25 de diciembre de 2016

La cruzada de los niños

PABLO CINGOLANI -.

Tal vez jamás se vuelvan a escribir libros así.

Tal vez sí: si no resignamos nuestra capacidad de soñar. Si no nos rendimos a la triste evidencia de la época: un mundo donde los niños son todo y cualquier cosa, menos portadores de un sueño. Como los niños de las Cruzadas, esos que intentaron, como sus mayores, rescatar la Santa Tumba, el Santo Sepulcro, para aquellos que lo devocionaban, lo anhelaban, lo soñaban. Hoy, los niños son vejados de mil formas, son aniquilados sin culpa, son vendidos por bandidos sin alma, son martirizados como lo fue el propio Cristo.

La cruzada de los niños, ese libro que soñó y escribió Marcel Schwob, nos devela la potencia expresiva y la dimensión evocativa del sueño, de la inventiva, la invención, la creación en suma, que sustenta y alienta eso que llamamos –o queremos seguir llamando- literatura.

Estamos tan inundados de realismo barato –de un realismo bombardeado de frivolidad, de una banalización de todo lo valioso, el cuerpo, el arte, las convicciones, las pasiones humanas, la guerra, la paz- que hemos descartado -por intrascendente, porque simplemente no cuaja en el formato voraz del reality show, porque absurdamente carecemos de la sensibilidad para valorarlo-, hemos desechado, decía, todo aquello que nos remita a la esencia, a las esencias, a aquello que nos formó como seres con espíritu, a eso misterioso que no entra en una puta pantalla de televisor.

La cruzada de los niños es un viaje en búsqueda de eso esencial. El libro de Schwob es un desafío a que lo busquemos.

Unos niños parten, guiados por una niña ciega, por la entrañable Allys, en pos de la Santa Tumba. Salen, simplemente, de sus hogares, imantados por una misión que es más fuerte que ellos, que es más poderosa que el deseo de sus padres de retenerlos junto a ellos. Se van juntando en los caminos que se cruzan, atraviesan ríos y acechanzas, padecen sed y miedo, pero ellos siguen, jamás se rinden, convencidos que la misión que los conduce es la fuerza misma, es esa fuerza que, en su verificación sensible, palpable, concreta, es el rostro de Cristo, de ese Cristo infantil, que los ojos yermos de la niña Allys ven en cada mendrugo de pan que los moradores de los pueblos por los que deambulan arrojan al paso de los niños peregrinos, que la niña Allys ve en cada piedra que brilla en los senderos, que la niña Allys ve en los ojos de los lobos que los acosan pero también en los ojos de sus compañeros, los otros niños, que la llevan de su mano, que son multitud, que son esperanza que marcha, que son la salvación del mundo, y también su ocaso, su derrota, su perdición.

Porque –y ese es Schwob hablando como lo hubiese sentido el mismísimo Papa de la Cristiandad, uno de los protagonistas de su obra- está mal el mundo si los niños deben ser sus salvadores, está agonizando nuestra cultura y nuestra dignidad si debemos sacrificar a los niños para que el mundo renazca y no perezca en el lodo de la infamia y de su propia soledad. Un mundo que no sabe defender a sus niños, un mundo que no los protege, no los cuida, es un mundo rumbo a su destrucción, a su apocalipsis, a su propio fin.

Schwob logra sintetizar todo eso, y más, mucho más –porque siempre hay más, escondido y latente, en las obras genuinas de la creación humana- en su libro sobre los niños cruzados.

Cristo Jesús, Jesús Cristo, dicen que dijo que dejen que los niños vengan hacia Él. Vayamos, como Él quiso, también hacia esa literatura que siempre nos conmoverá, que siempre encenderá una luz de verdad en nuestros corazones, que siempre nos inspirará con su fervor frente a esa patética realidad donde los niños no valen nada, cuesta menos asesinarlos, no son valorados como lo más bello y lo más fecundo que podemos atesorar.

Libros como el de Marcel Schwob nos ayudan a entender, con su tremenda emoción y la virtud más sana y la menos engañosa, que aún queda todo por hacer, que es preciso abominar de ese mundo que mutila y hace sufrir a los niños y que si es menester destruir ese mundo –donde los niños hambrean y son heridos, donde los niños son mercancía, como cada cosa-, hay que hacerlo: hay que acabarlo, hay que demolerlo, hay que derrumbarlo.

Eso, antes, lo llamábamos hacer la revolución. Ahora no sé que se llamará. Como se llame, hay que volverlo realidad efectiva, para que ese Nuevo Mundo florezca y allí, los únicos privilegiados vuelven a ser, como nunca debiesen haber dejado de serlo, los niños. Nuestros niños. Todos los niños.

Pablo Cingolani
Río Abajo, Noche Buena de 2016

Imagen: Gustave Dore, The Children`s Crusade in 1212 (1877)

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