17 de febrero de 2017

Maradona

PABLO CINGOLANI
 
Maradona: la voz de los sin voz. Los pobres, los jugadores de futbol, los latinoamericanos, los ex soldados combatientes de Malvinas, los pueblos bombardeados por los yanquis, la humanidad excluida (los descartables diría Francisco), los nadies, los invisibles: casi todos.
Maradona: el mejor jugador de balompié de todos los tiempos, aquel que le otorgó a ese deporte condición de arte, autor del “gol del siglo”: esa apilada, ese tour de forcé, esa mitad gambeta, mitad danza tribal, absolutamente mágica, con la cual venció la valla inglesa en el mundial de 1986, en México.
Maradona: ayer vi, diez años después, la película –se llama así-  que Emir Kusturica hizo sobre el Diego. El documental es valioso, sin dudas: es un testimonio del mejor Maradona, en las dos versiones ya anotadas, aquel que conmovió a las multitudes, aquel que sacudió al planeta entero, dentro y fuera de las canchas. Es un Diego casi canónico, con olor a santidad, invicto, invencible, un verdadero semidios moderno, seguramente el último de todos. La pregunta es: ¿se merece Maradona tanto elogio, tanta pasión desbordada, tanto amor rodeándolo?
La respuesta es una sola, y es contundente y es definitiva: sí. Claro que sí. A Maradona le tocó vivir, en su época de crack, dos fenómenos convergentes: por un lado, el inicio del auge tecnológico de los medios de comunicación masivos.
Por eso, el Diego pudo ser popular en lugares tan insólitos como Eritrea o Bangladesh. Por eso, una encuesta global, signo de los tiempos, lo declaró, en su momento, el personaje más conocido del mundo entero, más incluso que el Papa de esos tiempos: el señor Wojtila.
A la vez, al Diego le tocó vivir en el nacimiento, auge, expansión y dominio mundial del neoliberalismo y su globalización (económica y cultural) consecuente.
En ese marco histórico crucial, Maradona, a su manera, sintetizó los dos fenómenos.
Desde las canchas, no sólo le devolvió al futbol la belleza de su hechura, la garra de los potreros, la magia de los pies descalzos, la alquimia del barro, la potencia creativa de sus goles, la virtud de saber conducir, la inteligencia, el pensamiento dominando al cuerpo, la inclasificable poética con la que llenó la grama, los arcos, las tribunas: la vida de millones de personas (cuya única recompensa en la vida, es la de decir, con orgullo: yo lo vi jugar a Maradona).
Maradona hizo más: no sólo revolucionó la factura del deporte, sino que cuestionó, hasta el final, la mercantilización del juego, su cosificación, las mafias, la FIFA, la mano negra empresarial detrás de todo ello –la pelota no se mancha, sentenció y quien quiera oír, que oiga-, y como todo gladiador, todo guerrillero, todo adalid de una causa justa, pagó por ello, le hicieron pagar por ello, duramente, con una severidad y una crueldad que sólo el Diego sabe (nosotros, sólo podemos intuirla).
En la película de Kusturica, a modo de ilustrar lo dicho, Diego habla de los seis goles que el Nápoli –del sur pobre peninsular, humillado y estigmatizado históricamente- le encajó en su cancha, en Turín, a la Juventus, a la Juventus de Agnelli, como el mismo aclara. Maradona siempre sabía de lo que hablaba: por eso, lo castigaron. Por eso –para callarlo: le cortaron las piernas.
Porque, a la vez, fuera de las canchas, y en ese mundo signado por el imperio de la globalización uniformante en su frívola estupidez y su  pensamiento único-, Maradona también dejó su marca, su huella, un soplo de aire puro, fresco, esperanzador. Tampoco se calló, en la realidad real de ese mundo, que es el mismo que ahora, que empezábamos a padecer.
Y hay que decirlo con todas las letras: en medio de un silencio atroz, mitad forzado por la muerte de una generación militante, asesinada y desaparecida por los poderes, mitad complicidad de una izquierda que también se sedujo con los aires de modernización que prometía la ola del nuevo liberalismo, Maradona no se calló, y a veces, era la única voz que uno podía escuchar en medio del desierto. Lo repito: era la única.
Desde su ya mítico ¿por qué no venden todo el oro y le dan de comer a los pobres? una vez que visitó el Vaticano a su desafiante amistad con Fidel Castro –en un momento  de la historia de la isla cuando ya nadie quería ser amigo de Fidel- y su incesante denuncia de los crímenes de Bush y de la política guerrerista del imperialismo yanqui –incluyendo el episodio que muestra Kusturica: su participación en el famoso “tren de la esperanza” que culminó en esa concentración política de Mar del Plata donde el comandante Chávez mandó el ALCA al carajo-, Diego Maradona también nos inspiró.
No era el Che Guevara: era un pibe de la villa, un hijo del pueblo humilde, heredero de la pobreza pero también del trabajo y del tesón,  de la dignidad que siempre construye un camino, que supo volver a su destreza, un arte, a su pasión, un fervor compartido, a su sueño, un sueño colectivo, mundial, de millones de almas palpitando, emocionadas, agradecidas.
No necesitamos nuevos héroes, aullaba, por esos mismos años, Tina Turner en Mad Max 3: tenía razón. Para eso, lo tuvimos a Maradona. El siempre será eso, para nosotros: alguien que siempre nos encendió la esperanza, alguien que no dejó que nunca se apagara la llama de la justicia, alguien que nos brindó alegría, a mares, sin medida, sin pedir nada a cambio. Alguien que nos demostró y nos seguirá demostrando la mayor verdad de todas: que si el pueblo existe, si el pueblo crea, si el pueblo lucha, si el pueblo no se calla, si el pueblo desata su fe en sí mismo, la liberación, la forja de una patria nueva, de un continente feliz y para todos, siempre es, siempre será posible.

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