22 de marzo de 2017

El futuro

Miguel Sánchez-Ostiz

¿Y eso qué es? A cierta edad, y como mucho, no pasa de ser una repetición tenaz del presente, una larga espera a fuerza de recuerdos y el despeñadero inevitable a plazo fijo... Para saberlo no hay que irse a las metempsicóticas de los arrabales, como decía Baroja que hacía en el París de 1938-1940, y como hizo el pintor Solana, a que te echen las cartas del tarot, como me las echó a mí una gitana rubia, de mi edad, delgada y maliciosa, de manos y boca de nicotina, en las minas de Huanuni.
Hoy me he enterado de que el método de adivinación que yo creí genuino de los Andes, el practicado por los yatiris en las calles de La Paz y en las apachetas de la carretera de Oruro, y otras, consistente en echar plomo o estaño fundido, en una sartén, en un balde de agua y leer el futuro en la forma que coja el gurruño, era muy conocido en la Edad Media en las regiones del Rhône y del Saône, la molybdomancia, y que ahora mismo está de actualidad en los arrabales parisinos (barrios sensibles) gracias a las «brujas» del norte de África que hacen negocio con los miedos e inquietudes de gente acosada por el fantasma de la desdicha... Nuestras nadas poco difieren, sostenía Borges, nuestros miedos todavía menos.


*Publicado originalmente en el blog del autor, Vivir de buena gana (22/3/2017)

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