7 de enero de 2017

Nudo ciego

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES  .-

El centro comercial, refugio masivo de las últimas horas de calor dominguero. Me distraigo con tu llanto mañoso, nada diferente al llanto de los otros pequeñajos paseando junto a sus padres por los pasillos del patio de comida. Ellos -jóvenes, agobiados, ojerosos, distribuyendo sus escasas fuerzas entre tú y tu hermano-, apenas levantan la vista para contemplarte sin decir nada. A lo sumo un gesto de “ya está bueno, Isidora, deja de lloriquear”, acostumbrados como están a que procedas así cuando las cosas no salen como quieres. Mientras tanto, y sin que se percaten, yo sonrío. Por tu inconformidad sin sentido. Por tus protestas recreativas. Por tu chupeteo a la paleta de helado rosado y cremoso, salpicando a padres, hermano, mesa, silla y el infaltable suelo. El contenido de mi propia bandeja -una caja de pollo apanado, aderezos y una Coca-Cola con hielo- me exige estar en armonía con el entorno. Por eso regreso hacia tu mesa en busca de más vida. Pero me encuentro con tu otrora llanto volviéndose leves quejidos que van disminuyendo en intensidad hasta cesar completamente. Tus pupilas en ascenso se pierden en cuestión de segundos en un falso infinito. Ese pequeño gesto de desorientación, que da cuenta de tu ceguera – ¿total?, ¿parcial? lo ignoro -, hace que me nazca, junto al nudo en la garganta, una compasión mayúscula e insoportable. Nacen por ti, por el sufrimiento que acumulas a cuestas, por quienes te acompañan, por la humanidad entera... Detrás de los cristales de mis lentes, sin que nadie se percate, dejó que mis ojos hagan lo que quieran.

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