27 de diciembre de 2016

La Ciudad Ausente



Homero Carvalho Oliva


Dime de que ciudad vienes
y te diré quién eres


Amanece en la ciudad de las alturas, el viento frío de la mañana hincha las tres blancas velas del Illimani, carabela mayor del mar altiplánico, que se dispone a zarpar hacia el incierto día. El Illimani navegará por las horas hasta arribar al puerto de la noche, dejando que el aire seco de la puna se vuelva viejo y cuente historias.

Cada madrugada abordo el Illimani y salgo a navegar buscando la ciudad ausente, perdida en el cielo azul de los recuerdos. Trajinando el tiempo, hoy descendí a barlovento por la calle Almirante Grau y avancé por la Murillo, hasta detenerme frente a un vacío, vacío inmenso que dejó un conventillo, conocido en el barrio de San Pedro como el antiguo Garaje Romero. Su recuerdo estalla en mi nostalgia, cual tormenta de destellos que como estrellas caídas rebotan en el asfalto de la avenida que atraviesa el lugar donde estuvo el último de los conventillos de La Paz

Ciudad que, anidada en la alta meseta, yace sumergida en una hoyada antediluviana, donde ya existía una población antigua que antes que “Pueblo de La Paz fundaran” (como canta el himno) ya poseía su ajayu, su alma ancestral. A medida que la ciudad crecía buscaba la gente que se juntaba en las casonas de dos y tres patios reproduciendo sus comunidades rurales en los ayllus urbanos de los conventillos que eran acechados impunemente por los recién llegados a la ciudad. Sus habitantes, venidos de todas partes, traían sus semillas de soledad que por las noches regaban en el silencio de sus cuartos. Vinieron de la provincia del lago, del mundo de las criaturas de piedra, vinieron del valle de Sorata y de los Yungas, de la tierra de las frutas y las hojas de coca. Mujeres y hombres, ancianos y niños buscaban el sueño de la ciudad futura y despertaban en algún rincón ajeno.

Los que llegaban contaban historias de sus lugares de origen, los nacidos en los conventillos poseídos por el espíritu de Los Andes, habitados por la Montaña contaban la historia de la propia ciudad. Para los recién llegados La Paz era un puente imaginario que unía al campo con la ciudad donde el aymará y el castellano se cruzaron pariendo el lenguaje paceño el lenguaje con el que habla la ciudad “De la urbe de la montaña su legado somos”

Días tras días, cuarto tras cuarto, emergiendo de ruinas y esperanzas de encuentros y apariencias, remiendo tras remiendo, nacieron los conventillos que fueron vistiendo a la ciudad como si fuera un saco de aparapita. Los conventillos se multiplicaron con el tiempo en el siglo veinte, después de la Revolución Nacional y eran tantos como los mercados de la ciudad; la vida bullía adentro de ellos, tanto que los achachis decían que de mercados y conventillos se hizo La Paz, Chuquiago Marka, la ciudad a orillas del Choqueyapu


Los conventillos tenían dueños de rancios apellidos, como viejas sus casonas y los inquilinos comentaban que para cobrar las rentas llegaban puntuales como las desgracias.
A medianoche, acurrucados por la ciudad, dormían los conventillos, mientras fantasmas insomnes asomaban entre los oscuros zaguanes despabilando a los trasnochadores. Para las imillas y los llocalas, de mejillas escarchadas y sonrisas fecundas no existía otro mundo que los conventillos. Las mañanas se inquietaban, cuando los niños dejaban de jugar y reflexionaban sobre la vida, al mediodía las doñas olvidaban sus rencillas facilitándose huesos para sazonar la lawa; por las tardes los amores furtivos trastornaban la lavandería y durante las noches los hombres se despojaban de la rutina y volvían a su infancia jugando a ser mayores.

Había de todo en los conventillos: familias que florecían sin falta en cada primavera, viejos faunos domesticados que inútilmente deseaban a las cholitas y sirenas que lloraban porque sus peces escaparon por los lavamanos. En los crepúsculos, ardiendo como soles, los jóvenes se aventuraban, en apasionados recorridos, por sus trémulas geografías y en sus cuartos se oían rumores que alborotaban al vecindario, mientras en los de los casados los rumores subían de tono hasta convertirse en maldiciones. En algunas piezas el sol no era bienvenido, sus moradores nunca abrían las puertas y las ventanas, vivían condenados a la vigilia sospechando que era más que suficiente soportarse entre ellos.

Cuando había jolgorio, los babélicos conventillos se transformaban en ferias populares había música, baile, comida, amores, peleas después del preste llegaba el fin del mundo y la vida continuaba más allá de los festejos. En los martes de ch’alla, los mallkus, achachilas y apus recibían ofrendas en los patios, les quemaban ricas mesas y mientras se ch’allaba las awichas y las solteronas encendían devotas veladoras rezando a la Virgen y a la Pachamama.


En los conventillos siempre hubo mártires que honrar. Los veteranos se jactaban de las epopeyas protagonizadas por sus héroes, en las reincidentes revueltas políticas y en las revoluciones y los golpes de estado los conventillos se convertían en santuarios, nadie entraba sin permiso de los vecinos. En las fechas cívicas alardeaban de sus ilustres hijos fueron ministros fueron generales el hijo del mengano el hijo de doña fulana lo cierto es que las personalidades nunca volvieron por los conventillos. En las fiestas religiosas hasta los ateos invocaban a Dios, rogándole les diera alas y buen viento para volar más allá de sus paredes.

Cuando las montañas desataban las aguas del cielo, arrastrando miserias por las calles paceñas, los patios quedaban desolados, como si la vida se hubiera ido a otra parte. Los conventillos guardaban entre sus paredes los secretos de la ciudad oculta, de aquella de la que se hablaba en susurros, cuyos misterios eran ríos de palabras, que inundaban las conversaciones. Con los años modernos edificios espantaron a los anacrónicos conventillos, algunos muertos se resistían a irse y desandaban por donde vivieron, pero resignados tuvieron que hacerlo arrastrados por los escombros de las casonas derrumbadas. El garaje Romero, de la calle Pedro Domingo Murillo, el último de los conventillos, se fue en la víspera y desde entonces su ausencia transita por la calles de la ciudad de Nuestra Señora de la Paz de Ayacucho.

Barrio de San Pedro, La Paz

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