16 de mayo de 2016

Sobrevivientes para el porvenir

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

No le falta razón al Comisionado para el conflicto, don Sergio Jaramillo, en decir que los colombianos en lugar de rumiar inanes discusiones de picapleitos, deberíamos estar indagando al corazón para preparar las maneras de la reconciliación.

Las viejas e inútiles costumbres de revolver las guerras con las leyes a lo mejor nos hicieron proclives a cumplir la norma cuando nos favorece y sacar el revólver cuando es adversa al interés propio. De esto se alimenta, sin siquiatra ni psicoanálisis compasivos, el gusto por las demandas, la intolerancia, la trampa.

Esta dura tradición, transmitida por años como epidemia congénita, no será la menor de las dificultades para asimilar y desarrollar un hecho de tanta importancia para la vida en comunidad y la historia, como el fin de una larga lucha armada que nos envilece a todos.

Uno de los argumentos socorridos de frecuente cacareo para desvalorizar el acuerdo es la apreciación de que sancionar crímenes del ejército regular y de los sublevados, con el mismo aparato judicial, es inadmisible porque los iguala. Quienes así predican no se dan por enterados de que la ominosa igualdad surgió en el momento mismo en que unos cedieron al desespero de utilizar métodos bélicos reprobables. Espantosa consecuencia de las guerras largas, pudren la humanidad de los combatientes. Varios político, conservadores y liberales, clamaron en vano por protocolos internacionales que proscribieran la crueldad. Esa vez se respondió lo mismo que ciertas damas cuando sorprenden a la del servicio doméstico practicando un merengue, en la sala de la mansión, con el palo de la escoba: ¡igualada!

Así, en estos días de ánimo turbio y desquites guardados, nada ha resultado más estimulante y ejemplar que el testimonio de Ingrid Betancourt sobre su dolorosa experiencia. Hablar después de someterse al silencio, estudiar teología, poner distancias a la gritería de la época, propone palabras que deben ser oídas.

Muchos, gozos de las felices arbitrariedades de Borges, creímos con él que la teología es una rama de la literatura fantástica.

Significativa y de fecunda reflexión será pensar en la precisión con la cual inició su relato. Más que una víctima, dijo, yo soy una sobreviviente.

¿Por qué importa esto en un país que se conforma con vermífugos de lenguaje y niega la realidad debajo de un nombre?

Desechar la condición de víctima con la cual la marcaron quienes con injusticia agraviaron su libertad y afectaron su identidad, es un acto de dignidad, escupir a los captores, tomar partido por la vida que se erige indestructible, superior a la infamia. Y volver al habla de la libertad con una crítica que permite restaurar y no exterminar: Comprendo tu motivo pero los medios que utilizas lo desvirtúan, no conducen sino a más sufrimiento y venganza y odio.

Perdonar, entonces, devuelve humanidad.


Imagen: Ingrid Betancourt

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