Canción de Navidad

CLAUDIO FERRUFINO-COQUEUGNIOT

O como la veía Dickens. Primero fue la película que me impactó; luego el libro, delgado, en Ediciones Sopena que producía unas joyas que no existen más. A pesar del drama humano que narra, George Orwell decía que Dickens no era ni un escritor “proletario” ni uno “revolucionario”, que su crítica social tenía carácter moral. Pero, bueno, explíquenle Orwell a un niño de diez años y le cortarán la vida. Amé a Dickens como a nadie en esas primeras sesiones de lectura. Tal vez nada en literatura me haya impresionado más que David Copperfield, en una edición de Billiken de tapa roja. Cuánto me impactaría que hasta el color se grabó.

Los niños del escritor inglés; fatídicos bedeles de orfanato; pandillas de pilluelos que reencarnan en Londres al Gavroche de París. Difícil no emitir juicio para la pesadilla victoriana. Era el imperio más grande del mundo. God Is An Englishman escribió R. F. Delderfield, pero Dios no cabía en los tugurios miserables de la City.

La Navidad en esa temprana edad forma parte de las grandes ilusiones. Y de pronto caía el mazazo sobre la cabeza del incipiente literato y pequeño gran lector para terminar la metafísica. No que se creyera en Papá Noel; nos explicaron de chicos que los regalos venían del trabajo y del afecto. Ni chimeneas había en esa deleznable villa cochabambina para imaginarlo, pero igual.

Quedaba la fecha, queda para ser precisos, en que el cuerpo presiente que se acerca a un hito. La costumbre suele convertirse en vicio y hay predisposición a la suavidad, la condescendencia e incluso el autoengaño. Hora de ponerse buenos, suena en las trompetas de la creación, y al final no me disgusta. Ponerse a pensar en lo dramático de la Navidad dickensiana, en el peso inmortal de un pavo horneado con especias suele a ratos despertar sensibilidad social pensando en los que no comen, aunque las más traiga una modorra que de tan agradable pasa a siesta, a sueño, a olvidar congojas.

La Navidad de Alepo, hoy; interminable historia de crueldad colectiva. Allí, en el Oriente Medio, la cristianidad casi se ha reducido a leyenda. Los nestorianos que en su momento predicaban la dualidad de Cristo desde las aguas del Mar de la China hasta Anatolia, y otras sectas, esconden medio millón de almas en catacumbas de miedo. Las únicas velas que hay para esta religión aplastada son las de velorio. Los tres espectros de la fecha decembrina que pululan por la obra de Dickens: el fantasma del presente, el del pasado, el del futuro, al menos en Siria, se han convertido en dos. El ayer y el momento. El después nunca llega.

Disquisiciones producto del frío. Sobre la llanura de Colorado crecen brumas que no son de nieve y sí de hielo. ¿No han visto llover hielo? Hasta llover barro, como si de plagas de Egipto se tratase. El frío, digo, que al encerrarnos entre paredes tibias y mantequilla sobre pan tostado nos entrega atados de manos a la “noche de paz”. Pero… qué irascible duda… para hacer un contrapeso, miro por tercera vez el oscuro filme finlandés Rare Exports sobre el verdadero Santa Claus, un gigantesco ogro encerrado por la montaña y que una compañía minera despierta para reanimar un holocausto de infantes, antropofagia, inverosímil locura hasta para ese mundo helado finés de gente en apariencia sin sentimiento ni amor.

Interesante, apasionante. Creo haberlo visto o leído antes, en fábulas precristianas que hablan de este viejecillo que atraviesa el cielo en renos siderales. Qué complicado el humano, y qué amplio el rango de su preocupación, demencia e irónica bonhomía.

Hora de ponerse a pensar en los condimentos de la cena gloriosa. Hay quienes buscan pasas y nueces raras. Nogadas, almendradas; para nosotros, criollos de bien al sur entre montañas, una pierna de chancho mechada basta. Se huelen los morrones y se siente el perejil. El ajo se tuesta no con olor de averno y se destapan cervezas.

El vino muestra color de sangre. Festejamos, festejan diré, el nacimiento de Cristo. Nacimiento y muerte conforman una suerte de canibalismo festivo. Creo que ninguno piensa en Dios. En las corrientes de aire hay aroma de jerez, no de fatalidad.

Debo retirarme cada año antes de medianoche por el trabajo. Ausente para la sidra fría, explosionado el corcho contra el techo. Y todas las veces, cada veinticuatro de diciembre cuando enciendo el carro y parto, me asalta una sensación de infancia, de desamparo. A mi manera me incluyo entre los tristes personajes del novelista inglés.

Denver es una ciudad oscura, las calles no tienen faroles. Como ahorro de energía está bien, pero la penumbra que sigue a los escasos focos de luz tiene algo de lúgubre. La navidad del norte no se parece a la del sur. No se ve arriba una gigantesca cruz de estrellas que señala el camino del Antártico. Ni siquiera insectos sobrevuelan alrededor del calor que produce la electricidad. Sin embargo, un toque terrenal: a pesar del jabón dispensado con holgura sobre las manos, puedo oler en los dedos el relleno de zanahoria mezclado con mostaza y macerado en limón.

14/12/16
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Publicado en TENDENCIAS (La Razón/La Paz), 25/12/2016

Imagen: Ebenezer Scrooge

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