6 de diciembre de 2016

Una brevísima historia de Cuba


PABLO CINGOLANI -.

Cuba.

La isla Juana. 

La tercera ínsula que Colón vino a descubrir para Europa. Epicentro, núcleo, la joda (y la joya) conquistadora y del capitalismo emergente: desde La Habana, puerto, fortaleza y adiós, partió Cortes a hacer lo mismo con México. Nada más y nada menos.

Arman México, arman Perú, arman la joda y la movida de la conquista y la dizque colonización de América: negocio redondo, saqueo, explotación, genocidio: trescientos años. A pesar de nuestros rebeldes indios: Tomas, Gabriel, Tupac, Julián, Katari.

Las serpientes.

Los jaguares.

En medio, necesidades del capital, secuestran a los negros esclavos desde África. Luego, los negros haitianos se rebelan: Haití es la primera independencia de Nuestra América. Todos somos haitianos, aunque nunca lo asumamos. Pero un tal Martí y otro llamado Fidel sabrán muy bien –la historia siempre es una promesa de futuro- quien fue Toussaint-Louverture, nuestro Espartaco.

Luego, entonces, vienen Bolívar y San Martín, viene el criollaje indo mestizo (San Martín guaraní) y echan a sablazos a patadas a coraje a los godos a los rojos a los españoles: a eso lo llamamos la Guerra de la independencia, y está bien que lo llamemos así. 

En México, Bolívar se llama Morelos –un cura, por si acaso- y nuestro padre, Vicente Guerrero, dijeron también los zapatistas de don sub Marcos; en Centroamérica, Morazán. En Cuba, nada, la joya era. 

La historia latinoamericana se llena, se colma, descuelgan y chorrean los valientes: los que se jugaban todo por la patria. 

Todos.

Por la patria.

A los susodichos, agrego por agregar nomás y por honrarlos: los Belgrano, los Hidalgo, los O´Higgins, los Castelli, las Juana Azurduy, los pro-pueblo. Los que morirían en el olvido, despreciados por las nuevas castas: los que, como Castelli, proclamaron: la revolución es el sueño eterno.

Revolución.

Tiwanaku, Castelli. El sueño eterno.

Pero aún había pasta. Y huevos. Entonces, muchos años después, viene Martí, José Martí. 

La dimensión histórica de Martí sólo la conocen a cabalidad los propios cubanos. 

Martí era un poeta –memorable, un rimador, un coplero diríamos con el gringo Aguirre- y un periodista –de los primeros, como Mark Twain- que además de poeta y periodista de garra y fuste, se jugó la vida –y murió- por la libertad, por la independencia, de su patria. Por Cuba. 

Patria

O

Muerte.

Cuando entendamos la magnitud, la plenitud, la belleza, de un Martí –patria, poesía, guerra, muerte-, vamos a entender mejor lo que es la revolución –la cubana y todas las revoluciones que nos faltan hacer- pero el que sí que lo entendió fue Fidel, el occiso, el que se acaba de morir para mayor rabia de los fachos, que ni muerto lo aceptan.

Tras la muerte de Martí, Cuba se independiza formalmente de esa España colonial moribunda pero bajo control del enemigo número uno de todos los pueblos, de los que ellos mismos consideraban y lo siguen haciendo, su patio trasero, su prostíbulo y su fuente sempiterna de saqueo: los Estados Unidos de Norteamérica. 

Fidel Castro es la reencarnación de Martí. 

Fidel. Martí. Castro, José.

La isla, la poética, la guerra.

La patria o la muerte.

Cuando lo juzgan a Castro, Fidel, Ruz, por el asalto a La Moncada, cuartel, ejército cipayo, y el mismo, en su defensa contra la farsa democrático-burguesa que lo condenaba, proclama que la historia lo iba a absolver, no estaba pensando en él, estaba pensando en ese ejemplo, en esa montaña de dignidad, en ese adalid de la causa de los pueblos que fue y seguirá siendo el gran José Martí.

Entonces, y luego, seguiría habiendo huevos: Historia real. Historia conocida: Fidel organiza la guerrilla que libera Cuba y le mete el dedo en el culo, como nadie que yo conozca hasta ahora, a esos señores del norte, a los dichosos yanquis, a los norteamericanos. 

Fidel hizo carne guerrillera estos versos de Martí: Yo soy un hombre sincero/ De donde crece la palma/ Y antes de morirme quiero/ Echar mis versos del alma. 

Lo demostró, mejor que ninguno, en la Sierra Maestra, cuando cantó con Martí: Yo vengo de todas partes/ Y hacia todas partes voy:/Arte soy entre las artes/ En los montes, monte soy.

Ahora que Fidel se ha muerto, todos se creen con derecho de decir cualquier cosa. 

Fidel, bla, bla, bla.

Lo único que yo voy a decir para cerrar esta brevísima e intrépida versión –mi versión- de la historia de Cuba, de Latinoamérica y de toda la humanidad es que ojalá sigan naciendo hombres luminosos como Martí o como Fidel, como Giap o como Ho Chi Ming, como Bolívar, como Perón: siempre tuvieron claro que nuestro enemigo principal son los USA y que no hay otra manera de ser felices, entre nosotros, que combatirlos. 

Hacerlos morder el polvo, como en Vietnam. Resistir a pesar del bloqueo, como en Cuba. Industrializar y no depender de ellos, como hizo Perón. Invadirlos, para que no se sientan los reyes del mundo, como hizo Bolívar. 

De toda la estupidez publicada y acechante que ha circulado a propósito de la muerte de Fidel, quiero rescatar, por su honestidad, las palabras de un escritor del fin del mundo, otro como yo, un escritor chileno llamado Jorge Muzam, que ha escrito en su blog, cerrando de manera certera esa puta distancia que los fachos quieren establecer entre lo que es justicia y lo que es libertad, usando a los escritores disidentes como pretexto. 

Dice Muzam, sintética y magistralmente: “Y lo lamento por los que fueron perseguidos, los que abandonaron la isla ejerciendo su legítimo derecho a buscar su propio horizonte. Pero la isla tiene educación y salud que nosotros nunca tendremos bajo estos yugos de corrupción liberal. Dignidad sin lujos de la que nunca disfrutaremos entre tanta injusticia, inoperancia y miseria”. 

Es, sin dudas, otra brevísima versión de la historia de Cuba, de Latinoamérica y de toda la humanidad. 

Esto que dice el señor Muzam habría que pensarlo dos veces, digo, desde aquí, a propósito de Evo y de Bolivia, ¿acaso no somos una isla en el medio de los Andes amazónicos?

Un final a este texto: Amo a Severo Sarduy pero vamos, vía el Che, vía Camilo, vía la sierra y la guerrilla y la gloriosa Revolución Cubana y los cambios positivos y benéficos para el pueblo cubano que trajo consigo, también lo amo y lo amaré, por siempre, a ese faro, a esa inspiración, a ese patriota llamado Fidel.

¡Vivan las islas!

Ahora, en esta democracia que casi todo el tiempo nos abruma con sus encuestas, sus opinadores seriales y su incesante mistificación de la historia y de la realidad, la batalla es cultural porque el dominio es cultural. Como diría Perón: ¡a los yanquis, ni justicia! Como diría Cerati: ¡gracias totales, compañero Fidel!


Pablo Cingolani
Río Abajo, 5 de diciembre de 2016

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