguir alertando sobre la necesidad histórica de que terminen de caer nuestros velos sobre la supuesta distinción entre una Europa abierta al diálogo intercultural y la cooperación para nuestro desarrollo con identidad –formulas y mas formulas que no dicen un carajo frente a tan devastadora prueba de desprecio por lo nuestro, lo genuinamente nuestro- y unos norteamericanos, cerrados y obstinados en seguir con su avasallamiento cultural y, de paso y como consecuencia de ello, con la permanente intromisión que significa la llamada “guerra contra las drogas”, impulsada desde Washington. Frente a las evidencias, frente al despropósito lacerante de los cuadros de coca quemados, no queda sino asumir que son todos lo mismo, que nos humillan por igual y que nada bueno podemos esperar de tanta ignominia.

Reafirmemos nuestras convicciones más puras, empeñémonos –como quería Mariátegui- en que nuestra vida, nuestra lucha, nuestro arte no sean ni calco ni copia sino creación heroica y, como alguna vez dijo también Fanon: olvidémonos de Europa, de esa Europa que nos sigue escupiendo en la cara, y miremos otra vez, con orgullo y con fe renovada, hacia nuestras montañas, nuestras selvas, nuestros ríos venturosos, nuestras plantas sagradas como la coca. Allí está la materia prima y la inspiración de todo el arte que necesitamos, de todo el arte que construye comunidad y despliega la creatividad de pueblos dignos, nuestros pueblos. Solidaridad con Gastón Ugalde, mi solidaridad incondicional con Gastón Ugalde.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 24 de mayo de 2016

Imagen: Gastón Ugalde 
Artículo publicado originalmente en el blog vivirdebuenagana, 24.05.2016  https://vivirdebuenagana.wordpress.com/

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