9 de febrero de 2017

El mismo amor, otra ciudad

GONZALO LEÓN

Los cerros de Valparaíso se precipitan, uno a uno, al mar, como si alguien –una fuerza especial o mágica– los empujara. La planta baja de esos cerros conforman una planicie que se prolonga hacia el puerto y enseguida hacia la plataforma continental, que contrario a lo que los visitantes creen es muy pronunciada; esa planicie, antes de llegar hasta donde están los barcos estibando, los porteños la llaman “plan”, y efectivamente ahí se planean los negocios que luego se embarcan a ultramar en forma de conteiner. Al otro extremo de la ciudad pero en esa misma planta baja se planifica la política de los acuerdos interminables en ese edificio, cuyo principal decorado es una inmensa puerta de cobre, que al cruzarla fluyen como hormigas diputados, lobistas, senadores y asesores. Valparaíso es plan pero también mucho cerros, casi cincuenta, casi la misma cantidad de barrios que hay en CABA. Los límites de cada cerro son imperceptibles, pero los habitantes de cada uno saben cuándo van o vienen del Alegre, Concepción, Jiménez, Cárcel. Hay, por decirlo así, una identidad de barrio plasmado en cada cerro.

Pero además Valparaíso es un bar abierto hacia el mar, es decir se entra o se sale por el mar. Uno puede entrar mojado o salir pasado. A veces suceden ambas cosas. A veces se vive borracho en este bar, a veces se muere en esta ciudad con el hígado hecho mierda por el mal vino y las pútridas chorrillanas, ese plato que empezó siendo mezcla de fritas con cebolla y huevo en el Jota Cruz Martínez pero que ahora tiene longaniza y pedazos de salchichas y quién sabe qué más. El puerto no entrega opciones: es morir curado o morir curado. Curado de espanto, de asombro, curado también como sinónimo de borracho. Pocas ciudades son así. Aunque muchos insisten en compararla con Lisboa, precisamente por sus cerros, pero a diferencia de esa ciudad, en Valpo –su diminutivo– no hay aviones que sobrevuelen la cabeza de los turistas. Lo que hay eso sí son incendios, que se han hecho más habituales en los últimos años, casi todos iniciados por el hombre, algunos dicen motivados por intereses inmobiliarios.

Pero tal vez la singularidad mayor de Valparaíso es que sus bares, subdivisión de la ciudad hasta el infinito, han servido de alimento para la imaginación de directores de teatro y de cine, de poetas y narradores, de pintores y farsantes. Desde la creación parece ser la única manera de afrontar la destrucción que significa vivir y morir en una ciudad-bar. El American Bar, el Roland Bar y otros con menos prosapia, como Las Cachas Grandes, Playa, Proa al Cañaveral o Los Siete Machos, han servido de inspiración alcohólica para muchos creadores. Sin embargo a otros, como a mí que nací aquí, los bares de Valparaíso no han sido fuente de inspiración, porque son obscenos, pornográficos, pero de una pornografía antigua, sepia, borrosa, que no provoca ni cuestiona, sino que sólo hace seguir de largo con la mirada, como si esas imágenes, las de esos bares, se hubieran visto mil veces. Son una película trillada: la chica punk tirada en el interior de un bar del Barrio Chino, o la misma chica punk vomitando a las fueras del bar de la Iglesia La Matriz, o esa misma chica besándose un viernes por la noche en la calle Prat, antes de comenzar todo, o la misma punketa despertando en la playa al mediodía con el rostro rojo, ardiente, imaginando que está en alguna clase de desierto con vista al océano.

Cuando vivía en Chile pensaba que había dos cosas que nunca cambiarían: la Constitución sacramentada por Pinochet en 1980 y Valparaíso. Estas dos cosas funcionaban como certezas, como cosas a las cuales agarrarse en periodos de angustia o de incertidumbre. Allí está enterrada mi madre y mi abuelo; allí, o más bien en el Servicio Nacional de Aduanas, trabajó por cuarenta años mi padre; allí, o más bien en el Café Riquet vi por única vez, a tres metros de distancia, a Augusto Pinochet cuando ejercía como senador vitalicio, terminaba de comer unos pastelitos y lo levantaban con dificultad sus guardaespaldas; allí, o más específicamente a la Residencial Dinamarca, ubicada estratégicamente entre el Cementerio Católico y la Ex Cárcel, llevaba a mis novias cuando vivía en Santiago y aprovechaba para visitar a mi madre que vivía en Viña del Mar, a tan sólo catorce kilómetros del puerto, aunque claro, Viña es otro cuento, otra dimensión, porque responde más a mi infancia y adolescencia, y no a mi vida adulta.

En los seis años que llevo viviendo en Buenos Aires todas las veces que fui a Chile jamás había pasado por Valparaíso, y hasta noviembre del 2015 no entendí por qué. Aquellas escasas horas en las que estuve ahí me sirvieron para darme cuenta de que el Café Riquet ya no existía, en vez de eso había una farmacia, un equivalente a Farmacity; que los cerros lucían una distinción desconocida para mí, acostumbrado más a la tosquedad y al abandono de su arquitectura; pero además se respiraba un aire cultural muy distinto; por decirlo así, un optimismo, cuando antes el pesimismo y el no hay nada que hacer en esta ciudad de mierda era norma. Conversando con los escritores Gladys González, Carlos Henrickson y Marcelo Mellado me enteré que había editoriales y un cierto boom editorial. Pero como estuve poco tiempo no alcancé a percatarme qué tanto había cambiado.

A finales del 2016 viajé de nuevo a Chile, y esta vez no solo quise evitar Santiago y quedarme la mayoría de los días en las ciudades que me vieron nacer y crecer, sino que publiqué una novela en una editorial porteña, di un taller en esa ciudad, conversé con escritores, recorrí sus bares, y me di cuenta de que era otra ciudad, que había cambiado. Caminando a la presentación de mi novela, que fue en la librería Metales Pesados de esa ciudad, a la que nunca había ido y que me sorprendió bastante, sobre todo porque en el trayecto fui encontrando pequeños negocios de todo tipo y que nunca había visto (el local de sombreros de Benítez y María Ismenia llamó mi atención, a ellos los conocía del mundo del cine, pero ahora los veía como prósperos comerciantes) y casas refaccionadas con colores vivos y otro aire. Luego fuimos a tomar algo al bar El Internado, que alguna vez fue una de esas casas típicas de dos pisos y de techos altos, y que ahora lucía sendos ventanales ahumados que daban al Océano Pacífico, tras esos ventanales había una linda terraza con piso de madera. Al frente de ese bar había otro bar de similares características y Héctor, un amigo arquitecto, me contó que muchas casas viejas con techos altas y con alguna onda (léase vista al Océano) se habían convertido en bares u hotel boutiques.

Me explicó cómo se había iniciado y desarrollado el boom inmobiliario de Valparaíso y el protagonismo que había tomado una agente inmobiliaria que había sabido ver un negocio donde antes había ruinas. Nos subimos a su auto y, mientras conducía, me fue señalando casa por casa al tiempo que me contaba el estado en que se encontraba antes, hasta que llegamos a un hotel boutique que él había diseñado. Por fuera era lindo, miraba al Océano, pero su estructura se había tenido que adecuar al plano regulador de la ciudad. La idea, dijo señalando unos ángulos muy rectos, es que esto no fuera así, sino redondo, una terraza curva. Entendí que las normas del urbanismo porteño eran contrarias a las curvas. Las suites eran monoambientes amplios, como de lofts o PH, y en cada uno había una cama matrimonial. El ascensor, sin embargo, no llegaba a la terraza, que tenía un quincho de un material muy similar a la losa. Quedó hasta acá porque un piso más los chinos, que eran nuestros proveedores, nos cobraban mucho más y el quincho es de ese material porque combinaba con eso, agregó señalando el lavamanos. El ascensor y el espantoso diseño de interiores me hicieron recordar aquel mísero Valparaíso de mi infancia y juventud, cuando viajaba en bus de Viña y al llegar penetraba por mis narices un olor nauseabundo, que mezclaba nafta y pescado. Pero claro, mi amigo no era decorador de interiores ni el responsable de ello.

Al otro día me junté con Marcelo Mellado en la Subida Ecuador, que antes era un antro de bares, cada cual peor que el otro, aunque a mí eso era precisamente lo que me gustaba, antes. Como eran las dos de la tarde, los bares estaban cerrados y en la plazoleta Ecuador se vivía una bullente actividad económica: frutas y verduras, pollos y huevos, pescados, quesos y fiambres, pan y rosas, todo en una porción de terreno muy pequeña. Compramos queso para rayar, unos tomates, y no recuerdo qué más, luego Marcelo me preguntó qué prefería: si subir en taxi colectivo o a pie. Observé el cerro, pero él, sin darme tiempo a contestar, me dijo: Mejor a pie, ¿no te parece?, así aprovechamos para hacer algo de ejercicio, o por lo menos yo. La característica de los cuentos de Mellado son como aquella pregunta, muy retóricos: el narrador va contando cosas, con un humor increíble que a veces raya en el patetismo; los personajes son abducidos por esa retórica, tanto así que cuando hablan no se pueden desprender de ella. Cuando escribo esto me doy cuenta de que Mellado en ningún momento de aquella tarde de fines de noviembre dejó de ser un escritor.

Los cerros de Valparaíso son empinados, por lo que hicimos ejercicio. Al llegar a su casa había una construcción en ciernes y afuera de ella el agua corría hacia nuestra dirección. Al pasar delante de los obreros, Mellado, sin poder contenerse, dijo: Así cuidamos el agua en Valparaíso. Un obrero escuchó el comentario y respondió: Pero ya lo vamos a arreglar. Sonreí, pero cuando entrábamos a la casa, Mellado comentó: ¿Qué van a arreglar? Este debe ser el único país en el que cuando dicen que van a arreglar algo lo empeoran. Pensé que no es el único país en que sucede eso, y que podría ser una característica latinoamericana, si no humana: arreglar es empeorar. Una vez adentro, Mellado saludó a su sobrina, le preguntó por qué cojeaba, ella contó que se había hecho una limpieza, aplicándose kambó, un veneno de una rana amazónica, en una pierna, y que ahora casi no podía caminar. Me voy a ir ver, dijo la sobrina algo preocupada, y se puso una campera y salió. Mellado no le dio ninguna importancia al kambó, sin embargo yo quedé pensando cómo había llegado una rana amazónica hasta Valparaíso. Mellado cocinó unos tallarines con un pesto raro: mezcló cilantro con albahaca. Comimos y charlamos de política y literatura, él estaba entusiasmado con la elección del nuevo alcalde de Valparaíso, un chico de treinta y un años que no había tenido ninguna chance de ganar, pero ya ves, sentenció antes de brindar con el vino que habíamos comprado y que se me había olvidado contar.

Con los días me fue enterando que había nuevas librerías: Qué Leo y una más que estaba por abrir, y que efectivamente había un boom editorial: Narrativa Punto Aparte, Libros del Cardo, Hebra, Universidad de Valparaíso, Kindberg, Inubicalistas, Emergencia Narrativa. Pero no es una suma de editoriales solamente, sino que muchas han ganado premios por los títulos que han publicado en los últimos años: Silvestre, de Felipe Moncada, y Motel ciudad negra, de Cristóbal Gaete, son un par de ejemplos. Eso unido a que desde el 2016 existe la Feria del Libro Independiente de Valparaíso, que organiza la poeta Gladys González, se va formando un panorama literario más que alentador, muy distinto a lo que yo había vivido. Se puede esgrimir que las ventas todavía no son tan interesantes, pero ante eso yo digo: en el pasado ni siquiera había títulos y menos ventas, y había una sola librería literaria, Crisis, afortunadamente todavía en pie. Algo similar ocurre con la oferta gastronómica: aunque no tan evidente en el plan de Valpo, en sus cerros los restaurantes de cocina de autor se multiplican.

Poco antes que yo viajara, Edgardo Cozarinsky me pidió que le diera unas sugerencias de dónde ir; y por lo que me dijo, quedó muy contento con las sugerencias, sobre todo por un restaurante muy raro que, eso sí, está en Viña del Mar y que debe ser el único que sigue en pie de los viejos bares: La Flor de Chile. Si hay una diferencia abismal entre Viña y Valpo es que en Viña se está construyendo tirando todo abajo y en Valpo conservando las fachadas. Pese a ello, y al boom gastronómico, editorial y de todo tipo, al no ser la misma ciudad, he perdido una de las pocas certezas que tenía de mi país. De hecho, no tuve valor para ir a la Residencial Dinamarca, cuando me dijeron que estaba linda. ¿Cómo linda?, pensé, si era una residencial con techos altos, baños grandes y vista a la ex Cárcel o al Cementerio. No puede ser linda, y en ese momento no quise seguir escuchando más de lo cambiado que estaba Valparaíso y me devolví a Viña del Mar, donde me estaba hospedando.

En el camino, arriba de un taxi colectivo que unía las dos ciudades, me di cuenta de que el hecho de construir sobre lo que ya estaba era precisamente lo que me incomodaba. El pasado no sólo estaba en mi mente sino en las construcciones nuevas que conservaban su estructura principal, y en esa estructura latía ese viejo y decadente Valparaíso. Si hubieran construido como en Viña del Mar (tirando todo y levantando edificaciones nuevas), de seguro ese pasado sólo estaría en mis recuerdos. De ahí que Valparaíso sea el mismo, el otro.


*Publicado originalmente en La Agenda de Buenos Aires, 9/2/2017
 Imagen: Grabado de Cristian Oliva.

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