4 de abril de 2017

Hijos de la ilusión (1)

Roberto Burgos Cantor

No se trata de herencias. Se sabe, ellas pueden ser negadas o rechazadas. Lo que no aparece en los inventarios de difuntos es inevitable: la fisonomía, una afición, expresiones, palabras. O sea, lo que se incorpora y aparece en el espejo.
En las descripciones de astrólogos aparece el pronóstico de Mauricio Puerta. La carta del país: sería ideal que los nuevos presidentes de Colombia hayan nacido después de 1960.
Pensé en los hijos de aquellos lideres, militantes, de lo que se llamó la izquierda democrática para distinguirla de los políticos armados. No fue un ejercicio de estadísticas vitales. Más bien lecturas y, en ellas, reflexiones y miradas sobre la realidad y sus sombras libres de preconceptos, categorías previas.
Primero fue un ensayo, Señores de la guerra, del Pito Duncán. La claridad de estilo, sin jergas, preciso en las descripciones y severo en lo que podía concluirse, dejaban ver consideraciones necesarias y descuidadas hasta entonces.
Lo seguí leyendo en periódicos y advertí una presencia de la vida que apartaba la inclinación apocalíptica de la militancia de los padres, un clima depresivo, justificado por cierto, donde la muerte y la dureza de un sistema concebido para la eternidad, fatigaba los ideales renovadores. Duncán escribía también sobre los restaurantes de mar en los barrios de contrabandistas. Los bodegueros que vendían whiskys de malta a los precios de Medrano. Las modestas mesas de chinos con tres platos inolvidables. Y de su afición a la bicicleta, pedaleando por laderas y refiriendo inconsistencias de las políticas de fomento.
Esta generación de los hijos a lo mejor sacudió el peso de un pasado ya modificado, por desespero o por maldad, y se instaló en las complejidades del presente retador y auspicioso. Lo trata sin complejos y con ironía. El artículo del Pito, de cómo el escándalo (¿se podrá escribir la escandola?) de las “inversiones” brasileñas tuvo un efecto útil: Mostrar que la corrupción es enseñanza del centralismo andino. La disimulaban con el desprecio a los de abarcas. Tan cómodas.
Otro fue una novela. Todo pasa pronto, de Juan David Correa. Su padre militaba en una de las corrientes del socialismo. Lector de las teorías que desarrollaron las ideas de los clásicos, tenía un fervor constante a lo que se reconocía como espacio de las artes. Es de los pocos que escribió su testimonio, ambicioso, de los años de búsquedas desgarradas de la izquierda.
La novela de Juan es la mirada de un niño. Las lecturas de la época, la desmesura del amor, la militancia de los mayores, le hacen comprender, que todos podemos amanecer convertidos en un insecto. Es la mirada de quien no fue Pionero. No tenía un tambor como el de Óskar de Grass. Descubrió en una edad más temprana que la de Nizan que no puede permitir que nadie diga que la infancia es la edad más hermosa de la vida.

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