6 de noviembre de 2016

Entre la guerra y la literatura


GONZALO LEÓN -.

¿Cuál podría ser la explicación para que una tradición literaria sea considerada mayor o menor? Es sabido que la tradición literaria argentina nació en el siglo XIX, con José Hernández, Domingo Faustino Sarmiento, José Mármol, Esteban Echeverría, en ese sentido es más joven que la estadounidense y mucho más que la europea, y quizá por eso mismo se apuró en crecer. Leopoldo Lugones le puso ese sello de literatura nacional, que las literaturas europeas habían alcanzado un siglo y medio antes, y Macedonio Fernández patentó la novela argentina, esto es una novela de vanguardia, porque es una novela de futuro o por venir. Pero en esa época, pleno siglo XX, la novela alemana y sus características ya habían sido detectadas por Borges, quien decía que era demasiado abstracta. Pero la literatura argentina no tenía por dónde agarrarse para crecer, Argentina carecía en su historia de un imperio, como Perú o México, y por tanto carecía de una gran cultura, aunque quizá eso mismo hizo que se desarrollara todo más rápido.

Pero James Joyce tiene otra visión sobre qué necesita una cultura y una literatura para desarrollarse. Cuando estaba escribiendo Finnegans wake, conversaba con un joven artista irlandés llamado Arthur Power, que después de muchos años escribiría Conversaciones con James Joyce, donde el autor del Ulises en la pluma de Power dice que para que se desarrolle una literatura son necesarias “unas cuantas guerras; nada hace madurar a las naciones como la guerra, porque hace que los seres humanos vuelvan violenta y repentinamente a lo fundamental”. Joyce se refería específicamente a la literatura norteamericana, Canadá incluido, y a las dudas que le merecía que pudieran “producir una literatura importante”. Joyce recuerda que Shakespeare “sirvió como soldado en Flandes, o al menos eso suele decirse, y Cervantes fue durante años prisionero de guerra en Argel”.

Como todos saben, Joyce era irlandés. Borges dijo en una conferencia sobre James Joyce en la Universidad Nacional de La Plata que los judíos manejaban una cultura, la occidental, que no era la suya, hacia la cual no le debían ninguna lealtad y donde podían innovar. El caso irlandés era, para Borges, similar: “Podríamos decir que los irlandeses viven dentro de la cultura inglesa, manejan, a veces espléndidamente, la lengua inglesa y sin embargo se saben no ingleses, es decir no deben una especial lealtad a las tradiciones inglesas, entonces pueden encarar lo que hacen desde un punto de vista revolucionario”. El propio Joyce le da la razón a Borges cuando afirma: “Estamos demasiado apartados de la corriente principal de la civilización europea”. Pero aclara que el acervo cultural en su país no llegó por igual a todas las artes, ya que la pintura, la arquitectura o la escultura no tenían un especial vuelo, sus mayores logros estuvieron en el teatro, donde “las mejores obras de teatro inglesas fueron escritas por irlandeses”, y luego en las letras, con Swift, Sterne y por supuesto Joyce.

En otras palabras, para tener una buena tradición o eres un lugar periférico o vives una guerra. En el siglo XX Argentina tuvo ambas, sin considerar sus guerras intestinas: La Revolución Libertadora y las dictaduras que le siguieron. También tuvo la Guerra de Malvinas, que obviamente se vio reflejada en la literatura. Perlongher, Fogwill (el más conocido por eso), Gamerro, por nombrar a algunos, plasmaron de una u otra manera esa guerra en sus obras. Pienso en esto y considero que tal vez fue un error no haber entrado en una guerra con Argentina en 1978 por esas islas del extremo sur; hubiera beneficiado a ambas literaturas, pero principalmente a la nuestra; es cierto, hubiera habido muchas muertes, pero esa sangre habría servido no para nuestros poetas, que la tienen incorporada hace mucho en sus poemas, sino para nuestra narradores tan faltos de sangre. Eso hubiera sido “volver violenta y repentinamente a lo fundamental”, como decía el autor del Ulises. Pero como Chile es un país más católico que Argentina, cuando apareció el Papa para frenar la guerra, todo se jodió.

Nos quedamos sin guerra durante todo el siglo XX, y eso le ha costado caro a nuestra narrativa. ¿Qué hacer entonces? ¿Provocar una guerra desde nuestra larga y angosta faja de tierra? ¿Intentar de nuevo con Argentina, o quizá tratar con un rival más débil como Bolivia o Perú? No parece ser una opción, porque cualquier conflicto bélico hoy en día está controlado por las potenciales mundiales, especialmente por Estados Unidos. El mundo es su teatro de operaciones y decide dónde probar armamento y tropas, dónde ensayar tácticas de guerra, qué gobiernos derribar, cómo hacerse de buen petróleo a costa de sangre. Quizá a esa habilidad fue el país que mejor aprovechó la oportunidad de generar una buena literatura, un país que no se ha ido con chicas, ya que ha sido la nación que más guerras ha tenido en cien años. Hemingway aprovechó estos conflictos y escribió de las dos guerras mundiales dos novelas: Adiós a las armas y A través del río y entre los árboles.


Publicado originalmente en revista Punto Final y en el blog del autor (5-7-2016)

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