13 de noviembre de 2016

Sabaya


PABLO CINGOLANI -.

Un día

Un día, llegamos de noche. A Sabaya. Al otro día, nos fuimos caminando hacia Coipasa, hacia el salar de Coipasa. Caminando caminando caminamos cuarenta kilómetros. Cerro, pampa, cerro, pampa. Algún manchón de cactus. Un pastor. Una choza. Unas llamas. Cuando llegamos al borde del salar, no era salar: era un lago. No ese lago circunstancial, de verano, juntada de aguas de lluvia. Era un lago real, verdadero: una hondonada de dos o tres metros de profundidad. Del otro lado, había quedado una isla. Una isla donde estaba Villa Vitalina. Un terremoto, un sismo, una sacudida de la Pachamama, había creado el lago, la isla, la irrealidad tan real. Nos volvimos por el mismo altiplano que habíamos llegado. Caminando caminando caminamos otros cuarenta kilómetros. Pampa, cerro. Cerro, pampa. Algún perro apenas ladraba, algún chango, algún ave solitaria. De vuelta. A Sabaya.

Una noche

Otro día, llegamos de día. A Sabaya. Empezamos a beber cerveza, por hacer algo, esperando. Esperábamos a nuestros amigos, perdidos en el desierto. Esa vez, ese día, no había carreteras hasta Sabaya. Ibas y si no sabías, te perdías, te extraviabas, te demorabas nomás. Y nosotros, en una tienda, bebiendo cerveza, esperándolos. Mientras se pasaba el día, y bebíamos y bebíamos, un paco nos veía y nos veía. De tanto estarnos, le conversamos, lo invitamos, le convidamos: empezamos a beber todos juntos. En los desiertos, se sabe, norma es, todos amigos, todos, los humanos, los cactus, los cerros. Todos.

El tiempo seguía a su arena y la arena al camino, nuestros amigos no aparecían. Ya nos volvimos camaradas del paco, compadre, hermano, tío. ¿Así que vos sos argentino? ¿Y qué hacés por acá? La cerveza fluía. Una película. Estamos haciendo una película, estamos queriendo conocer la vida. Por Sabaya. Por los desiertos. Por estos lados. Ah, dijo el paco. Agregó: y hasta que lleguen sus amigos, ¿van a estar todo el tiempo tomando cerveza? Si, hermano. Cerveza, cervecita, agua de cebada, cebadita, agua de Huari, agua mía, ¿qué otra cosa podemos tomar si aquí no hay más nada? Me van a seguir, dijo el paco.

Fuimos con el paco, fuimos –a estas alturas de la historia- nuestro padre y nuestro gurú, guía espiritual, master. En Sabaya. Manta. Oruro. Oeste. Frontera con Chile. Bolivia. Andes sudamericanos. Yo los voy a hacer tomar lo que ustedes quieran, dijo orgullosamente redondo orondo simpático el paco. Vamos. Vamos, dijo el paco.

Era una casa con una puerta tan estrecha que no sabías si por allí entraría algún sueño o un cordero. Era una casa con vivienda y una tienda que, al abrirse, mostraba dos o tres latas de sardinas peruanas y algún refresco, algún cigarro Casino, algún rollo de papel higiénico, las cosas de vivir, sobrevivir en los páramos. Nosotros (estábamos con el Guille, angelito, Q.E.P.D.) pensábamos y este paco qué onda ¿dónde nos trajo? Lucrecia, vení. Vení, Lucrecia, gritó el paco. Lucrecia vino. Era una chola pintuda –eso lo veíamos. Era de ver, Lucrecia- y de tener, como se dice –eso lo sabríamos más después. Lucrecia, a ver: mostrales.

Como si la Lucrecia fuera maga, maga de Persia, corrió una cortina de tela ajada flores estampadas quemadas deshilachadas que había en esa su tienda de sardinas entomatadas, fósforos y jabones y zas! se volvió a producir el milagro de los panes, digo de los tragos. No en Palestina. En otro desierto. En Sabaya. A ver, qué eligen, dijo tan feliz tan satisfecho tan “winer” el paco don paco.

Juro: delante de nosotros, del Guille y de mí, habían unos estantes y en los estantes, bien ordenadas, relucientes, brillando como faros, botellas de vidrio ámbar de whisky Old Parr y botellas de vidrio verde de otros whiskies de otras marcas, botellas blancas de vodka Absolut y de vodka Stolicknaya, botellas negras de bourbon, de Jack Daniels, botellas del ron que se te antoje, botellas de gin, pisco, alcoholes, botellas, botellas y más botellas. 

A la mierda, hermano, le dijimos al paco. ¡Sazam! ¡Abracadabra! ¡Ábrete Sésamo! Pensábamos que estábamos vagando por el medio del desierto pero resulta que habíamos llegado a un oasis. A ver, cojudos, ¿qué vamos a tomar? Pidan, pidan. Yo invito, dijo el paco, cagándose en nuestras metáforas que, en verdad, sobraban. Old Parr, dije yo, anticipándome a cualquier discusión etílica. Dos botellas enteritas nos tomamos con el paco. Por eso me acuerdo de la marca. Noche profunda, llegaron nuestros amigos. Los perdidos. A Sabaya. Tomamos otra botella más. Con el paco, la Lucrecia y con ellos, los recién llegados. A Sabaya. En Sabaya.

Nunca me voy a olvidar de aquella noche, ni del Guille, ni de Sabaya. Por el desierto, por el whisky, por los amigos. Por Sabaya nomás.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 13 de noviembre de 2016

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