21 de julio de 2016

Aeterne pungit, cito volat et occidit

Miguel Sánchez-Ostiz

STÖFFLER, Johann (1452-1531). Calendarium romanum magnum. Oppenheim: Jacob Köbel, 24 March 1518.

El libro lo compré hace treinta años, es más de lo que yo pueda razonablmente vivir en el futuro. Ha ido de un  lado a otro y  la destrucción ha  crecido en la oscuridad y en el olvido. Hace ya años que la bibliofilia dejó de tener para mí el interés apasionado que tuvo en unos años de incertidumbre y caminos equivocados. Ahora la veo como el sucedáneo de una vida vivida a medias.
“Yo fui un personaje imaginario”, dice el protagonista de  mi novela Biargieta.
“No -le responde un boticario demente al tiempo que le expende un litro de vino de opio–, es usted un personaje imaginario, lo comprobará en cuanto salga por esa puerta”.
Bibliofilias y fantasías literarias a un lado, abrí el libro hace unos días y los destrozos del tiempo me han dejado sobrecogido: los hongos, rojos, morados, pardos, la putrefacción del papel…aun así, hay páginas que todavía resultan luminosas y es un gozo poder asomarse a ellas.
Seguramente el libro estaba condenado a la destruccción desde hace mucho y eso  lo sabía el marchante que lo echó, nunca mejor dicho, a  la venta. Era un farsante  que se hacía pasar, encima, por agente secreto, aunque un chamarilero dijera de él un día: “¡Ya sé de qué le conozco, del patio de Carabanchel!”. Después de años de correr chamarileros en busca de libros me dí cuenta de que aquel corredor de viejorrerías “echaba a la venta” libros que había previamente destripado a conciencia o a los que,  por su estado, no podía sacar mejor provecho en esos otros circuitos de los bibliófilos adinerados, otro mundo.
A mí, esas páginas, se me hacen hoy una suerte de vanitas, una still life de lo más eficaz. No me son necesarias ni calaveras ni mariposas ni el humo de una vela para darme cuenta de que, como en El sueño del caballero,  la flecha  del tiempo siempre hiere, rápidamente vuela y mata. Con esas hermosas páginas  de hace quinientos años comidas por la propia vida  y por ella tocadas de muerte me basta.

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