18 de junio de 2016

Des-vía-dos

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-


He estado imaginando más que nunca, prima, su llegada a la ciudad tras un viaje incómodo, de cuatro horas y más, desde esas lejanías. Bajará la escalerilla del bus cubierta (porque más que vestirse, usted se cubre, eso lo tengo claro) por ropa de invierno, gorro, bufanda, camisa de franela, jeans y botas, impregnada de carbón, tierra y humedad. Se acomodará una mochila ennegrecida por el uso y redonda de tanto relleno inútil: cuadernos arrepollados, papeles sueltos, fotocopias dobladas, libros a medio leer, hojas secas, piedrecitas de colores modeladas por la corriente del río. Seguirá impávida, inmóvil, displicente y menuda, como siempre la he visto, aún cuando haya notado mi presencia en tierra firme (¿ha notado mi presencia alguna vez? olvídelo, siempre exagero; imagínese que le estoy hablando como si usted hubiese descendido de un barco, como nuestras abuelas y bisabuelas, qué ridiculez más grande). Me pasará un papel arrugado y apuntará con el dedo hacia la parte baja del bus para que yo acuda a retirar su bolso. Obedeceré, por supuesto, y cuando lo reciba de parte del auxiliar, lo notaré mucho más pesado, incómodo e inútil que la mochila que usted carga consigo.

¡Ay, prima! Parece que la estoy viendo responder con monosílabos a mis preguntas de cortesía: ¿qué tal el viaje?, ¿pudo dormir?, ¿le sirvieron algo de comer?, ¿había algún desvío o atochamiento en el camino?, ¿cómo están todos por allá? Típica reacción suya cuando se siente superada por las convenciones de vivir en sociedad, tema recurrente de pasadas tertulias familiares, con participación de padres, hermanos, primos, tíos, abuelos, amigos cercanos y, por cierto, el pretendiente. Es a que usted, prima, le gusta ir de contradicción en contradicción, como decían todos en casa, alentados por el tío psicoanalista, para después asentir con la cabeza por el bien del linaje y sellarlo todo con un “¡salud!” (se lo cuento para que vea que no soy ningún traidor, aunque haya estado presente en esas sobremesas). Por eso mismo, me preguntaré varias veces, al tenerla al frente, de qué tanto me sorprendo si la conozco de memoria. De no mediar algún incidente, su comportamiento será similar a cuando se acicaló de blanco para recibir un anillo y, al rato, mezclarse conmigo frente al bufete de comida, bebidas y tragos, los dos con la vista pegada en los senos y nalgas de las garzonas -muestra excelsa de la buena alimentación y del trabajo físico de nuestros campos, convenimos-, en esa farsa organizada por ese señor propietario de un viñedo, rotario de renombre, candidato a alcalde permanente, hijo ilustre, deseoso de poner fin a su soltería (quien diría que en pleno siglo XXI, aún se siguen arreglando matrimonios y usted se haya prestado para algo semejante). O igual a su viaje de un día a Santiago para recorrer, tal como lo hacíamos en la infancia, el cerro San Cristóbal, oportunidad en que apenas alcanzamos a beber usted una gaseosa y yo un café (no he olvidado el teleférico ni el funicular, entonces de reparaciones, espacios en alturas donde me enseñó a disfrutar del placer, aún cuando estuviera sólo, a lo más acompañado de una fotografía suya revelada y después en digital), antes que emprendiera el regreso a sus tierras para cumplir con sus deberes maritales y me sacara en cara que yo no había sido capaz de escribirle un miserable correo electrónico o WhatsApp, por último una llamadita a su celular que tiene muy buena señal, incluso entre las montañas (ojo, que no reduzco sus deberes sólo a la cama; imagino que en el campo se subyuga a las mujeres más que en la ciudad; por acá, en cambio, usted ya sabe de las barrabasadas posibles de cometer con la excusa de su desviación, mis ansias de complacerla y las costumbres relajadas de la urbe).

Caminaremos en silencio por la periferia del terminal de buses –barrio peligroso, maltrecho, hostil, maloliente, estamos de acuerdo, nada que ver con las cuadras de nuestros primeros años, ahora vueltas el botín de las constructoras, para perjuicio de las hermosas casonas emplazadas en ellas y beneficio de la rotada con plata, qué le vamos a hacer-, hasta cansarnos de las arremetidas, empujones, codazos y puntapiés de la gentuza. Usted no alegará lo más mínimo, pero yo igual sabré que estos primeros instantes tras la llegada, la tendrán más que podrida y no querré, bajo ninguna circunstancia, que se espante, pare la cola, divina, menudita, morochita, de gacela, y se vaya por donde vino. Nos sentaremos en el patio de comidas de lo más alto del centro comercial, para que consuma cualquier cosa, sin muchas ganas, y yo esperaré, nervioso, haciendo un barquito con la boleta, agrupando las migas como pala mecánica, volcando el vaso de gaseosa sobre la mesa, mencionándole uno que otro escritor publicado por Anagrama y cómo ha crecido nuestra biblioteca virtual desde que se fuera de la ciudad, el momento preciso para hablarle del motivo de su viaje. Logrará, usted, como otras veces, hacerme sentir inseguro, en lucha conmigo mismo, esforzándome por superar trancas, pero, al mismo tiempo, recurriendo a sus propios argumentos para darme aliento: ya no soy el muchachito que dejó sólo, con las manos ocupadas, para hacer su vida en esas lejanías. A modo de referencia, recordaré mis propias visitas a sus campos, caminatas a lo largo de sembrados, junto a la hileras de álamos, dentro de una gruta inexplorada, justo cuando el terrateniente daba vuelta la espalda, sin saber -o queriendo no saber-, confundido por el ruido de la cascada de agua, de nuestras correrías por la hierba, de sus desnudos en el granero, de lecturas compartidas en el regazo, del recordatorio sobre cómo satisfacerse uno mismo sin depender de otro ser humano (por ejemplo, cabalgando sin montura, para sentir ese cosquilleo entre las piernas, según me ha contado, o poniendo terrones de remolacha debajo de su pancita para provocar la lengua del labrador), pero sobre todo de sus dedicados correos, como si me considerase alguien importante en su tan ocupada vida. Le garantizaré, por mi parte, el disfrute a plenitud de su tour fantaseado, contando con los recursos suficientes –pertenecemos a una muy buena familia, nunca lo olvide-, habiendo pedido previamente discreción a los involucrados, que no son muchos, pierda cuidado en eso. 


Aprovechando que estamos en el centro comercial, iremos de compras. Después, usted se probará las prendas adquiridas, frente al espejo de la habitación del hotel. Podré contemplarla en paños menores y ayudarla con la espuma y cremas corporales para quitarse el “olor a bosta”, como usted llama a esos parajes que heredará por derecho propio. La estoy imaginando, prima, ponerse la camisa de colleras y el pantalón de tela, cruzarse el cinturón con hebilla, calzar los zapatos brillantes y quedarse pensativa frente al espejo, con su melena fijada al casco por efecto del gel. Aprovecharemos, por supuesto, el frío de la calle para que un abrigo elegante cubra lo poco que vaya quedando de mi prima en usted. Primero de malagana, después algo convencida, más tarde con algo de curiosidad y, finalmente, con evidente entusiasmo, saldremos hasta la esquina, sin importarnos la llovizna cayendo de lado, como cortada con un cedazo, para abordar un taxi que nos conducirá hasta el centro mismo de su anhelo. Verá una calle larguísima, flanqueada por una barrera de cemento que separa la vereda de la autopista (qué gran posibilidad de ser víctimas de un asalto en ese encajonamiento, excitante sin duda, más aún si descubren su camuflaje), con faroles en perspectiva formando una sola línea en diagonal hasta donde alcance la vista -somos un par de cegatones de tanto leer con luz débil y ahora usted continúa haciéndolo con velas y palmatorias-, frente al juego multicolor del neón en toda la cuadra. Ya dentro, en medio de la penumbra, sentados en una mesa, usted optará por lo sano, rozagante y curvo, no necesariamente perfecto, representado en el cuerpo de quien se acercara, diligente, para atendernos (tal como lo dejaré establecido, no se tratará de ninguna novata que vaya a improvisar jueguitos, esto será en serio) y se desaparecerán en la privacidad del fondo. 

Pasado cinco minutos, decidiré intervenir. Me pondré de pie, dejaré atrás los baños y avanzaré hacia una tela de gasa floreada puesta a modo de cortina. Es en esta parte donde surge la interferencia, querida prima. Ciertamente que puedo imaginar más cosas, pero tienen demasiado de mi antojo y, por el contrario, pierden parte importante del suyo. Ayúdeme a recuperarlo, por favor, si entre primos todos se puede, incluso retenerme en sus profundidades ya de regreso en el hotel, entre sábanas suaves, para ponerle punto final a tanta especulación que de gratuita no tiene nada.  

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