18 de enero de 2017

La montaña



PABLO CINGOLANI -.

"Nos desgastamos, es cierto, pero no para morir sino para vivir.
Nos desgastamos no para llegar al punto del agotamiento,
sino al punto de la devoción".
Cristina Rivera Garza
de una carta a Juan Rulfo


Secretos que acunan los peñascos: ¿habrá Dios, habrá un dios, dioses, destino en algún lugar? Si es que aún no lo has encontrado, búscalo, búscalo y no te rindas hasta encontrarlo: está allí, frente al abismo infinito; está allí, detrás de la cima, está allí, debajo de cualquier piedra; está allí: en la montaña.
La montaña es como el amor: no hace alarde, es paciente, no se irrita, se olvida del mal que le procuran los necios. Esa mayoría que no las siente: presuntuosa de sus éxitos mundanos, vanidosa sin tregua, crispada sin remedio: haciendo daño, cometiendo errores, a cada rato aunque ellos –necios- no lo sepan.
La montaña es como el amor, de ese amor del que hablaba mi tocayo santo en sus cartas: la montaña todo lo disculpa, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta.
Las montañas son verdaderas, nosotros debemos pelear para serlo, y no morir en el intento de enfrentar al pulpo psicótico que anida dentro nuestro, al argos maldito que cerca este planeta, a la infausta esterilidad cultural que nos acecha, por vivir en un mundo que niega su majestad, que descree de su estar sagrado, que desecha la belleza que atesoran las montañas, cualquier montaña, todas las montañas.
Si algo extraviamos, acaso perdimos, es ese don que vino con la especie: es ese amor que los hombres antiguos tenían por las montañas. Los más nobles, entre los nuestros, siempre las buscaron porque allí, intuían o sabían, estaba anclado ese sino que nos hace fuertes, esa esperanza que nos hace dignos, esa virtud –el ser montaña- que nos provee de las tres sustancias fundamentales y prodigiosas: épica, ética, estética. Y en ese orden.
Sólo la vivencia, devela la épica. Desde una épica, la que fuere, si eres consecuente, o encuentras la ética o encuentras la muerte. Si sigues vivo, puedes intuir, elegir, ser feliz en el camino de una estética o derrochar toda la intensidad de esa marcha en la vacuidad y la intrascendencia del mundo tal cual lo conocemos. Es eso. Es lo demás.
Lo demás es lo urbano, lo “urbanoide”, es el inmovilismo que provocan las ciudades, es la tele, es la red, es la carga nefasta de la desgracia de haber trastocado todos los significados, y peor: todos los sentidos: al revés de lo que promueven las montañas que están llenas, limpias, colmadas, revientan de gracia, verdad, inspiración, perspectiva, silencio.
San Pablo lo dijo mejor que ninguno: hace dos mil años que nos acordamos de semejante escrito. Cuando era niño, sentía como niño. Corregido y aumentado: ahora lo sigo haciendo. Cuando llegue lo que es perfecto, cesará lo que es imperfecto. Insisto: sigo siendo un niño. Fascinado, frente al espejo (devoto) de las montañas. En una palabra, sólo existen tres cosas: la fe, la esperanza y el amor, pero la más grande de todas es el amor. Es el amor que profeso por las montañas: son mi guía, mi vigía, mi pararrayos, mi escuela, mi faro, mi luz contra todos los males que me acosan, frente a cada mengua, venciendo todo dolor.
Nieve, hielo, roca, misterio, cicatrices: están dentro nuestro, también. Nos desgastamos, sí, es cierto.
Serenidad, fuerza, grandeza: es el hallazgo de la montaña. Es la palanca para mover al mundo. O no, dejarlo ahí y que se vayan solos al carajo, Es la clave para no habitar lo zombi. O sí, y desmentirlo, y volver a empuñar las armas de la alerta.
Es el punto de la devoción.
Es mi manera de resistir.
O no o sí. O siempre. Son las montañas.
Las eternas y sagradas montañas.
Tú sabes. Tú sientes. Tú eliges.

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