5 de marzo de 2017

Trapos sucios a relucir

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES .- 

Cuando invocamos su apodo, se vienen a la memoria sus ojos saltones, su nariz quebrada, su pelo crespo y caído –muy al estilo new wave de esos años- y su esqueleto tembloroso ante la inminente golpiza que recibiría sin merecerlo. Apenas fueron unos años -intensos, hormonales, animalescos, crueles-, los últimos antes de egresar de media. Cuando contar con una mascota dentro de la sala de clases provocaba un sádico placer, un desahogo ante las primeras frustraciones de la vida.

A principios de los 90, la palabra bullying aún no se ponía de moda ni contaba con la carga bien pensante de hoy. A lo más, alguna madre reprobando lo que el curso hacía a ese pobre niño. O un padre sentenciando que, de recibir un golpe, había que devolverlo como única manera de sobrevivir, pues más adelante la cosa se ponía peor.

Sin ser un genio, se las arregló para superar las barreras académicas propias de un colegio particular. Todo un mérito, si se piensa que en el intertanto caían sobre él -cual aerolitos de inspiración maletera, neurótica y cobardona-, combos, patadas, escupos, palmetazos o coscorrones. Algo para desconcertar a cualquiera, más aún si se creía en la justicia de un dios todopoderoso que brillaba por su ausencia.

No nos tomó por sorpresa que se volviera un abogado de la plaza experto en temas varios. Tampoco un opinólogo fervoroso de las redes sociales (salvo Twitter, cuenta que debió cerrar por misteriosos motivos). O un académico de la pontificia, con publicaciones usadas como material de consulta en universidades privadas. Menos su actual condición de político derechista, pues desde imberbe defendió la barbaridades de Pinochet y los suyos (hoy matiza sus alabanzas al tirano y sólo se vuelve fanático cuando se trata de promover el libre mercado o a Piñera y de emporcar los actos de Bachelet). Menos su frustrado intento por convertirse en animador de televisión, habiéndolo visto, con uniforme del instituto, imitar a un vendedor ambulante en la vereda de Alameda esquina Portugal.

Sí sorprende que su nombre aparezca vinculado a hechos tránsfugas, a dineros mal habidos, no devueltos, arribismo y estafas. En el listado de víctimas figuran –más sorprende aún- sus amigos cercanos, hermanos de parroquia, antiguos protectores, compañeros de ruta, socios de pastoral. Si los autores de las golpizas -recordados aún con nombre, apellido y piel en tinta-, mordieron o no el anzuelo, no existen antecedentes. Pero tampoco se descartan. El reencuentro es con algunos afectados, todos buenos muchachos, de credo y doctrina social de la iglesia. Hablan desde el dolor y reclaman desde el sinsentido. Cayeron en la generosidad con un poco de buen verso, de pomada bien elaborada. De regreso sólo recibieron excusas varias, enfermedades de seres queridos, aprietos económicos, vacas flacas, desalojos, demandas, desconocidas, mentiras, derroche y una vida fastuosa con letras impagas. Del dinero facilitado, nada. Hablan de perdonar, pero no de olvidar. Tanta frescura no puede quedar impune.

Tal vez se trate de su particular venganza. Nos recuerda con una gran tijera entre sus manos, recortándonos con el mismo molde y lanzándonos al tacho de la basura. O con una gran bacinica con nosotros en el fondo, donde toma asiento, apunta y dispara sin distinción. Hacia aquel que sonrió en un rincón, al que aplaudió, al que miró para el lado, al que pudo ayudarlo pero no quiso y al que jugó a matón de mala muerte. Había que salir ileso de esos años para afrontar la vida de afuera. Salvo él, que respiró aliviado cuando ya no tuvo que soportar otro lunes más de vejámenes. El mejor regalo en su graduación fue que llegara 1991 para no vernos más a la cara o al menos con la suya protegida por el antifaz del embuste.

Imagen: "La ciudad y los perros" de Francisco Lombardi 

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