4 de noviembre de 2016

Piedra y árbol


MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Lo descubrí hace ya un tiempo y cada vez que paso en sus cercanías me detengo un rato. Árbol y piedra están en una pendiente muy pronunciada. Hoy he bajado para verlos de cerca. La piedra, casi un poliedro perfecto, debió deslizarse hasta allí, pero no sé desde dónde. Tropezó con el roble cuando este era más joven y ahí se detuvo. El árbol aguantó la embestida y ahora va creciendo abrazando, año tras año, a la piedra, condenados a entenderse o a vivir a pesar de (el árbol), o vete a saber.  Esta mañana, que he ido a visitarles, me he acordado de algunas esculturas de Remigio Mendiburu, es decir, de gente de otro mundo, en las que el escultor unía con fortuna piedra y madera. Una persona categoría Remigio, a la que recuerdo con cariño y emoción, que me acogió generoso cuando lo que yo escribía con 20 años no valía gran cosa, la mano amiga, la sonrisa, la curiosidad…  Siempre daba, contagiaba entusiasmo, ganas de hacer, de vivir con intensidad las cosas, sin aspavientos –espantus dirían aquí–, hasta en eso resultaba ejemplar. Ir viendo, las cosas, en lo que son, y asomarse, si se dejan, a lo que está detrás de ellas.

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