5 de enero de 2017

Iguanas, manglares, alhajas

 PABLO CINGOLANI -.

Iguanas, manglares, alhajas en alforjas bancan guerrillas en el corazón del Sahara mientras Hemingway, descarnado y sobrio, va volando directo hasta la cumbre del Kili, del Kilimanjaro, sus nieves
Alhajas, manglares, iguanas comen rubíes de mi mano, agitan sus colas frenéticas como la guitarra de Robert Fripp como si la guitarra de Robert Fripp fuera también iguana, demolición y un rayo
Un rayo sobre los manglares los cocales los lirios donde copulan los sapos, bienaventurados los sapos, esos que leyeron a Artaud y no se rindieron jamás en ninguna guerra anfibia mutante zombi, en ninguna guerra, estos sapos –como Riki, como Jorge- que leyeron La carta a la vidente y escucharon Starless reventando parlantes y vecinos fachos, batracios, nobles batracios, hechos y helechos para la batalla para resistir los combates para agasajar las peleas, defendiendo la cumbre del Kili, porque en la cumbre del Kili, junto al leopardo helado, junto al tieso y perpetuo del leopardo, estarán los sapos, estos sapos, gallardos, guardia de honor, esperándolo a Harry, esperándolo a Ernesto
Esperándolo a Hemingway.
Iguanas, manglares, alhajas
Como Fripp, como Artaud, como Hemingway, bebiéndose la sabana, las jirafas, las hienas –que ríen, se ríen, pensando qué flor de hijo de puta este Hemingway, escribió el mejor cuento de toda la historia mundial, de toda la historia del universo, mirándonos, dobles, ebrio, beodo, liso, borracho
Manglares, iguanas, alhajas, como Artaud, invitado oficial del gobierno mexicano de don Lázaro, yendo a sumergirse en el mundo tarahumara, cuando don Lázaro nacionalizaba el petróleo, el peyote, el mescal, el chile, las ballenas de Baja California, las arenas de Sonora, la cumbre del Popo, el Popocatepetl, el de Malcolm L., el del Che Guevara, el del sismólogo que llegó hasta Chima, Tipuani, la selva, el oro, esa vez que se cayó la montaña
bajo el volcán, manglares
bajo el volcán, iguanas
alhajas, bajo el volcán
revolución
tequila
ardor
serpiente
y Cristo y su dolor labrados en una medalla
setenta muertos en Chima
arrastrados por el lodo
sepultados en la nada
y chuparse el Nilo y el Ganges –y el Ródano y el Amazonas- juntos y de una buena vez y escribir para no morir –como Ernesto en su tienda keniana, ojos de hienas mirándolo, ojos de masai mirándolo, ojos de acacia, bar de Mombasa, playa índica, arena verde, hay un tsumani en Australia –y honrar siempre a los muertos, sepultados en la nada
Alhajas iguanas manglares
Esperándolo a Hemingway, viene en minibús, mochila al hombro, desde Juliaca, todo frenesí, todo fiebre, todo fervor, como el tesoro de mis amigos, mochila al hombro, viniendo desde mi memoria
Juntos iremos con Lowry, con Jorge, con Riki, bañando elefantes por el camino, robando tapices y dátiles, hasta la cumbre del Kili, hasta la cumbre del Kilimanjaro, señores
Y a celebrar con el leopardo, que está ahí, que está tan solo
Tieso, helado, perpetuo
Esperándonos.


Imagen: Hemingway y el Kilimanjaro.

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