Estos días

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Una de las manifestaciones de la precariedad de los partidos políticos, en Colombia, es su difusa y pálida presencia en la vida nacional. A menos que se considere presencia la alharaca de escándalos menores que alimentan a un periodismo cansado que hace de las conversaciones privadas la presa de una noticia de significación. Y de los insultos una manifestación de valor.

La crisis afecta a todo el sistema de representación. El oxígeno efímero que le han prestado las organizaciones electorales cívicas, apenas sirvió para apuntalar más uno de los vicios deplorables: los caudillismos, los jefes ilustres, el vacío de las construcciones colectivas. El empobrecimiento de las ideologías.

No existe una pasión que mueva y anime la incredulidad de la gente. A pesar de que muchos confundan con pasión los odios por intereses, la falta de grandeza, la incapacidad para un gesto generoso.

Por el contrario, cierta desvergonzada vulgaridad se enseñorea de aquellas diferencias que alguna vez se llamaron debates. Me resisto a aceptar que eso constituye lo popular. Un cascarón de huevos podridos sustituye las ideas.

Es curiosa la evolución que ha tenido el grupo de Mandatarios que López Michelsen, con desenfado vallenato, llamó muebles viejos. Antes se les consideró una reserva de conciencia moral para los momentos duros. Ahora sin partidos, gritan a su aire, en la gallera solitaria. No es fácil entender por qué alguien que tuvo la más alta dignidad de la democracia, así fuera apoyada con las compraventas o las amenazas, se rebaja al menudeo de exigir reconocimientos, recordar sus iniciativas. Seguir mandando, como si todavía anidara en su eterno cuatrenio. La historia, ese largo camino de ir y venir, todavía no contada, dejará poco de tales escaramuzas. Y no habrá posibilidad de lamentar no haber contribuido a las pocas oportunidades que la vida ofrece para hacer algo grande, duradero, notable.

Quién sabe si en los países que hemos vivido la retórica, la celebración de las frases efectistas; a propósito falta hacer una antología para observar cómo los años las reducen a su dimensión ridícula; nos haría bien una cura de silencio. Clausura de la palabra para permitirse oír los pensamientos o su aterrador vacío.

No se puede discernir hoy qué es la política. Pero jamás una puja de empleos públicos, de contratos, de privilegios, de concesiones. ¿Se podrá sobrevivir y fecundar con propósitos nobles?

Existe una corriente, sin estropicio, de ciudadanos que tejen comunidad, que conmueven con sus actos de solidaridad y rectitud, los no contaminados por la corrupción y el crimen. Gentes que no necesitan Constituciones para el buen vivir, que les basta con las viejas sabidurías de aquello que los estudiosos denominaron el Derecho natural. Sus reglas que no requieren escritura ni sanción. Sentido de la vida.

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