20 de julio de 2016

Puente Alto revisitado

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-

De principio, te detesté como hábitat, puebla de las arañas. Aventuras frustradas, aire enrarecido, nudo en la garganta. Promesas dudosas, claustro familiarmente impuesto, educación obligatoria. Cordón montañoso sustituyendo el amado paisaje marino. Lo justo para una mínima civilidad. Plaza de armas, municipio, tiendas comerciales de árabes. Zapatero, sastre, modista y afilador de cuchillos. Tres panaderías y dos amasanderías. Supermercado único y apretujado (aceite comestible por litros, en tambores y recipientes). Carnicerías, rotiserías, botillerías y verdulerías familiares. Bares y cantinas para arrieros y gauchos en cada cuadra. Salitas de cines –Plaza, Nacional y Palermo- para estrenos desfasados en el tiempo. Bosta de caballo de victorias aplastada por peatones y arrastrada por vehículos hacia las viñas de Pirque. Grasa de pollo rostizado a la redonda. Radio de amplitud modulada (Cordillera) y semanario de noticias feudales (Puente Alto al Día). Durante los veranos, piscina para los socios. Si no, a conformarse con arroyos detrás de las zarzamoras o el propio río. Fábricas de humareda y celulosa dando empleo a jefes de familia. Tierras fértiles de los alrededores, de único dueño, caballo, chupalla y escopeta. Estación abandonada en el centro cívico que, alguna vez, su vía férrea te sacó del aislamiento. Más allá, otra estación operada por militares internando un buscarril en las montañas del Cajón del Maipo.

Según le entendí a mis padres, dentro de ti debía vivir. Lo hice a mi pinta. Coleccioné juegos, edifiqué fantasías, doblé enseñanzas, almacené olores, disgregué colores, regué de pipí malezas, malcrié hermanitas, pastoreé amigos, cultive temores, soñé princesas y contemplé, a la distancia, la mujer del prójimo. Pensamiento, única arma útil después de tanto barrio, transpiración, costras y cicatrices. Mientras tanto, mi madre y decenas de señoras despejaban con la escoba las hojas secas de la entrada para el libre tránsito de Pedro, Juan y Diego.

Con los años de ausencia, en cada regreso, me descubro la respiración entrecortada. Es la emoción de irte coleccionando, cual antigüedad desvalorada, a precio de ganga. Campanadas de Las Mercedes y su jardín generoso y enrejado. Tiras espantamoscas de la carnicería de José Luis Coo. Recitales de imitadores de Led Zeppelin, competencias de boxeo amateur y Básquetbol Dimayor con Vibram en el Gimnasio Municipal. Iberia, Luis Matte Larraín, Juventudes Puente Alto en los estadios Municipal, "La Bombonera" y el Papelero. Rumor infantil tras el muro de adobe de un colegio en Clavero. Tortillas de rescoldo coreadas con poncho y chupalla por Santa Elena. Pescado ahumando venteado con hojas de diario en cualquier vereda. Intercambio de revista en un rinconcito de la feria libre. La Campana y La Yunta con tinto bigoteao. El Rancho Chileno con chicha dulce y espesa. La Tercera con parrilladas de chunchul, prietas y ubre. Savoy con arrollado picante ofertado en la vitrina junto a ramas de perejil. El Sauce con bailoteo hasta el toque de queda. La Chilenita con aroma a pan y dulces horneados difuminándose por Balmaceda. Churros rellenos y papa fritas callejeros. Casonas de amigos de entrada pequeña, patio grande, galerías y barrabasadas de Tocornal Grez y Santa Josefina. Pavimento saltarín de Eyzaguirre hacia Bajos de Mena, La Pintana y San Bernardo. Cordillera omnipresente y espolvoreada -o seca, según el año. Pequeño mirador de las aguas chocolateadas del canal San Carlos (hoy clausurado pero aún notorio). Puente colonial y bodegas de la viña El Castellón. Todo lo que te vaya quedando de entonces, Puente Alto -popular, estigmatizado, peligroso, cuma, antiquísimo, arañado, entumido o caluroso, lodoso o seco, comunacho o fascistón, precordillerano, enclaustrado, venido a menos, vital-, será para mí ganancia pura. Nadie te arrebatará.





Imagen: http://www.patrimoniopuentealto.cl/images/imagenes/3.jpg

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