7 de julio de 2016

Mar de recuerdos


EMANUEL MORDACINI .-

A un costado, debajo de una pila de cuadernos y carpetas, estaba el pequeño cajón de madera donde solía guardar mis chucherías. Manipulé la cerradura hasta que logré abrirla. Fue como si de golpe me regresaran al pasado, como si el rebobinado de la película de mi vida se detuviera en esa escena precisa; una adolescente de 17 años acomodando cosas en ese mismo cajón una tarde demasiado lejana de enero que ya no era más que un borroso pasaje de mi recuerdo. Allí había viejos escritos de mi juventud, algunos Bolsilibros, algunos juguetes rotos, revistas de los 80 y 90 y el cuaderno Gloria donde pegaba los afiches de cine que recortaba de los diarios en mi niñez. Tomé el cuaderno y lo hojeé; entre los ocho y los doce años mi precoz fanatismo por el Séptimo Arte me había llevado a armar ese improvisado catálogo. Los diferentes afiches pegados con plasticola, prolijamente recortados y ordenados, se sucedían hoja tras hoja como un muestrario cinematográfico en sepia. Acerqué el cuaderno a mi nariz: tenía un olor acre, a cosa vieja, a reliquia. Me sentí mareada, un sollozo se ahogó en mi estómago como una burbuja negra. Las hojas, amarillentas y endurecidas por el tiempo y el encierro, crepitaban entre mis dedos como si estuvieran a punto de quebrarse. Aquella no era, hay que decirlo, una colección que denotara alguna clase de exquisitez cinéfila. Por el contrario, la mayoría de los títulos allí exhibidos pertenecían a ese incierto limbo al que suelen estar destinadas esas producciones de segunda categoría, tan comunes en décadas pasadas: oscuros largometrajes de horror o ciencia ficción, densos melodramas eróticos, estudiantinas picarescas, ignotas comedias románticas, musicales de tercera línea, elementales sagas infantiles. Aquel listado representaba mis preferencias en esa etapa de mi vida que nunca había podido dejar del todo atrás, una parte de mí que bien podía rastrearse en mis historias. El bullicio de la parentela me arrebató de mis ensueños. Dejé el cuaderno encima de las demás cosas y solo entonces reparé en el sobre violeta que estaba apoyado a un costado, aprisionado entre el tumulto de chucherías. La vieja apareció a mis espaldas.

- ¿Mía?

- Esperá un rato, dame un minuto.


La vieja se marchó. Agarré el sobre y lo abrí; había una foto y unos papeles doblados. En la foto estábamos Estefanía y yo en el patio de su casa, en 1994. Teníamos quince años. Estábamos abrazadas y con los rostros demasiado cerca, como si estuviéramos a punto de besarnos. Una sonrisa de luz iluminaba nuestros semblantes, frescos y por completo ajenos a cualquier signo de tragedia. Contemplé en profundidad la imagen de ella: se la veía hermosa con sus jeans desflecados y esa remera rosa que yo le había regalado para su cumpleaños y que se empeñó en usar hasta dejarla hecha jirones. En realidad, Estefanía siempre me había intimidado un poco, era imposible no sucumbir a ese magnetismo que permanentemente parecía emanar, como pura radioactividad. La de Estefanía era una belleza oscura, hechizante, marginal y era, precisamente eso lo que la hacía irresistible para todos, lo que la hacía inalcanzable, lejana, inasible. La contemplaba ahora en esa foto amarillenta, eternamente congelada en esa adolescencia tan frágil como tortuosa; su hermosura, esa lánguida femineidad tan propia de ella no se había opacado ni un ápice durante sus últimos meses de vida, muy por el contario, ese lento camino hacia los umbrales de su propia muerte parecía haber acentuado su belleza. Aunque suene paradójico y aterrador, Estefanía nunca estuvo más linda que durante los días previos a suicidarse.

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