26 de julio de 2016

La inutilidad de lo bello

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Desde aquellos años en que la algarabía inconfundible de los partidos de básquet: balonazos contra el tablero, gritos de un pase, los tenis contra el cemento del patio, el pito del hermano cristiano cuyo rostro de guardián y disciplina le merecieron el nombre de bulldog; y el silencio de la capilla dejaba oír los aleteos del ángel; recuerdo a Augusto Beltrán.

Era de los que llamábamos grandes. Cursaban los años finales del bachillerato y ocupaban los salones que daban a la calle de La Factoría.

Los de bachillerato disponían del patio más grande. Tenía almendros, el rumor del oleaje, y el soplo caluroso del diablo encima de las murallas. El otro patio para algunos cursos de primaria, cubierto de asfalto, servía para jugar con bolas de cristal y piedras de mar. Y uno más pequeño para los discípulos de Agustín y Lorenzo. Allí nos subíamos a un compañero a la cintura, estiraba las piernas, y a darnos patadas como centauros.

Quizá cuando los escritores escribimos artículos en los periódicos, lo que hacemos son cartas disimuladas para tejer la red de las memorias.

Un buen día Augusto Beltrán me hizo alguna observación y lo volví a ver en el patio lasallista.

Ha tenido la gentileza de ponerme al tanto de lecturas que encuentra en periódicos extranjeros. La más reciente tiene un título provocador y de brutal sinceridad para los debates de estos días: Las humanidades fabrican inútiles.

Un filósofo de la universidad de Oviedo, con los restos de la prepotencia ibérica, afirma sin prueba que ahora lo humano es distinto. Con esas afirmaciones rotundas que el lector no sabe si aturden o escandalizan continúa con algo que nadie sabe cómo descubrió: constatamos que se puede vivir sin Cervantes o Velásquez. Y cierra con un descubrimiento sin igual: pero no sin dinero.

Para reforzar su entusiasmo de catecúmeno nuevo, fundador de idioteces, agrega que la única manera de no ser un salvaje es perseguir el éxito.

Hasta aquí surgen preguntas, tímidas dudas ante el naciente dogma. Una de ellas es, qué será lo humano. Para nosotros los mortales todavía es de interés dialogar con Arendt, Malraux, Hemingway, Goya, y desentrañar un poco ese misterio de sueño y razón, contradictorio y rodeado de mentiras, que es el ser humano.

Es probable que se pueda vivir sin nada. Pero una vez se establece la admiración, el rechazo, o el conocimiento por algo, y la nada se interrumpe, algo ocurre. Ocurrencia que empuja el balbuceo de las preguntas.

Es evidente que una cuestión fundamental no ha sido analizada por el filósofo de Oviedo. ¿Qué se entiende o qué es la vida?

La fábula del rey Midas muestra lo que significa el dinero. Los crímenes de quienes se roban todo, dejan lecciones. Sumas que no propician el éxito, aplastan la vida.

Pero en estos tiempos donde alteraron lluvias y vientos, nevadas y soles, también se enloqueció el coco de los hombres.

Imagen: "La costurera", Diego Velázquez.

1 comentario:

  1. Afortunadamente quedamos dialogantes de la cultura universal para contrarrestar estas incursiones funestas. Hermoso texto.

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