15 de diciembre de 2016

Ambición y límites


ROBERTO BURGOS CANTOR -.

A medida que pasan los años se vuelve más incierto el destino del mundo.

¿Habrá un propósito que una a la gente en la búsqueda de una forma de vida donde la realización del destino personal constituya una contribución a un ideal colectivo?

Quizá resolver la persistente insatisfacción del ser humano, dentro de espacios razonables, requiera todavía de pactos garantizados por un mecanismo de tanto poder como virtud para ser acatado.

Lo que vivimos hoy no resulta alentador. Todo es un tremendo disparate: las ideologías, las religiones, la economía, las artes, la realidad y, el acoquinado reducto de intimidad resquebrajada donde algunos nos refugiamos para no perder lo que nos queda de la identidad, el deseo, la libertad.

Voces que surgen de un pozo, casi seco, con pocas monedas para pagar ruegos.

Quienes estamos más allá de la mitad del camino, en la selva oscura, infierno inevitable, podemos rememorar momentos en los cuales se quiso sustituir una unidad histórica con sus componentes completos. La revolución francesa. La revolución Rusa. Y para el Caribe y América la revolución cubana. ¿Por qué no menciono la revolución mexicana?

En ellas la tensión principal estaba entre los poseedores de los bienes y los desposeídos. Y ese tránsito que casi fundaba las sociedades apelaba a una destrucción sangrienta del orden viejo. Nadie quiere que lo desbanquen y se resiste a perder un nido que se volvió su oxígeno de vida.

Entonces guillotinar, fusilar, envenenar, expulsar, parece la única solución. Se termina por hacer reglas que legitimen el surgir doloroso de un orden distinto. ¿Nuevo?

Los sabios de la economía y la historia concluyeron que los modos dominantes son universales. La circunstancia o el azar que los quiebra parece indeterminado. Si ello fuera así la única manera de sostener un eslabón distinto y de futuro provisorio sería la fuerza, la defensa, la resistencia.

No es fácil entender que una pequeña y solitaria ilusión quiera sobrevivir a siglos y siglos de un sistema cuya seguridad en lo desigual depende de lo uniforme. Una uniformidad que exige sometimiento y aceptación pública de su designio: el lucro. Y quien obtiene riqueza del ejercicio abusivo del lucro, la obtiene por condiciones de relevancia individual que lo tornan intocable.

Lo que cada una de las revoluciones nombradas deja para la historia de mujeres y hombres es olvidado. La implacable marcha de los días quiere mostrar que no hay un orden posible.

Cómo dejar de observar algo ejemplar en una isla del Caribe, a la sombra del imperio más grande del mundo, y que bajo el norte de uno de sus pensadores, ha construido una pausa de oportunidad para quienes antes no la tuvieron.

Falta tiempo para las valoraciones. Lo que sucedió con Fidel requerirá de reflexiones. No es Trujillo, Juan Vicente, Balaguer.

Por ahora: ¡patria Comandante¡

Imagen: Liniers.

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