22 de agosto de 2016

La vida vuelta trámite

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 
 
 
Desconocidos, por entonces, los dos. Divisada subiendo en el paradero 18 y medio -arco metálico oxidado, apenas techado, límite del conjunto de casas malpareadas, sin una banca donde posar el contenido de su bluyín clorado, bañado de polvo en suspensión de la periferia, entre lavado y lavado que se va gastando- con su tarjeta de transporte sin saldo, la luz roja alardeando la infracción, usted clamando un permiso lastimero y el chofer levantando los hombros, más que por amabilidad, por hallarnos en tierra de nadie, donde cada quien se salva como puede. Tampoco tendría un descanso dentro de esta cápsula enlatada, de fuelle, compartimentos, asientos hundidos y elevados -todos con ocupantes-, cristales temblorosos, escotillas clausuradas, así que a seguir sosteniendo entre sus brazos, toda incómoda, a la cría sonrosada, calurosa, de llanto pulmonar, muy irritable. Resignada usted, sí, pero con esperanza y fortalecida, a pesar del sol de pobres en plena cara, sin mediar subsidio, ayuda externa, oxigeno de reserva, rumbo a un trajinar revuelto con trámites y resoplidos (por entonces, visitar a su hermana, se volvía trámite; motivar al marido a que la follase, se volvía trámite; la vida entera se nos volvía trámite, angustiándonos de tanto papel encima del otro, de tanta buena razón encima de la otra, sin dejar nuestro desorden en paz y tal vez por eso, volviéndonos una alianza irreductible) para quedarse detenida en mitad de pasillo, afirmada del (otro) fierro, a medio metro del mío y más lejos de muchos otros, aprovechándose del frenazo y la acelerada, la cría colgando en su regazo, ese domingo pasadas las doce, conmigo ya presente, habiendo abordado en el centro, lejos de casa, tras un trasnoche de vagancia, bar de Matucana, topless de Bandera, fuente de soda de San Antonio, paternidad de soltero desempleado, llanto y ahogo silencioso, mercado persa de Franklin de consuelo, tesoros –falsificados y de los otros- a reducir y hacerme unos pesos. 

No inventamos la pólvora por quedarnos con las miradas pegadas a ver cuál de los dos se rendía primero y enfocaba hacia el suelo. O tal vez fue el derecho natural por un poco de celo, motejado por décadas a la inanidad y que decidió poner en práctica en un recorrido de acercamiento al tren metropolitano -según deduje más tarde entre gemidos-, algo sobre el derecho a calentarse con un ejemplar de jovenzuelo en declive, tez negra, mofletes aindiados, bañado en sudor, pero de verga lubricada y cumplidora, según lo tasado, méritos sólo de la edad, con el pasillo atetado, apenas un roce, luego otro más atrevido, y un tercero de topetón, dejó que siguiera avanzando siempre un poco más, hasta envalentonarme y bajarme tras usted en la siguiente parada. Seguirla para hablarle de medio lado, a la orilla del camino, con usted nerviosa por los balbuceos del crío -un caballero y la mamá-, hacia la casa de su hermana, vacía en ese momento, cuidándosela usted ante tanta delincuencia, intento de soborno de dulces y dinero para neutralizar al soplón, algo tenía en los bolsillos, espéreme un ratito que tengo que conversar con el tío. Llegada que se deshizo, se congeló, saqueó límites, tibieza. Se desprendió de mi descenso madrugado, neurótico, untado en somnolencia. El reencuentro se volvió mágico por su aviso, cuidado, ni te atrevas. A mi búsqueda del acalorado eróticamente necesario con que alimentaba días, distancias, certezas, valles, resortes y una que otra noche de sofoco. Para que nos fuéramos entendiendo mientras cerrábamos los pulmonesLiberación de un solo instante, multiplicado por rezos, suyos y míosManga de incrédulos encomendados al grito placentero del derrumbe. Puertas cerradas al orgasmo único de dos amorosos habitantes. Perdiéndonos entre cariciadas manos, palmas sin decencia que descienda. Después del permiso, ya puedes, ahora sí, que te siento cerca. Invitación a un menú de mil 500 pesos, incluyendo un vaso de jugo, postre o café, un plato de papas fritas para la tranquilidad del crío, cuenta y propina a bajo precio pensando en el agradecimiento y el ego a nivel de las estrellas, aunque después lo haya negado mirando al cielo, con tal de librarse del cochero de las culpas, de la multa policíaca, de la fuerza del estado, de la copucha subsidiaria que le ralentiza el pensamiento, más que la pasta base, el vaso de combinado, el aliento escabeche del marido creyéndose su dueño, si supiera.

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