10 de enero de 2017

Las palabras y sus formas

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

Con motivo del prestigio de la crónica como un género literario, se ha planteado en diversos seminarios el examen de diferencias y semejanzas con las ficciones de la literatura.
Por lo general se parte de una distinción parcial. Las crónicas las escribe el periodista y los cuentos y las novelas el escritor. Por supuesto, unos y otros emplean las palabras. Y es más: hay escritores que ejercen el periodismo y periodistas que escriben ficciones, o son poetas.
Una primera conjetura puede reducir el asunto a una perspectiva de oficios. El negocio del periodista es con la realidad, su imposición diaria y, su expresión dominante: la actualidad.
Ese tráfico con la inquietud del mundo genera el asentamiento de una forma. Entrevistar. Relatar. Describir. Titular. Y en definitiva contar. Este contar implica desde el punto de vista adoptado un análisis, una manera de ver los hechos relatados.
Algunos se apegan a una regla que todavía se discute entre los encargados de escribir noticias. La objetividad. Parece que su culto es un esfuerzo infructuoso. Ser objetivo sería no impregnar la producción periodística de subjetividades. Pero, la escogencia misma de las palabras es una definición que marca y guía, muestra algo que surge de una zona no controlada por el oficio.
De repente el lector de periódicos y revistas aprecia la posibilidad de una comunicación, un diálogo con otra subjetividad, la de quien le escribe. Le importa menos la transcripción escueta de ese ícono tramposo que llaman realidad.
De lo anterior se desprende una característica del periodista: escribe para alguien, un lector definido. El lector del campo. El citadino. El infantil. Las madres solteras. La comunidad excluida. Los electores. El ciudadano.
De alguna manera el periodismo está contento de que se le considere, y acepta esta consideración, el cuarto poder. La conciencia del poder inclina a la dominación. Todo poder es feo, interesado, en pugna perpetua, afecta la libertad, incluso esa que dice defender.
El escritor de ficciones no tiene un lector anterior o previo a su escritura. Procede como el náufrago: lanza su botella, sin esperanza al mar de su época. Tal vez por ello es divertida, cuando no de pueril vanidad, aquella frase de escritores que predican: yo sé tomar al lector por el cuello y llevarlo línea tras línea sin despegarse de mi libro. ¿Es necesario? Lector esclavo o libertad de leer. ¿Lectura con manual de guía? Para qué.
Entre los escritores de ficción y los periodistas se abre un interesante desierto. Su frontera se anuncia con aquella expresión de: la realidad supera la ficción. ¿Qué significa? Acaso comparar dos sustancias distintas. La imaginación y sus revelaciones y el torbellino de lo verificable, el estatuto de aquello que sin embargo aturde, confunde, escandaliza, anima, entristece.
Temas así, de Reyes magos.

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