7 de junio de 2016

Sobre el destino de todos nosotros

PABLO CINGOLANI -.

Vive como si fueras a morir mañana.
Aprende como si fueras a vivir siempre.
Gandhi

A Facundo Firmenich

Sarmiento de Gamboa es un ser irrepetible: en su época, era una especie de suma del saber en un momento de expansión de la historia, en un momento de la historia donde ésta estallaba, se reconfiguraba y no volvería a ser igual nunca más. Era un ser singular en un espacio-tiempo singular, tan singular éste último que era el mundo entero los días donde comenzó a ser eso. El mundo más o menos como lo conocemos ahora. Pienso la dimensión colosal de este Sarmiento y lo comparo con los Gates o los Jobs o los Zuckerberg del presente, y no consigo conciliarlos. Sarmiento era hijo de una inquietud humana: buscar los límites de una realidad siempre en búsqueda de conocerse a sí misma, los pretendidos genios contemporáneos creen que superan fronteras cuando, en verdad, lo único que provocan es un encapsulamiento creciente y dominante de esa misma humanidad a la que suponen beneficiar. Comparar, por ejemplo, la tarea sarmientina de recopilar y escribir una historia índica, con ese amor sin medidas que depositó en los Incas, podríamos compararla con la idea, la hechura y la andadura de una Wikipedia; sin embargo, la trascendencia y el impacto histórico que tuvo la labor historiográfica de Sarmiento es, de lejos, superior -y en todo sentido, incluido la profundidad estética de su historia del Tawantinsuyu-, a los resultados que, hasta hoy, trajo aparejada la referida enciclopedia virtual, así sea la enciclopedia más vasta que se haya compilado en toda la historia humana. Voy a que las tareas emprendidas por Sarmiento tuvieron múltiples consecuencias, valorables hasta hoy, mientras el peso de Wikipedia se viene reduciendo al copy and paste del que abusan los estudiantes de todo el mundo. Es que, insisto, a Sarmiento le tocó vivir una época donde la humanidad andaba detrás de un derrotero que tenía mucho de destino mientras ahora vivimos un mundo carente de caminos que no sean los impuestos y los trillados y donde el único desenlace de ese mismo destino parece ser la autodestrucción de la especie, vía esa sin razón tecnológica que domina nuestra mente y peor: nuestro quehacer cotidiano. No encuentro, y quisiera encontrarlo, a un sucedáneo, a un epígono sarmientino en nuestros días. Cada vez me convenzo más que aquel lejano día de abril de 1969 cuando el hombre puso su pie en la luna, clausuraba esa búsqueda de conocernos cada vez mejor para arrojarla al laberinto estelar, para deshacernos de esa búsqueda lanzándola al vacío de las galaxias, al sin sentido y al sin retorno que provocó en el hombre lo que se llamó la carrera espacial que protagonizaron yanquis y soviéticos tras el fin de la segunda gran guerra. Creo que fue Hanna Arendt la que ensayó, de manera pionera, la relación entre el auge desmedido de la tecnología y la abolición de las distancias y el achicamiento consecuente de la mirada y el sentir humano. Luego vino Mac Luhan a pontificar sobre las máquinas y darle la bienvenida a la aldea global que, a muchos, le parecía un concepto simpático. Cuando tras la derrota de Vietnam, los yanquis empiezan a creer que lo mejor es quedarse en casa y defender Montana desde Montana, recrudece ese afán por volver a la tecnología como único horizonte humano, y por un lado, tenemos vanas misiones cada vez más costosas y cada vez más lejanas rumbo al espacio exterior y, por el otro, tenemos una alucinante capacidad de esa misma tecnología de reducirse, empequeñecerse, primero meterse en todas las casas y luego meterse en todos los bolsillos, y listo: el mundo cabe dentro de un Iphone y las redes sociales son la manera de articularlos, de volverlos otro mundo, el mundo virtual, que no vincula personas, sino personas con disponibilidad de que sea la tecnología quien las vincule. Esto representa las antípodas del sentimiento sarmientino. Pensemos nomás en su proyecto magallánico y, si seguimos con las comparaciones que suelen abrumarme, pensémoslo con relación al facebook. Cuando Pedro Sarmiento de Gamboa acude ante el rey Felipe y lo atosiga de mapas, de planos de fortalezas y croquis de ciudades, de bitácoras de viaje y de derrotas y cartas náuticas, de herbarios y descripciones de animales, de planes de población y planes geopolíticos, de memoriales e historias, todo compuesto, a mano alzada, por su propia mano, ¿cómo podemos relacionarlo con la madre de todas las redes sociales? No podemos: facebook, como herramienta tecnológica, ha logrado lo impensable: sus miembros suman más que la población de cualquier país del mundo o los creyentes de cualquier religión concebida por el hombre. Es, a todas luces, un hecho de una significación excepcional, única. Y, sin embargo, ¿Cuál es su potencia expansiva? ¿Cuál su incidencia creativa sobre el devenir de la especie humana? En verdad, lo que aún no podemos medir es todo lo contrario. Es el cálculo del daño que facebook nos está causando. Es la magnitud del desastre y cuanto ocaso a la imaginación y a la convivencia humana, provoca el mecanismo de marras. Del otro lado, el humanista Sarmiento, jugó todas las cartas de su intelecto genial y de su sensibilidad avasalladora, en su proyecto de poblar el estrecho, saliendo el mismo con sus barcos desde Lima para probar que eso era posible. Que la búsqueda del mundo podía y debía ser completada para probar y probarnos como especie humana. La búsqueda del paraíso en la Tierra, la búsqueda de lo imposible, la búsqueda de aquellos límites, la búsqueda incesante y fervorosa, insisto, de nosotros mismos. En el camino, todas nuestras alegrías, todas nuestras miserias, la suma de la gloria y una despiadada tristeza, nos sería develada. Porque eran nuestras, cosas de nosotros, de todos nosotros, no eran ajenas como las misiones de la NASA a Marte o las fotografías que envía el Hubble. Todo eso quedó trunco ese día aciago de 1969 donde los norteamericanos abolieron el secreto y dictaminaron: aquí no hay nada, señores, la luna es un planetoide vacío, estéril, muerto. Dejen de soñar, dejen de suspirar, dejen de escribir poesía, dejen de sentirse humanos. Nos atraparon, nos secuestraron: ahora, para que nos consolemos, nos meten a patadas en las redes sociales, en esa telaraña viciosa donde no hay referencias, ni espejos, ni menos que menos redención. Sarmiento, con su implacable vocación por forzar al destino, por acariciarlo e intentar domarlo, por escribir así sea una línea en el libro genético de la especie, buscaba, simplemente, eso: algo que nos redima, algo que nos afirme en lo único que somos, que podemos ser, que pretendemos ser, que nos merecemos ser: seres humanos. Eso, hoy, a su manera, que no es lo mismo pero es igual, lo siento, a veces, muchas veces, con Francisco, con las palabras balsámicas del Papa de la Cristiandad, de ese cristianismo desgarrado y despojado, sin vanidad y sin oropeles, que él promueve. En medio del desierto de la modernidad forzada, en medio de un desarrollo, digo mejor: desarraigo tecnológico que lo único que provoca es más y más deshumanización, Francisco enciende la única luz de esperanza que baila dentro de mi corazón. Francisco, como Sarmiento de Gamboa, es otro ser irrepetible, en un momento de la historia donde la historia –el pueblo, los que luchan, los que vivimos como si nunca fuéramos a morir- está buscando otro desenlace que no sea el anunciado, y éste intente así sea aproximarse a ese destino que nos ampare y que nos permita vivir a todos, juntos. El mundo es nuestro, nicaragüita, el mundo no es de ellos: el mundo es de todos nosotros. Y la luna, nuestra amada luna, también.

Pablo Cingolani
Río Abajo, 7 de junio de 2016

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