19 de agosto de 2016

Pausas

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

En medio de las convulsiones del mundo, los estropicios de la naturaleza, la crispada y loca gritería en Colombia, a veces el generoso azar le regala a algunos un guiño de sosiego, un instante de cerrar los ojos con la confianza de estar protegidos por algo intocable que devuelve al principio de esperanza, a su indomable fortaleza.

Parecería imposible en estos tiempos, si acaso lo son los remolinos desquiciados de destrucción, defenderse de las incertidumbres y abrirle espacio a las certezas, contemplar el mundo como refugio y territorio de alabanzas, de reconocimiento, de comprensión.

Gracias sin anuncio me mostraron su enigma en los días recientes.

La atracción inevitable que detiene a los lectores ante la vitrina de las librerías aunque hayan pasado el día anterior; o los hace entrar con el pretexto renovado de que un libro esperado por años, allí los espera. O ese que al abrirlo ofrece una línea que perturba y se la siente escrita para uno. Como aquella: “ Nos dio el amor la única importancia…” Conspiraron todos para hacerme entrar a una librería.

Apenas pasé la puerta una dependiente de lentes grandes, para bucear en el aire sucio de las ciudades, me indicó con su dedo cual cerrojo en sus labios gastados por los besos, que silencio, sshhhhh. Avancé y en medio de los estantes y unas mesas de café, una niña de pocos años de edad, tres o cuatro, sobre un caballito rojo de madera, hablaba. Era de cabello abundante como si en su cabeza anidaran medusas. Contaba de una flor de hielo que contenía al mundo. La dueña de la librería quiso preguntarle algo y la pequeña le contestó:

¿Qué dijimos del silencio?

Acepté que este era mi libro: Lo que no hemos dicho del silencio. El ámbito interno que deja decir al corazón sepultado en gritos, en la fea enfermedad del poder.

Aún pensaba en la escena de la librería, unos días después, cuando me senté en un escaño de esas plazoletas de la urbe de hoy. Espacios de cemento donde la lluvia cae para cantar su monotonía y correr por el gris sin ruido. Parques para el viento, pista de papeles abandonados. Alrededor, edificios de abundantes vidrios reflejan la agitación del día, muestran escaleras, reciben la noche. En un lado se levanta una sala de conciertos. En otro está la calle y sus árboles salvados de la polución. A veces escapa una nota de alguien que ensaya, obstinado. Busca el do de su clarinete. Tres muchachas y un muchacho, vestidos de negro, con el metal reluciente de sus saxofones salen y posan para una fotografía. Sonríen.

Entran y curioso me acerco. Un cuarteto de saxofones de una universidad. El silencio de la librería me ha devuelto la virtud del ocio. Entro y me dispongo: Bach, Albéniz, Leonard, Florenzo.

Con que hay jóvenes que aman la música. Interpretan con una pasión que transmiten. Y la alegría del logro.

Acaso esto es lo que evita el colapso de una sociedad sin horizonte.


Imagen: Picasso

No hay comentarios:

Publicar un comentario

*