1 de agosto de 2016

Esos fantasmas tan paliduchos


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .-  

No sé bien por qué los vengo a recordar ahora. Ya los había eliminado de todo registro por su condición de seres insustanciales en una época confeccionada con la misma receta. Distante del reciclaje mercenario con que la publicidad nos asalta de vez en cuando, mezcla de naftalina y silicona, me reencuentro ahora con este trío de fantasmas paliduchos de hace dos décadas. Época extraña, de encierro colectivo y privado, con un capataz que, pese a encontrarse en su cuenta regresiva, aún ejercía sobre todos nosotros su poder brutal. Pero ese era un tema que sólo a mí me inquietaba y muy a la pasada. En ausencia de otras alternativas, solucionaba el dilema con un par de cancioneros, afiches, panfletos y casetes metidos dentro de mi mochila. Mis amigos, en cambio, daban la espalda a la realidad sin ninguna clase de confusión interior, sólo las ganas de tomarse de las manos y conformar una suerte de familia postiza, con promesas de fidelidad eterna que el tiempo se encargaría de hacer añicos.

La memoria trae el agradecimiento de Pablito por mi defensa ante los matones de curso, violentados por su respiración alfeñique, encabezados por el mismísimo Loco. Así vinieron las invitaciones a su casa para compartir los almuerzos con su padre -un juez en ejercicio-, quien no pronunciaba ni media palabra, sino sólo sorbía la sopa añorando a su mujer, la difunta vigilante del retrato iluminado de la pared. De su semblante deduje que no le alteraba mi presencia en aquella casa del barrio Manuel Montt, dos cuadras al sur de la avenida Providencia. Tal vez no le importaba o simplemente no la percibía. Luego se sucedieron las onces preparadas por Cecilia, la hermana mayor de Pablito. Pálida, de textura láctea, en maduración confusa y voluble. No tardamos en tomarnos el sótano como nuestro nuevo hogar, cuya luminosidad salía del farol de la estupidez. El candor me hizo creer que los besos y las manos entrelazadas bastaban. A Pablito lo tomamos como nuestro hijo, más bien nuestra mascota, a quien de vez en cuando acariciábamos en la cabeza.

El Loco no pasó por alto mi alejamiento de las barrabasadas que acometíamos en sociedad. Atrás quedaron los robos de colaciones de compañeros y de vino dulce de la capilla, el tráfico de pornografía, las invocaciones al demonio con rock y citas de Baudelaire. Cuando quiso indagar en mi retirada, orgulloso e ingenuo, decidí hablarle de Cecilia, un trofeo alcanzado por mí sin recurrir a él ni a su maldad cómplice. Por sus ojos saltones debí percatarme que no se quedaría de brazos cruzados y que, por el contrario, me seguiría los pasos. De convidado de piedra evolucionó a invitado de honor en la mesa compartida por el señor juez, Pablito (a quien también dejó de atormentar cada vez que yo daba vuelta la espalda) y Cecilia.

En lo más alto de esta planicie borrosa, la presencia del Loco se tornó superior a la mía. Aún más, asumió el papel de anfitrión, con derecho a recriminar mis ausencias: que Cecilia nos había preparado un kuchen de manzanas, que había escrito una composición y quería saber nuestra opinión (supuestamente, apelando a nuestra condición de escritores), que había grabado de la radio una canción nueva para que la escuchásemos, todos juntos, en el equipo de música. Decidí recuperar terreno. No tuve otra alternativa más que seguir la corriente y tragarme, una y otra vez, la versión del Loco sobre la muerte de su padre, un piloto de pruebas de la aviación, tal vez demasiado parecida a la de algún personaje de ciencia ficción. Por los ojos de Cecilia, yo sabía que se dejaba encantar por las fantasías de este precoz demonio, mientras Pablito miraba desde un rincón alternando la satisfacción, la condescendencia y, sin percatarme del todo, el deseo.

Hoy reparo en esta suerte de refugio, calor protector entre pares, degustando con bebidas gaseosas los manjares preparados por Cecilia y, sobre todo, sentándonos en los desvencijados sillones dados de baja por el señor juez para escuchar la música almacenada en esos casetes con cintas gastadas de tanto regrabarlos. En su mayoría, temas ignorados por los sujetos de afuera, baladas románticas del cancionero latino, italiano e inglés. Nada de guitarreos eléctricos demasiado violentos, menos canciones de protesta y para qué decir la Nueva Trova con olor a insurgencia. Ellos sólo tenían tiempo para coleccionar almíbar en sus tarados corazones, incluyendo a un Loco vuelto cada vez más (o disfrazado de) ángel.

La última reunión en el sótano de los hermanos Pablito y Cecilia la recuerdo como una sucesión de estruendos, de luces y sombras. Sangre de nariz del Loco, mezclada con la de Pablito, la mía tal vez y el período de Cecilia. Una aplanadora nos pasó encima y decidí no saber nada más de todos ellos. Prefiero recordarlos (si es que…) como fantasmas pálidos de hace veinte años que como moscas que se deslizan por el excremento santiaguino de hoy.   

1 comentario:

  1. Un viajecito en la máquina del tiempo. Muy grato de leer! Saludos :)

    ResponderEliminar

*