24 de agosto de 2016

El Ulises, de José Salas Subirat

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MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ 

No es aventurado afirmar que ese ejemplar de la primera edición de 1945 en castellano de Ulises, de James Joyce, era el único que había en mi ciudad y el que probablemente hubo en mucho tiempo. Una rareza en una ciudad con el mayor seminario de España (obra de Eúsa), erizada de campanarios y apretada de conventos y cuarteles, sin universidad, sin industria digna de llamarse de ese nombre... con los rebaños de ovejas pastando por lo que hoy es el centro de la ciudad. Su poseedor, Fermín Negrillos, abogado y hombre de fortuna, tenía en su biblioteca enmarcados sendos permisos del obipo de la ciudad y del gobenador civil para leer libros prohibidos. Siguió a los ballets de Diaghilev e hizo relación son Serge Lifar.  Con seguridad que la suya era la mejor biblioteca privada que había en aquella ciudad de unos 50 000 habitantes. Miles y miles de libros, desde comienzos del siglo XX a los años sesenta todavía. ¿Quién más tendría y habría leído con minucia La Recherhe du temps perdu conforme iban saliendo los tomos...?

Libro de contrabando el de Joyce, eso seguro, de los vendidos bajo manga, que llegaban en la posguerra vete a saber cómo... ¿Comprados en Madrid? ¿En Biarritz? ¿En Tanger? En París? No sé. Tuvo suerte, su biblioteca ni fue expurgada ni quemada ni incautada como las de otros ciudadanos.

IMG_0259La biblioteca de Negrillos la diseñó un magnífico arquitecto, Víctor Eusa, que fue miembro de la Junta Central de Guerra Carlista, la que decidía quién vivía y quién moría en aquella retaguardia criminal de 1936-1939.  A dos pasos de la casa de Negrillos y sus vidrieras modernistas habían fusilado a algunos vecinos que él por fuerza conocía: el churrero Roa, el abogado Astiz, el estanquero Juanito Etxepare... Hoy hace 80 años que hicieron una matanza en la que fueron asesinadas 52 personas, de las que él conocía a varias; también hace 80 años de su viaje por "la España en paz" hasta Badajoz  pocos días después de la matanza de Yagüe para que el director del periodico, Raiumunod García Garcilaso,  escribiera una patraña venenosa que encubriera el crimen y acallara el clamor internacional.

Eusa es el autor del ex libris racionalista que marca el libro con las iniciales de Fermín Negrillos. En aquella  biblioteca se reunían golpistas, como Garcilaso y Eúsa, y otros adheridos con entusiasmo a la nueva situación, que salieron  bien de la guerra, es decir, más ricos de como entraron. La biblioteca se desbarató en los años ochenta, como bien sabe Juan Manuel Bonet, que estuvo en el desbarate, hurgando en el sótano de la librería de Abárzuza, y metió a su propietario en el Diccionario de las vanguardias donde lo da como amigo de Eusa y como diletante. Me gusta esa edición porque es la primera que leí, en una edición de Rueda, pero más tardía,  libro regalado por el poeta José Luis Insausti.

A su traductor, el argentino José Salas Subirat, me lo encontré hace unos años en un relato del boliviano Oscar Cerruto, escrito en Buenos  Aires, durante la estancia del escritor en la Argentina. Un relato protagonizado por el pintor Cecilio Guzmán de Rojas en su época de Londres e investigaciones esotéricas que lo llevaron a la pintura escrementicia... la época en la que tropezó con un impostor argentino que se hacía pasar por arquitecto y que, traductor del Ulises, se hacía llamar Salas Subirat. Guzmán de Rojas fue víctima de sus engaños.  El impostor  fallecería más tarde en extrañas circunstancias anunciadas, pero esta es otra historia y no solo el relato La muerte mágica de Cerruto, tejido sobre episodios reales de la vida de Cecilio Guzmán de Rojas, pintor, enamorado y suicida.

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