18 de enero de 2017

Años duros

ROBERTO BURGOS CANTOR -.


No es asunto fácil extraerle secretos a la vida. Una densa superficie de reiteraciones se ofrece como forma inevitable. Un molino que tritura la esperanza. Tal vez en la apariencia de uniformidad de las desgracias, de la imposibilidad, se encuentre un motivo de la indiferencia y el aburrimiento.
El desolado silencio, las palabras envueltas en murmullos inermes, como comentario, débil resistencia a un acto infame más, dejan a la mayoría extraviada en su propia impotencia.
Alguna virtud, todavía sin nombre, permite que se sobreviva, o en estos tiempos de aguaceros y vientos, se sobreagüe a esos horrores combinación de venganza rabiosa y su reguero de muertes, destrozos, absurda impiedad. Es una venganza que se alimenta de abstracciones, religiosas, políticas, comerciales, y cuando saca su espada, su metralleta, su bomba, su camión, la dirige contra grupos humanos de los cuales ni siquiera conoce un rostro, una sonrisa, una imprecación. Del duelo reglado, padrinos y causa de honor, equilibrio en las armas, a esta avaricia de matar en nombre de, a quienes no se ha identificado y el azar reúne en mercados, discotecas, aeropuertos, museos, mucho ha cambiado. Cierta cobardía disfrazada de convencimiento fanático que no se contenta con el nido personal de cada intimidad si no que pretende aniquilar la diferencia, igualar lo distinto, cobrar culpas que nadie reconoce para imponer un sistema, una fe, recorre el mundo.
Esa virtud sin nombre ayuda a enfrentar el desespero, a no pretender otra abstracción para rechazar la destrucción sin sentido, a protegerse del pretexto vulgar para el crimen que envilece.
¿Tendrá el ser humano un proyecto? ¿Uno, sin los conceptos gastados, la invocación de palabras vacías?
Sacudir los sentimientos espirituales implica tener el espíritu y desarrollar los sentimientos. ¿Nos quedará acaso algo de eso?
Parece que si. A pesar de todo se permanece. El desmoronamiento de los horizontes ambiciosos, la codicia de bienes acumulados para nada, el bello relato de Tolstoi, ¿Cuánta tierra necesita un hombre?, las bellas constancias de la poesía, el gozo de los afectos inocentes, terminarán por mostrar que se puede vivir.
Si se puede educar para vivir, será indispensable imaginar una vida y lograr otra educación.
Lo que está ocurriendo, el desmadre sin fin, trae enredadas raíces hondas y antiguas. Todos hemos participado en la construcción del artefacto monstruoso que da palos de ciego.
No sé si dejar los ojos abiertos a la pesadilla será apocalíptico. Si será mejor entrecerrarlos y continuar la entretención con los pueriles, orgullosos, lamentables castillos del fracaso.
O algún veneno que se cuela por las muertes injustas, las mentiras, el deseo inútil de poder.
Habrá que subirse a un manzano de mar y esperar el ventarrón que sacude la tierra y espanta a los navegantes.


Imagen: Xilografía, Uno y tres rostros, Marta Ribes.

No hay comentarios:

Publicar un comentario

*