11 de septiembre de 2016

La eternidad no existe: el ahora


ROBERTO BURGOS CANTOR -.

No hay duda: después de la Constitución Política que surgió de la polifonía de voces reprimidas, del torrente de derechos negados, identidades ansiosas, creedores de la letra escrita, fetichistas de la ley, en 1991, y hoy un poco maltrecha, algo deformada; el documento político de mayor importancia para la aventura incesante de la modernidad es el texto del Acuerdo mediante el cual se pone fin a 50 años de tiros, bombardeos, secuestros, crueldades, escasas palabras o palabras amordazadas por la mentira, y que tuvieron la inteligencia y el valor de extender, otorgar, y autorizar el Gobierno nacional y las Fuerzas armadas revolucionarias.

De alguna manera constituye la puesta al día de un diálogo tantas veces frustrado por la imposibilidad de un puente entre dos tiempos, el de unos seres humanos despojados que aprendieron a vivir en la naturaleza como parte de ella; y otros seres formados en las aceleradas transformaciones de una urbe apasionante y retadora. Parecía que los expulsados de su decisión de vida, por su pensamiento, hubieran logrado volver al enmarañado territorio de la selva, a las errancias sin fin del perseguido, paraíso de la libertad o de la necesidad; y los habitantes del cemento cultivaban la arrogancia de una forma de vida única o la fe del evangelizador de cambiar la vida de la gente con una parábola y tres gotas de agua bendecida.

Por ello hay que leer el Acuerdo, sin desespero, discutiendo lo que no se entienda y sin ceder a la propia comprensión. Los hechos de aparente facilidad no lo son. Se está por primera vez cerrando una brecha de cincuenta años sin ningún entendimiento. Cincuenta años de odiarnos, de no oírnos, taponados sin el auxilio de la glicerina carbonatada para evitar el vértigo del odio y sus consecuencias.

Este pacto de aceptarnos unos y otros como fuimos y como queremos ser en la sociedad de rostro aún sombreado nos dignifica, nos redime a todos. Hay que estudiarlo poco a poco, detenerse en ese aspecto que muestra el impresionante desarrollo del concepto de justicia, adquisición del ser humano que considera la vida en común como un destino ineludible, y entender qué pasó, en qué avispero nos metieron sin pedirnos permiso.

Sólo un deseo colectivo hay que tener presente y no requiere mayor reflexión, ni abogados confundidores, ni políticos de alma resentida, el cerebro les fue extirpado por la maldad y la estupidez. ¡Ay la estupidez! Quien la padece no la reconoce. Es su argucia.

La reflexión es una defensa del pensamiento, de la intuición, cuando nos defendemos del engaño de quienes nos consideran imbéciles.

No perdamos tiempo, ni pólvora en gallinazo limpiadores de carroña.
Le vamos a decir SI a la paz. De eso se trata: la Paz.

Se imagina Usted a los señoritos del capitolio, gritones contra la paz, en la selva, sublevados contra quienes queremos la paz.

Que nota.

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