21 de febrero de 2017

"Elogio del caminar"


HOMERO CARVALHO OLIVA

Para mi amigo Pablo Cingolani, un caminante de nuestro mundo inesperado y para Jackeline Rojas Heredia, cuyos caminos la llevan al infinito.

Estuve releyendo el libro Elogio del caminar de David Le Bretón, un pequeño tomo acerca del placer de recorrer lugares, autores, espacios y tiempos, en el que su autor constata que “caminar, en el contexto del mundo contemporáneo, podría suponer una forma de nostalgia y resistencia” y que “el caminar es una apertura al mundo. Restituye en el hombre el feliz sentimiento de su existencia. Lo sumerge en una forma activa de meditación que requiere una sensorialidad plena”, su lectura me trajo de vuelta muchos de los textos que incluí en mi libro Diario de los caminos, en el que realizo un intenso viaje interior por lugares, gente y autores que conocí.
Le Bretón afirma que “el tiempo es también por sí mismo un viajero sin reposo como observa Basho viendo pasar las estaciones y los días” y yo escribí en Diario de los caminos: “Toda partida/ nace de un silencio/ y si dices que vas a partir/ es porque ya te has ido/ y el camino peregrina en ti/ así como las montañas/ los ríos las quebradas/ y las ciudades que imaginas/ distantes como la que vas a dejar/ ya son esencia enraizada/ en tu paisaje interior”. Las ciudades, por ejemplo, hay que caminarlas como si uno fuera un flâneur, un caminante que busca el asombro cotidiano entre las calles y los transeúntes. Hay que caminarlas para perderse en ellas, el conocimiento está en el encuentro inesperado, en la serendipia. Incluso en la calle por la que pasamos todos los días, si observamos con cuidado, siempre habrá algo nuevo, algo que estuvo allí desde hace muchos años, pero que esperaba el momento oportuno para revelarse ante ti. La poesía resucita cuando te alejas de la realidad/real/cotidiana y dejas que surja en ti el tiempo mítico con el que naciste; ese tiempo que amanece en ti cada vez que te duermes.
El libro de Le Bretón también me trajo recuerdo al Tao Te Ching o Libro del camino de Lao Tse, en el que aprendemos que es necesario pertrecharnos de amor antes de dar una batalla y que nos rebajemos de la misma manera que aspiramos a la grandeza. Lao Tse también nos propone el equilibrio entre el ser humano, el cielo y la tierra, es decir tres planos metafísicos propios de la cosmovisión asiática que también están presente en las culturas nacionales, entre los aymaras el Alaj Pacha o mundo de arriba, el Aka Pacha o mundo de aquí y el Manqha Pacha o mundo de adentro y de todos los seres que habitan estos espacios;  para los guaraníes son Ivate, Ivi y Japipe y para los moxeños es Anugie’e, Poigie’e y Mo’e. Los Weenhayek los nombran Pule, Wikywet y Honhat, su traducción vendría a ser el Cielo, de arriba, el Cielo de abajo y el Cielo de adentro.

Uno de los poemas del Tao Te Ching dice: “conocer a los demás es sabiduría/ conocerse a sí mismo es iluminación”, por eso el camino más largo y difícil es el camino hacia uno mismo y es un camino que a veces nos cuesta la vida. Quizá por eso escribí: “Los caminos poseen sus lenguajes/ los vas aprendiendo paso a paso/ y un día descubres que el camino/ te va confiando sus ignotas cifras/ con las que tu cuerpo/ va aprendiendo a caminar hacia tu alma”.

Luego de leer a Le Breton me pareció que lo había conocido en algún descanso del camino, donde alrededor de la fraternidad de la palabra, en la que el yo es el de toda la especie humana, deslumbrado por la forma pura de la narración, el reino de la memoria, aprendí a respetar a los que, ante la más fogosa y entretenida conversación, guardan silencio como si fueran rocas inmutables frente a las furiosas olas del diálogo.

Tornaviaje
¿Quién es?
No es nadie, solo soy yo

Tal vez me queden muchas preguntas por hacerle a los caminos; pero ya me han respondido las necesarias y ya sé que somos lo que caminamos, así que cuando aparezca un nuevo camino sabré que estoy frente a un espejo y cargaré con tinta azul marina mi antigua plumafuente para contar de los seres de palabras que encuentre en la travesía; yendo y viniendo de la memoria a la escritura seguiré contando historias. He caminado hasta mi alma y ahora sé que mi alma puede soñar con mi cuerpo, y aunque mi cuerpo quede sedentario, mi alma seguirá siendo nómada. He reconocido que la voz interior que me acompaña desde mi niñez, cuando la creía un amigo imaginario, lo hará para siempre y ella me ha enseñado a verbalizar el sustantivo esencia para “esencializar” la palabra. Me he apropiado de mi espacio, he encontrado mis raíces y una renovada melodía oral me despierta por las mañanas, ahora sé que pertenezco a los que me aman. Las palabras fueron el viaje y la poesía el retorno.

Si vas a salir a caminar llévate este poema:

La partida

Toda partida
nace de un silencio
y si dices que vas a partir
es porque ya te has ido
y el camino peregrina en ti,
así como las montañas,
los ríos, las quebradas
y las ciudades que imaginas
distantes como la que vas a dejar,
ya son esencia enraizada
en tu paisaje interior.

El otro, que también soy yo,
me avisa que no olvide
que la partida entraña
la ceremonia del retorno,
en la que el fuego de la palabra,
será el principio que concentre
lo perdido, lo temporal y lo eterno.



1 comentario:

*