23 de junio de 2016

La ceguera de leer

GONZALO LEÓN -.

Últimamente he leído sobre las maneras en que algunos escritores han leído a otros colegas. Creo que los escritores siempre estamos intentando explicar cómo escribe otro colega, porque al fin de cuentas eso es lo que lo define como escritor. En una de esas clases que dio Ricardo Piglia sobre Borges en la Televisión Pública contaba su primer acercamiento a Borges: lo fue a visitar para invitarlo a dar una charla a la Universidad de La Plata; como era una actividad del centro de estudiantes, había dinero, no mucho, un equivalente a cuatro mil pesos argentinos actuales (doscientos mil pesos chilenos), lo primero que le respondió Borges fue que aceptaba pero con la condición de que le pagaran dos mil pesos, es decir la mitad de lo que estaba presupuestado. Luego el joven Piglia, motivado por las primeras lecturas de autores estadounidenses donde estaba eso bien hemingwayano de no decir más allá, se atrevió a comentarle que un cuento suyo no estaba bien terminado. Borges le respondió entonces: Veo que usted también escribe.

Pienso en Piglia porque se ha dedicado bastante a explicar cómo escribía no sólo Borges, sino también Macedonio, Arlt, Saer, Puig, Walsh, Gombrowicz. Y además ha intentado definir, con éxito a mi juicio, la novela argentina. Para Piglia, el modelo de la novela argentina empieza con Museo de la novela Eterna, de Macedonio Fernández, una novela que está construida sobre la base de prólogos y que termina siendo una promesa de novela; hablar de novela argentina es entonces hablar de una novela que vendrá, y eso la hace ser de vanguardia, al menos eso era así hasta hace unos años. “En el Museo”, escribe Piglia en Las tres vanguardias: Saer, Puig, Walsh, “se cuentan dos cosas: cómo se escribe una novela y cómo se hace una conspiración”. Y más adelante continúa con la caracterización: “En principio, el modelo del museo como forma. La idea de la novela como enciclopedia, como un espacio donde conviven registros heterogéneos”. Piglia, en este libro que antes fue un seminario –y que hace recordar que ‘El escritor argentino y la tradición’ fue antes de ensayo una conferencia–, explica a Saer, a Puig y a Walsh. Particularmente me detuve en Saer, porque muchos amigos poetas lo han leído y disfrutado, en estas páginas entendí por qué: su narrativa, a grandes rasgos, pasa por la poesía, por la lectura que hace del poeta Juan L. Ortiz.

Me gusta este afán por explicar el trabajo de otros que tiene Piglia. Me gusta porque lo hace sin pasar por crítico literario ni desde la teoría literaria, lo hace desde la experiencia, aunque en su caso la academia no le ha sido ajena. Pero esta curiosidad no sólo ha sido de Piglia, recuerdo que hace diez años le comentaba al joven Diego Zúñiga el descubrimiento que había hecho leyendo ‘El policía de ratas’, incluido en El gaucho insufrible, de Roberto Bolaño. Para mí, ahí Bolaño quería decir que siempre el escritor cuando lee lo hace como un detective, es decir está tratando de ver cómo lo hizo el otro, y cuando lo descubre deja de leer. En este sentido el guiño al género policial planteaba un interesante dilema: si la escritura es un crimen, un buen escritor es a la vez criminal y detective. La respuesta que obtuve del joven Zúñiga no fue acorde a mi entusiasmo.

Creo que la máxima enseñanza que puedes sacar de un escritor no es el modo en que escribe, los que copian modos de escrituras pecan de ingenuos, sino en el modo en que lee, en el que se planta ante una tradición. Parte de esto, creo, lo dice Piglia. Sigo: quien logra transmitir un modo de leer, como Borges, está más allá de un Premio Nobel, está cambiando la literatura. Como todos, alguna vez he sido capturado por el marketing de algún Premio Nobel y ninguno ha cambiado mi forma de leer. Ahora cómo se puede cambiar el modo de leer. Piglia da una respuesta: “Está claro que es necesario pelear para que el modo en que ese texto sea recibido esté garantizado”. A lo que agrega: “El escritor de vanguardia quiere siempre ser leído como un desconocido para los criterios establecidos”. Es decir, para primero cambiar el modo de leer de otros, hay que conseguir que lo que uno escribe sea leído desde otros parámetros, ahí está el primer y tremendo paso. Y si uno no logra imponer eso, es o será un escritor más, alguna buena novela escribirá pero no mucho más.

Y la crítica literaria tampoco ayuda en esto, porque los criterios con los que trabaja son antiguos: ningún crítico lee sobre la base de criterios nuevos, más bien trata de adecuarse a los que van surgiendo, si eso es posible. Aunque hay que ser claros: no es lo mismo llegar atrasado una hora que una semana. Y hay críticos que llegan atrasados un año. Quiero decir que la crítica es una aproximación no a textos nuevos, porque los críticos siempre leen textos nuevos, sino a criterios que están por surgir. En la intuición para leer esos cambios de paradigmas parece estar el camino, un camino que se hace a oscuras. Borges que era ciego lo sabía bien. Por eso tener claridad en esos momentos es signo de genialidad.


Publicado en revista Punto Final y en el blog del autor (23/06/2016)

1 comentario:

  1. Me gustó mucho ese ciclo de clases. Totalmente recomendable!

    ResponderEliminar

*