26 de junio de 2016

¿Sería usted tan amable de ayudarme a buscar la utilidad de este pedazo de vida gastado?

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Quisiera que esta erección provocada, sana, natural, de los bosques, que me llena de orgullo y esperanza, se vuelva aventura máxima y liberadora para el prójimo, si me permite usar este concepto de intelectual ingenuo, revolucionario y despechado (digamos, años sesentas)… ¡Qué prójimo! De todo un pueblo… ¡Qué pueblo! De la humanidad entera. Y desde ahí, para no quedarse en la pura empezada, saltar al resto del universo. Cómo evitar el carteleo, si se trata de una combustión armada entre nosotros, cuando nadie nos aguaita (es aquí donde lamento la pobreza del lenguaje y me digo, qué más podemos esperar de una creación humana). Cabecita azabache, terca y lisa, que quisiera acurrucar hacia dentro de mi regazo, entienda que todos los actos en que me veo arrastrado por esta vida gastada, me quedan demasiado estrechos, se agotan al instante, son meros remedos de algo mucho más grande, que intuyo, por momentos, que huelo, pesquiso, divago, creo y descreo, pero sólo para renovar un ciclo que nunca acaba, forzado por la gravedad, salvo que, de una buena vez, acceda a darle un poco de alivio con su meneo inquieto (que promete, desconoce, vuelve a prometer sumiéndome en la absoluta desesperación). Quisiera pedirle, muy correctamente, que se decida, de una vez, a dejarse afiebrar con la punta de mis dedos –papilas gustativas, vellos cosquillosos y demases- que la harán gemir, quejarse, gritar, lamentarse, decir mi nombre -o de quien esté ocupando el protagonismo de su fantasía-, garantizándole que será, al mismo tiempo, el descubrimiento de una nueva era para la humanidad, ruptura de valores, renovación de la corteza terrestre, liberación de energías benévolas, fundición de un placer nacido egoísta y vuelto altruismo a raudales. Sabiendo, sí, que de no sobarnos, la humanidad entera caerá en la desesperanza. ¿Se da cuenta? ¡Qué desesperanza! En el más absoluto final, en el caos más elocuente, en la antropofagia y la desmesura, como si fuésemos dos montañas cuyos rodados chocan, dos placas continentales que resbalan de improviso y de madrugada, dos piedras durísimas que se frotan y del destello, arden y dan vida. Ándele, hágame caso, por favor, no pierda la oportunidad de salvar a esta especie a la que su padre y su madre contribuyeron, como gesto único de amors el uno hacia el otro, fundido en su personita, en quien más, a usted le estoy hablando y que tiene que nos estén oyendo, si no nos ubican ni en pelea de perros.

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