21 de septiembre de 2016

Eco del 85


Lilymeth Mena -.

El despertador sonó como todas las mañanas, muy ruidosamente y bien temprano; mamá nos hizo meternos dentro de los uniformes y tomar un licuado de fruta, nos mojaba el cabello para peinarnos en el baño con la puerta abierta, papá estaba aún en la cama. Todo empezó tan rápido que no nos dio tiempo de nada. Las persianas se azotaban contra la pared y las ventanas de manera furiosa, las lámparas que pendían sus cuerpos de cristal ahumado se mecían con tal gravedad que casi chocaban contra el techo. Papá intentó levantarse, pero no pudo, fue como si una mano enorme lo devolviera a la cama de un empujón. El edificio empezó a moverse de manera oscilatoria, el interior del edificio crujía dolorosamente, eran rechinidos que erizaban la piel, aún cuando eras niño y no sabías que era ese sonido, después el edificio hacía los mismos movimientos circulares pero ahora en dirección opuesta. Se escuchaban las ventanas tronando y cayendo al suelo.

El noticiero que solía mirar papá todas las mañanas transmitió todo en vivo, era Jacobo Zabludovsky el que estaba al aire. No recuerdo si acabamos de pie.

Cuando todo acabó en casa no había grandes daños, muchos libros salieron volando de la biblioteca, los trofeos de papá estaban también en el suelo, a uno se le rompió el ala de un águila dorada, sigue así en su repisa hasta el día de hoy, no se por que papá nunca lo reparó.

Mamá nos terminó de alistar y salió con nosotros tres hacía la escuela. No sabíamos que el terremoto había sido tan fuerte 8.5 grados en la escala de Richter. Solo cuando salimos al mundo nos dimos cuenta de lo que había pasado. El camino a la escuela era de unos dos kilómetros y medio, acostumbrábamos recogerlo a pie.

El enorme edificio de maquila de ropa junto al mercado de Jamaica estaba partido a la mitad, como si en lugar de vigas y concreto, estuviese hecho de galletas. La mitad trozada que quedaba expuesta a nuestra vista, era escalofriante, pedazos enormes de telas rasgadas colgaban de todas partes, igual que pedazos de personas. Yo no supe distinguirlos, fue hasta que escuché hablar a los adultos que lo supe, a esa hora las costureras ya habían checado tarjeta. El edificio de correos a un costado solo era un montón de cascajo y polvo, era un edificio muy bonito, tampoco quedaba nada de la enorme tienda de electrodomésticos en la esquina. 

Nunca llegamos a la escuela.

Jacobo Zabludovsky salió de inmediato a recorrer la ciudad para tranmitir todo por televisión; las escenas eran desoladoras.

Escuché y vi cosas de las que nadie desea recordar. 

El olor que despedían los edificios venidos abajo después de varios días era inconfundible, el olor a muerto no te lo tiene que explicar nadie, no se si es la natutaleza, el instinto o el miedo, lo que te dice de que se trata sin preguntar. Yo tenía nueve años, pero lo supe enseguida.

Por donde quiera había edificios reducidos a escombros.

México tardó años en recuperarse, igual que la gente.

Ayer por la mañana sonó la alerta sísmica. Ese sonido de alarma y su voz robótica que repite a todo volumen por todas las calles de la ciudad "alerta sísmica", no supe si agarrar de la cola a mis cuatro mascotas para salir a la calle. Luego recordé que cada año se realiza un simulacro a manera de "homenaje"...vaya manera de homenajear! Lo había olvidado por completo.

Cuando mamá enviudó y quedó sola con cuatro hijos era muy temerosa de todo, nos preparó un plan de evacuación en caso de otro sismo. Las estaciones del metro eran lo mas seguro para reencontrarnos "estan reforzadas con placas de acero", decía ella. Desde entonces los papeles importantes están en una carpeta, identificaciones, papeles de la casa, de la pensión y de los hijos. Hay un sobre con dinero para cualquier emergencia. Mi hermano siempre lleva consigo una pequeña linterna, navaja y encendedor, aunque él nunca ha fumado. Creo que todos quedamos marcados de alguna manera, toda la ciudad en si, no ha vuelto ni volverá a ser la misma.

1 comentario:

  1. Nada vuelve a ser lo mismo. Un fuerte abrazo, querida Lilymeth. Nos alegra mucho que vuelvas a publicar en Plumas.

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