24 de enero de 2017

El país de los tuits (y las pocas bromas)



MIGUEL SÁNCHEZ-OSTIZ

Un país en el que un tuit como el del cantante Strawberry acaba en el Tribunal Supremo es por fuerza un país serio, algo más que serio, funeral, cuyo himno nacional tienen que ser una buenas tinieblas castrenses. Un país que persigue el humor es un país que no tiene prioridades sociales dignas de ese nombre ni tiene delincuentes saqueando a la ciudadanía, en la banca, en las eléctricas, en las mismas instituciones de gobierno, porque sin esa delincuencia organizada es imposible entender la movilización de 350.000 millones de euros para mantener la banca española a flote y con ella el sistema político que sostiene el más que peculiar régimen instaurado por el Partido Popular.

¿En qué manos estamos? Es por completo inútil denunciarlo, al menos desde aquí y me atrevo a decir que desde ningún lado. Aquí lo que cuenta son los tuits que molestan al amo, a la policía, a la clase dirigente, no los que, de tufo parapoliciaco, molesten a la ciudadanía, enaltezcan el fascismo, no los que agreden de manera grave a ciudadanos por sus ideas políticas o su lugar de origen. Esos no, esos son libertad de expresión. Y no solo se trata de tuits, sino de expresiones políticas de descalificación desde otros foros, como sucedió con la Cifuentes contra Ada Colau. Eso sí se puede, al revés, no. En España la libertad de expresión es una estafa y un cepo.

Una jueza decía el otro día algo descacharrante, que veía con preocupación la intromisión de la política en la justicia. ¡Atiza! ¡Qué descubrimiento! Lo cierto es somos muchos los que vemos con mucha más preocupación el compadreo de la administración de justicia con la política gubernamental, en apoyo de un régimen político represivo y dañino, en el que las leyes se usan con arbitrariedad manifiesta, digo bien, se usan, como se usan las recortadas.

Las redes sociales son un hervidero de despropósitos, de faltas de respeto, de lapos, de burlas sangrantes que vuelan de un lado a otro de las trincheras en las que vivimos. Porque no hay que engañarse, este es un país dividido y enfrentado. El sucio jolgorio de las redes sociales y su anonimato es una forma incruenta de enfrentamiento, una aliviadero de odios y desprecios que no son sino máscaras de lo anterior.

Hacer del exabrupto, como ha dicho el magistrado disidente de la condena del cantante Strawberry, un delito es propio de dictaduras. La represión de la libertad de expresión es algo que viene de lejos (denunciada en balde insisto: El asco indecible) y va a ir a más. No hace falta ser adivino del porvenir para afirmarlo. Amordazar al disidente, al que no se deja empujar, al que se defiende, al que reclama lo que es suyo… y con la ley en la mano, encima, con leyes pensadas y dictadas para eso, y no para la general seguridad de la ciudadanía.

Que la libertad de expresión lleva tiempo amenazada ha sido algo tan advertido como de manera inútil. Y no solo por la ley Mordaza, sino por un articulado del Código Penal cuyo contenido, que permite la arbitrariedad, ha pasado poco menos que inadvertido. De esa reforma no habla ningún partido de la oposición. La semana pasada fue la tuitera chistosa con sus bromas sobre Carrero Blanco, capitoste de una dictadura criminal, algo que es mejor no olvidar.

Ya lo dije en otro lugar: un país que no persigue la apología ni el enalteciendo del franquismo, sino que encima lo subvenciona, ni tampoco los movimientos fascistas que fueron sus sostén golpista y represivo, ni el nazismo, ni siquiera el negacionismo del Holocausto, se permite el lujo de llevar a los tribunales a una tuitera que hace burla de un personaje que fue algo más que cómplice de un régimen criminal, como fue el franquismo. No se trata de defender derechos morales de las víctimas del terrorismo, sino de proteger la memoria de una dictadura que tiene su origen en un golpe militar. Si no es así, que lo expliquen. No entiendo cómo se puede pedir que tengamos confianza en las instituciones, salvo que sea a golpe de multazo o de condena penal. Eso no configura un país democrático, sino otro regido por verdades oficiales, que persigue cualquier tipo de disidencia, empezando, como ahora mismo, por el humor, por muy salvaje que este sea.

Hipocresía a raudales: se festeja el humor negro o salvaje mientras suceda fuera de nuestras fronteras, y hatsa se toma como bandera de libertades y se persigue con saña cuando es dentro de ellas. De ahí a que nos lleven a juicio acusados de enaltecimiento de algo, ya se encargarán ellos de inventarlo, por alabar la caperuza de Caperucita Roja, por roja, no hay ni un paso… ya persiguen camisetas, con que…


* Artículo publicado en los diarios del Grupo Noticias y en el blog del autor Vivir de buena gana, 22.1.2017

No hay comentarios:

Publicar un comentario

*