3 de junio de 2016

Una puta decente

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

En principio, es decir cuando alguien se entera de la noticia. Principio quieto que deja su origen y llena de observaciones, rechazos o acogidas, verbo que se rodeaba de aguas, luces, oscuridades. En principio está allí.

Un amanecer de sueño vago alguien se despierta, otra vez, la pelea con el Diablo.

Enciende el radio y recorre, ciego y perezoso, el dial. Verifica que sigue en el mundo. Allí estaba.

Entrevistaban a una mujer, en Lima. La voz firme y clara, sin cansancio. Como si no importara el tiempo, la neblina, la llovizna, la hija de Fujimori, Vargas Llosa. Los de la emisora le hacían preguntas tímidas, impedidas por una duda. Respeto a los humildes y desconcierto. Se referían a los candidatos al Congreso en estas elecciones. La mujer mostraba en las encuestas, ese desespero por ver el futuro de brujas, leedoras del naipe, técnicos de ecografías, interpretes de sueños, mirones del asiento del café, una intención de voto crecida.

El frenado avance de reverencias verbales, protocolos de realezas, al borde del fracaso la conversación, quedó de repente roto, por una declaración. La mujer dijo: yo soy una puta decente.

Libres de pudores los periodistas entraron a la cama, perdón, al diálogo. Alguien recordó, en Roma, a la Chicholina. Sus vestidos de mostrar el punto en que la imaginación se doblega en las plenarias del parlamento, las intervenciones desopilante, sus gestos educados para ofrecer lo que se tiene y si no lo lleva no lo toque.

Con brutalidad técnica la mujer afirmó que ella iba a representar a las trabajadoras sexuales. Lo dijo con la severa solemnidad de quien habla en latín. Cada quien pensará lo que quiera del concepto, sexo y trabajo, jornadas, salario mínimo, accidentes. Pero es feo, destruye la ilusión pecaminosa y la condena moral. Extraño mundo el de estos días que quiere volver trabajo hasta el ocio. Quien sabe si San Pablo con su admonición, el que no trabaja no come, desarrolló la antigua maldición de los expulsados.

Pero la mujer desde sus consideraciones elementales preguntaba también. Decía, la democracia es representación. Puedo asegurarles que durante mi período, se refería al ejercicio parlamentario, no ejerceré mi trabajo.

Alguien recuerda el interesante y fecundo teatro francés de los años del existencialismo. Sartre y Camus. Antes que Ionesco y Beckett voltearan las tablas. Aquella Prostituta respetuosa de Jean Paul. Aquella respuesta memorable: “Solo tu, si apretaras un poquito más, ya no habría nadie en el mundo para recordar esta noche”.

Qué leyes propondría la mujer decente con su buena intención. Los servicios serán nocturnos. ¿O diurnos? El emperramiento estará preservado por el sigilo confesional, perdón, profesional. Una carrera universitaria para las artes del buen acariciar. Y la ética de Sartre: si te has olvidado del precio no gozaste. No pagues.


Imagen: Escena de La puta respetuosa de Jean-Paul Sartre.

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