23 de julio de 2016

Tito



ENCARNA MORÍN-.

Tras una larga odisea en medio del tráfico de un sábado a hora punta, entré en la clínica veterinaria cuando apenas quedaban unos minutos para las 14:00 horas, momento del cierre.

Llevaba, en un bonito cesto de mimbre y rebujado en una toalla, al animalito callejero que estaba gravemente enfermo. Su cuidador voluntario, Sergio el gran animalista de nuestro barrio, llevaba varios días sin verle a la hora de las comidas. Ayer, cuando por fin apareció, se tambaleaba al intentar andar, estaba extremadamente delgado y muy enfermo. Así que él se preocupó seriamente temiendo que algún desaprensivo le hubiera envenenado. No iba con cuidados, agüita y comida, requería el diagnóstico de un profesional autorizado.

Esta mañana me comunicó su intranquilidad, y a la espera de contactar con alguien que gestionara asistencia gratuita, pasaron varias horas en las que todos nos asustamos por el gatito. Sergio tenía que trabajar así que yo me ofrecí a llevarle a una consulta privada.

Al llegar, la señora, que se encontraba tras el impecable mostrador blanco, me pidió mis datos personales que eran necesarios aunque el animal no fuera de mi propiedad: dirección, teléfono, nombre y apellidos, DNI, etc…

-¿Y cómo se llama el gato?

-No lo sé, es un animalito de la calle -respondí-.

-¿Le ponemos "gatito" como nombre?

-Sí, está bien… o mejor póngale Tito -dije en un intento de que no fuera un anónimo más-

-Está bien, Tito va a pasar adentro con la veterinaria y usted le espera aquí en la sala-.

Una joven salió tras una puerta acristalada y se lo llevó entre sus brazos, envuelto en la mantita que le protegía. A los pocos minutos volvió a aparecer de nuevo. Se dirigió a mí con cara de preocupación.

-El gatito está muy mal, muy grave, podemos hacerle analíticas, ecografía y hospitalizarlo, pero sin garantías, está ictérico (yo entendí histérico hasta que ella me explicó), eso significa que su hígado está muy mal, sería al equivalente a una cirrosis en una persona. Acompáñeme si quiere-.

Tras largas cavilaciones, el diagnostico terminó por concluir en que había dos únicas alternativas: o una muerte lenta y dolorosa, o la eutanasia como ellos les llaman a dejarles dormidos con anestesia.

-¿Y no se puede hacer algo?- insistí resistiéndome a dejar a Tito definitivamente dormido-.

-Poco, muy poco. Mire sus ojos amarillos, su piel amarilla, su encía completamente amarilla, se va a morir. Podemos hacerle todas las pruebas sin garantías de que sirvan para curarle - y la factura de las pruebas se disparaba por las nubes-.

Opté por consultar a Sergio por teléfono, así que la decisión, apoyada por la veterinaria, era dormirle, aunque también costaba un buen dinero, pero eso era lo menos importante en ese momento.

No pude controlar mi llanto ante la muerte inminente del pequeño ser que respiraba a duras penas, ahí la joven doctora se volvió más humana.

-Yo lo voy a preparar y si usted quiere, puede estar presente en el momento en que lo dormiremos.

-Sí, quiero estar presente- le dije mientras las lágrimas me salían a borbotones de forma incontrolable. Tuve que firmar un documento autorizando la eutanasia de un gato común, macho, de unos tres años llamado Tito.

En unos minutos volvió con él, esta vez tenía cogida una vía. Le colocó en la mesa y me ofreció que le tomara entre mis brazos mientras le ponía la anestesia indolora. A la primera dosis, ya se notó que respiraba menos. Le acaricié, al tiempo que percibía la extrema delgadez del gatito moribundo. A la segunda dosis ya dejó de respirar. Sus ojitos seguían entreabiertos y ella lo corroboró con el fonendo.

-Ya está, se ha terminado. No ha sufrido nada. Es un gato callejero y vaya usted a saber el tiempo que llevaba enfermo. Si quiere esperar fuera, yo lo coloco en el cestito.

-Se lo agradezco -y esta vez mi llanto era imparable-.

Me devolvió el bultito en el cesto, tapado y bien cubierto. Al cogerle noté que había aumentado de peso. Le volví a colocar en el asiento delantero de mi coche y lo traje de nuevo hasta casa para entregárselo a Sergio su protector, el guardián de todos los gatitos sin dueños que paran por la zona.

Quiero pensar que Tito tuvo una muerte digna. No murió solo y abandonado, tampoco sufrió, recibió afecto y cariño, tuvo su duelo en toda regla y como ataúd un bonito cesto de mimbre con asas de bolas de madera que siempre he guardado con cariño.

Luego he sabido que era hijo de una gata amarilla parda que vive con sus cachorros en un solar bajo mi ventana. Una de esas madrazas que nos darían lecciones de amor maternal. Al menos tengo la tranquilidad de que a los cuatro hermanitos de Tito, de distintos tamaños y edades, así como a su madre, les puedo alimentar y proporcionarles agua, y también cuidarles desde la distancia con mi mirada vigilante.

Descasa en paz animalito de Dios… la única seguridad absoluta es que todos vamos a morir en cualquier momento más tarde o más temprano.


Fotografía: Kristhóval Tacoronte.



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