10 de marzo de 2017

Antídotos

Roberto Burgos Cantor

¿Si el mundo ampliado, y también incompleto, que nos atribula con avalanchas de nimias mezquindades, pleitos a muerte, y el funeral de la grandeza para resucitar, otra vez, la pequeñez de propósitos y la gusanera de la desesperanza, no tuviera algún oxígeno de redención, qué haríamos?
En aquellos tiempos: las catacumbas y la redención del milagro. Verdad o leyenda, alienta a los sobrevivientes del porvenir.
O la impiadosa locura del comercio de los esclavos negros. Su gesta de resistencia y huella de dignidad muestran lo que escribió Hemingway: hay derrotas pero no vencidos.
Y la Europa de siempre vuelta trizas por el Füher, su definido Adán. Entonces los rusos en el río Vístula. Los museos de Francia salvando el arte “degenerado”.
América nuestra, al encuentro de su destino. Apegada a la riqueza sin esfuerzo. A la tierra sin impuestos. Tolstoi pregunta: ¿Cuánta tierra necesita un hombre?
Ahora hay que fortalecer los sentimientos que den sentido al porvenir que nos toca vislumbrar. Resistir pero empujando. Aceptar la convicción de que el destierro del paraíso nos permite vislumbrar una vida con sudor pero sin más castigos.
En medio de la avalancha diaria de lo que antes se llamaba robo y ahora corrupción; de las muertes como solución de diferencias; y todavía las ideologías de campanario oponiendo sus desvergonzados privilegios a la necesidad de reconciliación y paz; tanta miseria, qué encuentra el ciudadano¿? inerme, la mujer que ya no puede besar a su enamorado en el parque, la familia que insiste en invertir su escasez en la educación de los hijos, qué tendrá para resistir y salir adelante. Si, ¿qué?
En el desierto de salitre con serpientes, me he topado con antiguos consuelos que hoy la soberbia mercantil desprecia. Aquellos días en que las cajeras de un banco, los tenedores de libros de una empresa, los celadores nocturnos, los cadeneros de vías a medio hacer, las mujeres desoladas de las casas de placer, los profesionales, leían los poemas, las historias con los cuales alguien dejaba testimonio de la vida.
Ese encuentro de íntima libertad, le confería al lector una presencia espiritual que al dignificarlo lo volvía a la semejanza con el Dios que lo creó. Su relación con los otros se embellecía. No es poca cosa ponerle palabras a los sentimientos. Allí surge una ética unida a la belleza.
Recuerdan el poder de aquella frase de don Marcel Proust, a quien hay que leer por leerlo, sin ansias de terminar, aquella: La sabiduría no se transmite, es menester que la descubra uno mismo después de un recorrido que nadie puede hacer en nuestro lugar, y que no nos puede evitar nadie, porque la sabiduría es una manera de ver las cosas.
O las imaginerías del hacedor arbitrario que inaugura las buenas maneras del matador: El considerable cuerpo se desplomó como si los estampidos y el humo lo hubieran roto…
Así Compa.

Imagen: Tolstoi.

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