10 de junio de 2016

Naufragando en el desierto namibio

PABLO CINGOLANI -.

Cuando la noticia, así sea mentira, embellece la realidad, bienvenida sea. Nos acostumbraron, nos domesticaron para que mastiquemos y comamos todos los días noticias que son reverendas mentiras y que no aportan nada más que confusión, hastío y desasosiego. Así que leer una noticia, así sea falsa, pero que promueve la imaginación y desata el entusiasmo, a mi me resulta grato, más allá de vanas discusiones éticas, más allá del horror que conlleva la desinformación deliberada y organizada. Pasolini vive: lo demás son lloriqueos pequeño-burgueses, sombras nada más, diría el bolero.
¡Vaya alegría! La noticia del día apareció en dos medios: Fox y luego fue refritada por RT en español. ¡Imposible creerle a Murdoch y a los rusos! (me carcajea lo que acabo de anotar). Copio el titular: Hallan en el desierto de Namibia un barco cargado con oro español y luso naufragado hace 500 años. ¿Qué mejor anuncio que éste? A ver, dime: ¿no mejora sensiblemente tu calidad de vida si te dejas llevar por toda la evocación que arrastra ese barco extraviado en medio del desierto? ¿No sientes toda la emoción contenida que desborda y te imanta con sólo leer el titular? ¿No desmiente la luz de una gran historia la opacidad del presente?
Alguien dirá: ¿qué mierda importa un barco perdido en medio de un desierto? Esa es la raíz del problema colectivo que padecemos. Seguimos perdiendo nuestra capacidad de fascinación, seguimos entregando en cuotas o con tarjeta de crédito nuestro espíritu de aventura, seguimos hipotecando a precio vil nuestra osadía. Lo peor: seguimos renunciando, a diario, a la poesía, a la belleza, en suma: a la libertad. Nos encorsetaron y nos metieron en una caja (boba). Nos cortaron las alas y juran y nos hacen jurar y abjurar que no existen ni los ángeles ni los barcos fantasmas, como el que hallaron los mineros de Namibia, esa sí, te insisto, ¡qué historia!
“Y es que hay mentiras que sientan tan bien / que parecen verdades ocultas (…) si me mientes/ miénteme bien”, gime, astillada, Buika, esa guineana-española-gitana que la rompe cada vez que canta, y tiene razón ya que tampoco estamos listos para la verdad, ¿y cuál verdad, decime vos? Y si te atreves a decirme alguna, miénteme pero miénteme bonito, así seguiremos naufragando con el barco ebrio del desierto de Namib, excavando con los mineros que encontraron un tesoro millonario, y aunque ellos sigan pobres –igual que nosotros- cuando vayan y beban en la cantina, les aseguro: tienen para contar una gran historia, de esas que dan ganas de llorar o de bailar, de esas que son fiesta o son guerra, que no es lo mismo pero es igual.
Esto hay que saberlo: el que tiene una gran historia para contar, tiene una vida por delante para hacerlo. La vida, en el fondo, es eso: un par de buenas historias contadas para el que quiera escucharlas. Si es con licor de por medio, mejor. Lo anoté en otro texto: la ginebra, agrega coraje y vuelve las mentiras más barrocas, más bellas. Deja de leer y, si aún no la encontraste, busca tu historia. Para saber contar, para saber mentir, primero hay que vivir, hay que saber vivir. Hay muchos barcos namibios enterrados por ahí.

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